Por Zarko Pinkas
I – El trueno de las trincheras.
(1914–1918)
El mundo despertó con voz de acero,
las tumbas se abrieron sin oración;
murió la paz al filo del primero,
gritó la pólvora en cada nación.
El barro devoró reinos enteros,
las ratas eran reina y confesor,
y el viento que cruzaba los graneros
llevaba peste, luto y deshonor.
El hombre construyó su propio abismo,
trincheras donde el alma se oxidó,
la ciencia se volvió cruel catecismo
y el arte del matar se perfeccionó.
Un duque muerto abrió la herida inmensa,
cayó Viena sin vals, sin redención;
se hundió el zar en vodka y en demencia,
y el Kaiser firmó su humillación.
Las madres recibían telegramas
con lágrimas secas y un adiós,
las cartas regresaban como llamas,
y el tiempo se rompía en un reloj.
Los cielos no tenían más campanas,
ni dioses respondían al clamor;
los ángeles huían por las llanas,
cubiertos de vergüenza y de terror.
La modernidad mostró su cara:
un tren sin rumbo, lleno de ataúdes,
una metralla seca y solitaria
que hablaba en nombre de las multitudes.
Al fin, Europa fue un cuenco vacío,
ceniza de imperios sin moral,
y el eco de los muertos, en su frío,
fue caldo para el odio universal.

II – El hambre, el miedo y los charlatanes
En ruinas quedó la gran Europa,
con sangre empapada la vieja ropa.
Los niños dormían sobre escombros fríos,
sin pan, sin madre, sin paz, sin ríos.
El oro volaba, el pan se secaba,
la bolsa caía, el miedo mandaba.
Alemania hundida, Francia llorando,
Rusia entre rojos ya delirando.
El humo de tronos desvanecidos
se alzaba en templos desposeídos.
Y en medio del hambre y del desencanto,
brotó la promesa con rostro santo.
Charlatanes nuevos, con voz de acero,
vendían la ira como un lucero.
Un bigote duro, un brazo en el aire,
y el pueblo marchando como un calvario.
Fascistas de negro, rojos de puño,
jugaron la muerte con mismo orgullo.
El mundo, perdido, gritaba un “¡sí!”
a toda bandera que hablase allí.
Se abría el abismo tras cada aplauso,
se abría otro campo tras cada lazo.
Italia se arrodilla, España arde,
y el miedo es doctrina y sangre es arte.
Los poetas callan o son fusilados,
los libros se queman, los cielos cerrados.
Los hombres que piensan son enemigos,
los dioses que dudan, falsos testigos.
Y el pobre obrero, que sólo quería
trabajo, comida y algo de día,
firmó con su alma pactos funestos
con lobos que aullaban himnos sin gestos.
Se rieron los ricos, siguió el mercado,
la muerte invertía en el lado errado.
Y el siglo bailaba sobre una fosa,
con flores de plomo, con cruz de rosa.

III – La peste que arrasó Europa.
El cielo se quiebra en gritos y en ceniza,
la tierra sangra bajo botas sin prisa.
Trompetas rotas de acero y tormenta,
la guerra avanza, la noche aumenta.
Ruge el trueno de cañones y metrallas,
en las ciudades, las sombras son fallas.
El humo devora el canto y la vida,
el mundo arde en danza contenida.
Stalingrado, Berlín, bajo fuego fiero,
el llanto del mundo es un eco sincero.
Pactos rotos, traiciones y fuego,
la historia se escribe con el desconsuelo.
Fuego que arrasa, fuego que consume,
la esperanza se torna humo en la cumbre.
Pero en medio del gris y el desierto,
brillan las almas, firmes y despiertas.
El rugir del hierro marca la sentencia,
la muerte avanza sin clemencia ni paciencia.
Madres que lloran, niños que no duermen,
las sombras del horror en las calles mueren.
Bajo cielos grises, los sueños se quiebran,
las voces calladas que el miedo celebra.
Pero entre las ruinas, un latido humano,
la resistencia firme, el espíritu insano
IV – Las voces que nunca callarán
(voz de la víctima anónima)
Vi caer mis huesos en la sombra fría,
víctima sin nombre, sin alma ni día,
mis labios sellados, noche tardía,
mi pelo se fue con la agonía.
Robaron mis dientes, cerraron mis ojos,
susurros de humo, sin paz ni antojos,
en el río negro se hunden mis enojos,
cenizas que el viento lleva sin rojo.
En el pecho llevo la marca oscura,
estrella que brilla, cruel sepultura,
cruz que me grita la amarga locura,
símbolo frío de la noche más pura.
No sólo fui yo, no soy la única,
gitanos y viejos, la misma réquiem trágica,
discapacitados en la fila apática,
cuerpos sin alma, desdicha matemática.
Los nazis desnudaron toda humanidad,
mataron el alma con cruel brutalidad,
temían la vida, temían la verdad,
dejaron tras de sí negra oscuridad.
Pero aquí estamos, voces sin olvido,
fantasmas del tiempo, testigos dolidos,
nunca perdonamos, ni hemos dormido,
memoria viva, por siempre oprimido.
Somos la sombra que nunca se cierra,
la furia callada que en la noche aferra,
el eco que grita y que el mundo aterra,
nunca el silencio ni la paz entierra.
Nunca olvidar, nunca perdonar,
que el horror vivido vuelva a brotar,
que la luz oscura no vuelva a reinar,
somos la historia que va a gritar.

