Por Álvaro Rivera Larios
Comparar a W. B. Yeats con Salarrué puede parecer, a primera vista, un ejercicio marginal, pero a la luz de la teoría de Franco Moretti la comparación adquiere una pertinencia estructural. Si entendemos la literatura como un sistema-mundo, con centros y periferias en dinámico intercambio desigual, entonces las formas literarias no surgen de tradiciones aisladas, sino de variaciones endógenas que responden a presiones globales. Tanto Yeats como Salarrué encarnan precisamente ese tipo de respuesta: dos búsquedas paralelas, inscritas en “las aguas revueltas” de la historia literaria, donde la modernidad llega fragmentada, contradictoria y cargada de expectativas identitarias.
Lo que ambos comparten no es un repertorio idéntico de temas —folklore, espiritualismo, nación— sino la misma condición interrogativa: cómo fundar o refundar un imaginario propio en sociedades donde la tradición es incompleta y la modernidad aparece como una irrupción traumática. La solución que ensayan procede del romanticismo residual, esa reserva tardía de energía simbólica que permite articular mito, pueblo y sentimiento en un horizonte de reconstrucción cultural.
I. Romanticismo residual en un sistema-mundo desigual
El romanticismo, visto desde Moretti, no es un episodio cerrado, sino un repertorio formal que migra y se reconfigura según las demandas de cada espacio nacional. En ambos autores funciona como una tecnología expresiva que permite imaginar la comunidad más allá de los moldes racionalistas de la modernidad.
Yeats hereda del romanticismo la posibilidad de un pueblo-poético, un sujeto histórico cuya unidad se expresa a través del mito. Su recopilación del folklore irlandés, su interés por la teosofía y su obsesión con la simbología arcaica forman parte de un mismo proyecto: dotar a Irlanda de una identidad espiritual que acompañe su lucha política.
En Salarrué, el romanticismo residual adopta una forma más ambigua: es una búsqueda espiritual, sí, pero también un intento de recuperar la energía popular como fuente de regeneración moral frente al proyecto cultural oligárquico. Su atención a lo indígena y lo campesino no es una simple idealización; es una lectura crítica del país desde sus márgenes simbólicos.
II. Nación, raíces y política: convergencias y divergencias
Aquí surgen matices importantes. Mientras Yeats habita un momento en que la imaginación cultural y la lucha política se entrelazan abiertamente —la independencia irlandesa—, Salarrué se mueve en un contexto donde la reivindicación de lo popular tenía implicaciones políticas más veladas, pero igualmente profundas.
Así, aunque Salarrué cultiva una imagen de creador despolitizado, su retorno a las raíces se inscribe en una época en que ese gesto era inevitablemente político. El movimiento indigenista, el regeneracionismo latinoamericano y la crítica moral al modernismo elitista establecen el trasfondo intelectual en el que escribir sobre “lo propio” era intervenir en la discusión del porvenir nacional.
Su trabajo como editorialista en Patria, el periódico de Masferrer, revela esta dimensión. Allí lo espiritual y lo social se entrelazan hasta volverse indistinguibles. Lo que en Yeats es mito político, en Salarrué es metáfora espiritual con consecuencias sociales.
III. El campo de fuerzas: autofiguración, recepción y usos estatales
Para comprender plenamente a Salarrué, es indispensable descomponer su figura en tres estratos que no coinciden entre sí:
- La autoimagen
Salarrué cultivó la figura del artista-médium: un creador conectado con fuerzas espirituales, ajeno a la política y distante de los debates del poder. Esta autofiguración es a la vez convicción estética y estrategia de supervivencia en un país donde la crítica abierta podía tener un costo elevado. - Las representaciones de sus intérpretes
Aquí se vuelve decisivo recordar que durante décadas dominó entre nosotros la imagen de un Salarrué visionario y costumbrista, una suerte de teósofo romántico incapaz de sobrevivir en un mundo materialista y autoritario. Ese “padre bueno”, fundador de raíces, es el que aparece en Las historias prohibidas del Pulgarcito: un ángel protector de nuestros lares cuya transparencia parecía incuestionable.
Los trabajos de Rafael Lara Martínez golpean esta imagen con martillazos dialécticos, sustituyéndola por una figura opuesta: un Salarrué incoherente, calculador, incluso cómplice de dictaduras. Así, al mito blanco lo reemplaza un mito negro mediante una lectura maniquea tanto del personaje como de los tiempos que le tocó vivir. Si antes era un viejo bonachón, ahora es un fascista; si antes era inocentón y visionario, ahora aparece como artífice central de la política cultural del Martinato.
