Por Gabriel Otero.
Ella se tatuó en el brazo
una serpiente
mordiéndose la cola.
La contempla
y se sumerge en los pigmentos
los colores la tocan en oleadas
y siempre llega
al mismo lugar.
La serpiente tiene un dibujo
en sus escamas dorsales
de una mujer
engulléndose los pies.
La vida misma repta
en estos malabares ópticos
de eternidad.
Y nadie sabe
quién hizo
el primer círculo
si la mujer
o la serpiente.


