Por Álvaro Rivera Larios
La pregunta “¿Ha muerto la poética del compromiso?”, tal como la formula Luis Melgar Brizuela en su libro sobre Roque Dalton, está mal planteada desde su punto de partida. Supone, en primer lugar, la existencia de La poética del compromiso como una entidad homogénea: un conjunto estable de rasgos formales, éticos y conductuales que podrían atribuirse de manera lineal a distintas generaciones de escritores. Sin embargo, esa entidad nunca ha existido. Lo que la historia literaria muestra es, más bien, un campo conflictivo de respuestas creativas y políticas diversas ante una misma interrogante de fondo: cómo producir literatura vinculada a fines políticos sin anular su especificidad estética.
En este sentido, resulta más preciso hablar de “PoéticaS comprometidaS”, en plural, antes que de una poética única, normativizada y transhistórica. Cada una de estas poéticas emerge de una coyuntura histórica determinada, de un régimen de sensibilidad específico y de una concepción particular del vínculo entre escritura, comunidad y acción política. El compromiso no se expresa del mismo modo en el realismo socialista, en la vanguardia politizada, en la poesía testimonial o en la ironía dialógica de Roque Dalton; reducir estas diferencias a una fórmula común empobrece tanto el análisis estético como la comprensión histórica.
Al empobrecer la dimensión estética del concepto y reducirlo a una supuesta uniformidad política y moral, se abre la puerta a un juicio erróneo: considerar que La poética “comprometida” de Roque Dalton sería esencialmente la misma que adoptaron sus compañeros de generación. Hubo, sin duda, un acuerdo básico en torno al desafío de vincular política y literatura, pero esa concordancia no se extendía al tipo de lenguaje literario que cada autor consideraba adecuado para fines revolucionarios. Las afinidades políticas no implicaban necesariamente afinidades formales. ¿Cómo podrían compartir una misma “poética” comprometida autores literariamente tan distintos como Álvaro Menen Desleal y José Roberto Cea?

Pero si no existe La poética del compromiso, tampoco es legítimo hablar de El compromiso como si se tratara de una categoría unívoca, estable y transparente. El compromiso de los escritores tiene una genealogía: adopta formas distintas según los contextos ideológicos, las mediaciones institucionales, los dispositivos de legitimación cultural y las expectativas de comunidad. Puede ser militante o crítico, orgánico o disidente, programático o problemático; puede incluso manifestarse como tensión, contradicción o fracaso, sin por ello desaparecer.
Si la dimensión pragmática de las ideas poéticas de Roque Dalton lo llevaba a adecuar el estilo según conveniencias retóricas concretas, lo mismo puede afirmarse de su noción del compromiso. Este no era, para Dalton, un conjunto de orientaciones abstractas aplicables indistintamente a todos los contextos y a todas las etapas históricas. Cabe suponer que, de haber sobrevivido a la guerra, habría readecuado sus orientaciones éticas y creativas a la nueva época.
Desde esta perspectiva, la pregunta de Melgar Brizuela solo puede formularse con sentido después de realizar las precisiones teóricas e históricas necesarias. Antes de preguntar si una poética ha muerto, habría que preguntarse qué forma de compromiso, en qué contexto, bajo qué concepción del arte y para qué comunidad imaginada. De lo contrario, la pregunta no diagnostica un proceso histórico real, sino que proyecta retrospectivamente una abstracción que nunca existió como tal.


