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jueves, 2 julio 2026

Al diablo con la “Generación comprometida”

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Por Álvaro Rivera Larios

Si existe una etiqueta cuyo empleo ha generado problemas en nuestra comprensión de la literatura salvadoreña del siglo XX, esa es la de “Generación comprometida”. Se engendró como un término de uso beligerante, propagandístico; no surgió como una categoría crítica neutra, sino como una noción de filo político y cultural que pretendía legitimar, distinguir y hacer visibles a un grupo de escritores jóvenes (en su mayoría nacidos en los años treinta).

La crítica literaria salvadoreña, al asumir sin mayor debate las connotaciones de las dos palabras con las cuales se bautizaron a sí mismos aquellos jóvenes escritores de los años cincuenta del siglo pasado, permitió que su visión distorsionada del pasado inmediato que los precedía —y del cual decían apartarse— se impusiera como marco dominante para narrar los procesos culturales que dieron inicio a nuestro siglo XX.

A su visión del compromiso le debemos varios problemas: al publicitar el suyo como gesto fundacional, restaron valor —hasta volverlo invisible— al compromiso liberal del escritor, vigente en nuestro medio desde finales del siglo XIX. De un plumazo propagandístico borraron la influencia decisiva, estratégica, de Alberto Masferrer y su círculo en los años veinte de nuestro siglo XX. Sin ese impacto, el grupo encabezado por Roque Dalton se vuelve dialécticamente inexplicable: no, el suyo no fue un origen, fue el rechazo crítico de un compromiso previo y ya fundante. Hubo otras generaciones comprometidas antes de la llamada generación comprometida, aunque su filosofía del compromiso fuese distinta.

Vayamos a otro de los equívocos suscitados por el término: ¿se puede reunir a un conjunto de creadores literarios valiéndonos, para ello, de un criterio ético y no estilístico? El éxito de la etiqueta demostraría que sí, aunque solo fuese a un alto costo en la comprensión de las diferencias poéticas entre sus miembros, o al precio de no ver las semejanzas formales de algunos de ellos con escritores ajenos al grupo. Los malentendidos gravitan en torno a la etiqueta, tejiendo una camisa de fuerza que impide la flexibilidad analítica.

¿Hasta dónde puede sernos útil un término perteneciente a la crítica literaria, si oculta más que revela las diferencias formales de un conjunto de escritores reunidos bajo la misma etiqueta grupal? Aquello que une a los miembros de la generación comprometida —la preocupación cívica— nada nos dice sobre cuál es la actitud personal que adoptan, a partir de ahí, ante las modernas encrucijadas del lenguaje literario. Bajo la engañosa unanimidad cívica, laten diferencias estéticas y estilísticas.

La dialéctica generacional, esa danza entre enemigos protagonizada por los artistas jóvenes en pugna contra los viejos, corre el peligro de convertirse en un maniqueísmo incapaz de saltarse las vallas de las historias nacionales de la literatura. Los relevos por edad no siempre son el motor que impulsa los cambios culturales y estilísticos.

No siempre es biológico el reloj que da las campanadas del cambio literario. La dialéctica generacional, en su simpleza emotiva, nos ahorra el trabajo de investigar el entramado de causas y motivaciones que hay detrás de las rupturas estéticas. ¿Qué sucedió para que, en México D. F., en San Salvador, en Guatemala, en Lima y otras ciudades latinoamericanas en los años cincuenta del siglo pasado, creadores jóvenes, y ya no tan jóvenes, se apartasen del nacionalismo estético y enarbolaran la bandera del arte cosmopolita?

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Álvaro Rivera Larios
Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto

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