V – Un Muro en el alma del mundo
Levantaron un muro entre hermanos,
de concreto, metralla y sospecha,
la ciudad dividida en dos manos,
una herida, otra soga en la brecha.
Berlín fue el espejo agrietado
de un mundo en febril contradicción:
un lado al futuro encadenado,
el otro en control y represión.
Un muro cruzó las avenidas,
los patios, los sueños, los besos.
Partieron las voces compartidas
con rifles, vergüenza y excesos.
El este, de hierro revestido,
callaba entre sombras y miedo.
El oeste, entre luces, fingido,
vendía su paz con el dedo.
Las cartas volaban sin rumbo,
las radios gritaban secretos,
los niños jugaban al mundo
sin ver los alambres completos.
Era guerra sin fuego visible,
con espías de sombra y corbata,
el apocalipsis posible
colgado en botón y bravata.
Desde Moscú se tejía la red
que Lenin soñó en su delirio.
Desde Langley, con cara de red,
la CIA abría su martirio.
Y en el medio, pueblos enteros,
con hambre de pan y sentido,
bailaban como marioneteros
al son de un poder compartido.
No hay más frío que el de la mente
cuando teme, manipula o calla.
La guerra se volvió silente,
pero en cada alma dejó su metralla.

VI – Las guerras que no se televisaron
I
En selvas de verde infinito,
donde el sol era fuego y cuchilla,
llovió sobre un niño un delito
firmado en papel y semilla.
Los árboles vieron soldados
arder con su piel en la niebla,
y un búfalo ciego, asfixiado,
cayó con metralla en la yedra.
II
Una madre tejió en Buenos Aires
el nombre de un hijo invisible;
lo borraron como a los aires
que huyen del pecho imposible.
En Santiago, Córdoba y Lima,
el alba trajo botas y gritos,
y la sangre bajó por la rima
de himnos patrios marchitos.
III
En Luanda, el tambor no cantaba,
hablaba de sangre y despojo.
Un niño sin nombre escarbaba
cadáveres, sueños y enojos.
Las minas crecían sin rostro,
como dientes del colonialismo,
y el oro brillaba en el costo
de Europa y su viejo egoísmo.
VII– El siglo de los dioses rotos
I
Los dioses bajaron del cielo
no en fuego, ni luz, ni temores:
cayeron sin ruido ni duelo,
como mueren viejos valores.
Uno era de acero y bandera,
otro de martillo y consigna;
se oxidaron en la frontera
de una fe que ya no se digna.
II
Se quebró la voz del profeta,
se borró el mural del obrero,
la utopía quedó incompleta
y el futuro, sin su sendero.
Los libros arden en silencio,
no por fuego, sino por falta.
El alma, en su estéril desprecio,
se volvió de hielo y de salta.
III
Ya nadie cree en los milagros,
ni en promesas de redención.
Los ídolos viven en tragos,
y el altar es la distracción.
Un niño navega en la red,
con los ojos llenos de ruido,
mientras su espíritu se ve
como un satélite perdido.
IV
Ni patria, ni dios, ni justicia.
El siglo se tiñó de memes.
Los templos venden franquicias
y el odio se ríe en los memes.
Los hombres gritan sin fe,
maldicen, pero sin causa;
como espectros sin porqué,
como espinas sin su rosa.
V
¿Quién reza por el vacío?
¿Quién canta a la nada entera?
¿Quién besa un mundo tan frío
que hasta el sol le desespera?
Sólo queda el que recuerda,
el que escribe y no se esconde.
Aunque el mundo se le pierda,
aun su verso se responde.

VIII – El grito digital en la caverna global
I – El nuevo oráculo
Ya no pregunta al cielo el peregrino,
consulta al móvil su cruel destino.
No hay dioses, ni padres, ni profetas,
sólo pantallas frías y recetas.
II – Rostros sin rostro
Ríe el avatar, mientras muere el alma,
la empatía se ahoga sin calma.
No hay ojos que miren, ni manos que toquen,
sólo dedos que pasan… y corazones que no se invoquen.
III – El retorno sin fuego
Ya no es fuego lo que alumbra al hombre,
es la luz del celular sin nombre.
Ya no canta ni piensa ni llora,
se desliza en su red… y se evapora.
IV – La caverna nueva
La caverna no es piedra ni arcilla,
es pantalla que embriaga y aniquila.
El que fue Prometeo y futuro,
es ahora un esclavo sin muro.
V – La mentira eterna
Las voces se funden en ecos falsarios,
confunden lo real con comentarios.
El saber es censura y castigo,
la verdad… un algoritmo enemigo.
VI – El fin del espejo humano
El espejo no da más reflejo,
sólo un rostro marchito y parejo.
La palabra ya no tiene entraña,
todo es burla, algoritmo y pestaña.
VII – El mundo sin memoria
Ya no hay libros, ni tiempo, ni historia,
todo arde en la hoguera sin gloria.
La especie que alzó su bandera,
va cayendo… de nuevo… a la hoguera.
VIII – Cementerio de ideas
Pensar es peligro, sentir es fracaso,
amar, una app… y tocar, un ocaso.
La belleza murió en una selfie oscura,
la conciencia es sarcasmo y basura.
IX – El abismo artificial

Nos conecta el pixel, no la sangre viva,
la verdad es viral… o se archiva.
Y el hombre, que un día fue llama y quimera,
hoy se arrastra sin voz… por la esfera.
X – Epílogo: la cripta sin fondo
No hay luz al fondo de la cripta,
sólo el eco de una raza extinta.
En la caverna global, sin aurora,
el tiempo se apaga.
Y nadie llora.


