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viernes, 23 de julio del 2021

¿Ya tomaste agua hoy, queridx?

Somos un gran paí­s, dirigido por una gran variedad de payasos. De todo hay, desde los que construyen baños tipo fosa por 30mil dólares (Pedro Montoya), los que viajan a Jerusalén para conocer el lugar donde “nació” Jesús (El Mesí­as Bukele), hasta los que impulsan la reforma constitucional que establece que el matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer así­ nacidos (Velásquez Parker alias el “Ranger de Texas”).

Qué chistositos éstos payasitos. Lo único es que no dan risa, dan pena. Y pena de la buena, de esa que nos pone en los primeros lugares a nivel mundial en violaciones a los derechos humanos, desigualdad de género, machismo, abuso infantil, niña, lo que se te ocurra que sea malo, nosotros lo tenemos. La maldad es nuestro commodity.

¡Ay qué orgullo!, ¡Qué bonitos se ven la Sra. Regina de Cardenal y Ricardo Velásquez Parker impulsando una ley absolutamente homofóbica, transfóbica, y que borra las existencias de MILES de salvadoreños!

Pero la comunidad LGBTTTIQ+ está cansada de ser su comodí­n para ganar votos. En primer lugar, cualquier legislación que tenga como base la biblia cristiana, viola indiscutiblemente el Art. 3 de la constitución: “Todas las personas son iguales ante la ley. Para el goce de los derechos civiles no podrán establecerse restricciones que se basen en diferencias de nacionalidad, raza, sexo o religión.”

Porque, ¿qué pasa si yo no creo en la religión cristiana?, ¿Qué pasa si soy budista, o musulmana – o no sé, simplemente NO soy espiritual? ¿Qué pasa si mi identidad de género no se alinea con la binaria (mujer/hombre)? En teorí­a mis derechos deben ser respetados por igual, sin importar lo que creo o lo que llevo entre las piernas. Pero las cosas no son tan simples.

El género es un término social, asociado al rango de caracterí­sticas y roles que definen el comportamiento de los seres masculinos y femeninos. Una norma que alguien se inventó hace cientos de años, y que esperan que sigamos sin dudar. Tenemos que conformarnos con ser lo que la sociedad diga, sin importar nuestras experiencias individuales.

Pero ustedes saben que TODOS los seres humanos somos diferentes, ¿cómo tiene lógica que quieran obligarnos a ser iguales?, ¿Que nos vistamos igual?, ¿Que nos gusten las mismas cosas (hasta en el sexo)? No sé, Regina, no tiene sentido que querrás que todas seamos como vos. No todas nacimos con el mismo privilegio, no todas tenemos matrimonios arreglados, y vidas arregladas. No sé, digo.

Estas normas y prejuicios absurdos son herencia de la colonización, guerras y dictaduras, y es nuestra responsabilidad cambiarlas. Qué tiene más sentido: ¿Discriminar, condenar, destruir a las personas que son diferentes a nosotrxs?, ¿O, tomarse un vaso grande de agua (porque lo suyo no es odio, es deshidratación), y escuchar con buena disposición las experiencias de los demás?, ¿tener tolerancia y empatí­a por lxs que son diferentes? Yo creo que la segunda se oye mejor, suena más inteligente, más inclusiva, más (cristiana, JEJE).

El pasado 9 de enero, La Corte Interamericana de Derechos Humanos reiteró que (…) Debido a que la definición misma de familia no es exclusiva de aquella integrada por parejas heterosexuales, el Tribunal consideró que el ví­nculo familiar que puede derivar de la relación de una pareja del mismo sexo se encuentra protegido por la Convención Americana.1

¿Cómo?, porque no es posible que, si tu pareja se enferma, no podás visitarle en el hospital. No es posible que, si uno de los dos muere, la otra persona no tenga derecho a propiedades y bienes que se compraron juntxs, pero por las leyes, nunca pudieron estar a nombre de ambxs. No es posible. No se trata solamente de una fiestecita, un coctelito y un besito. NO.

Se trata de garantí­as básicas. De igualdad de derechos. De respeto. De aceptar que la casita con mamá y papá NO es la norma en el contexto salvadoreño. A muchxs les crí­an sólo sus mamás, o sus abuelas, y no pasa nada. La familia es algo que define cada quien, con sus experiencias. Sin importar lo que digan las empelucadas millonarias, o los insulsos rancheritos que manejan nuestro paí­s.

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