Mérito de Lara Martínez es haber vuelto polémica una figura que se daba por sentada; lástima que para desmontar una caricatura haya tenido que erigir otra.
Entre uno y otro extremo —el santo laico y el funcionario sin escrúpulos— se despliega el espacio crítico donde hoy intentamos pensar a Salarrué. Y ese espacio revela que cada época lo resignifica según sus necesidades:
- los modernistas lo vieron como visionario,
- el nacionalismo cultural lo canonizó,
- la crítica contemporánea lo lee desde lo poscolonial o lo mestizo,
- y ciertos discursos académicos recientes buscan desmontarlo mediante juicios retrospectivos moralistas y anacrónicos. Ya no se trata de “explicar” su figura, sino de condenarla. De ahí que pasemos del padre bonachón pintado por Dalton al fascista que denuncia Rafael Lara Martínez.
- Las acciones y los usos ideológicos
Incluyen su participación en Patria, su ejercicio diplomático bajo gobiernos autoritarios y la posterior apropiación estatal de su figura como un ícono cultural despolitizado. Los regímenes militares hallaron en él a un escritor ideal: profundamente “nacional”, espiritualmente elevado, distante de la confrontación política explícita.
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Estos tres estratos —autoimagen, interpretación, uso— conforman un campo de tensiones. Pero ese campo debe entenderse a la luz de la disputa que la reflexión señala: Salarrué ha sido leído, a lo largo del tiempo, bajo claves mitificadoras que lo simplifican. Una mitificación paternalista lo blanqueó; una interpretación dialéctica extrema lo ennegreció. Entre esos polos se mueve la crítica actual, intentando reconstruir una figura que no sea ni icono ni villano, sino escritor inmerso en las contradicciones de su tiempo.
IV. Salarrué como figura intersticial: la búsqueda que continúa
Aquí emerge la diferencia crucial con Yeats. El mito nacional irlandés que Yeats ayudó a construir —aunque debatido— terminó consolidándose. Su figura fluye, con el tiempo, hacia una síntesis cultural relativamente estable.
Con Salarrué ocurre lo contrario:
su búsqueda no concluye en una síntesis, sino que permanece abierta y se actualiza como pugna entre lecturas contemporáneas. A diferencia de Yeats, no hay un horizonte nacional unificado que pueda absorberlo. Cada generación exige su propio Salarrué, y cada Salarrué revela la falta de consenso sobre lo que significa “lo nacional” en El Salvador.
- Para unos sigue siendo un místico apolítico.
- Para otros, un crítico moral de la modernidad.
- Para otros más, un anticipador del mestizaje simbólico poscolonial.
- Para algunos sectores académicos actuales, un colaborador del autoritarismo.
- Para la institucionalidad cultural, una figura neutralizable.
Salarrué no es una figura estable, sino un espacio de disputa. Su obra se reactiva cada vez que una nueva lectura intenta fijarlo y descubre que algo esencial se resiste a esa fijación. La energía de su búsqueda —su interrogación sobre la identidad, la espiritualidad y el pueblo— no se clausura en sus textos: continúa en las tensiones que hoy los rodean.
V. Conclusión: dos respuestas a una misma presión global
Desde Moretti, ambos autores pueden verse como variaciones locales frente a las presiones globales del sistema literario mundial: la necesidad de imaginar una comunidad propia en un escenario cultural dominado por centros hegemónicos. Sin embargo, mientras Yeats cristaliza su búsqueda en una narrativa nacional relativamente estable, Salarrué queda inscrito en un estado de interrogación perpetua.
Las aguas revueltas en las que ambos navegan son las mismas; lo distinto es el modo en que cada uno es reclamado por la historia. Yeats fluye hacia la nación; Salarrué queda suspendido en los intersticios: entre su autoimagen, las apropiaciones estatales, las tensiones de la crítica y las mitificaciones opuestas que han intentado capturarlo.
Su búsqueda —espiritual, estética, nacional— no concluye porque su significado sigue siendo un campo de batalla simbólico. Y es precisamente esta condición inestable lo que hace de Salarrué una figura profundamente moderna: un autor que continúa diciendo, a través de nuestras interpretaciones, aquello que aún no terminamos de comprender del país que lo produjo.


