Zarko Pinkas-Ramírez |
Lo que debía ser una visita tranquila terminó convirtiéndose en una experiencia incómoda, tensa y reveladora sobre el trato de algunos vigilantes en espacios comerciales.
A eso de las 11:10 de la mañana llegué al estacionamiento de un restaurante Burger King, en la colonia Escalón, en San Salvador. Iba con la simple intención de tomar algo frío y pasar un momento tranquilo. Uso bastón debido a problemas de movilidad un lesión en la cadera, por lo que, como corresponde, me dirigí a los espacios señalizados para personas con dificultades para desplazarse.
Antes de estacionarme, le indiqué al vigilante —un agente de seguridad privada del lugar— que utilizo bastón y le consulté si podía ocupar ese espacio. Me respondió que sí. Todo parecía normal hasta que, ya en maniobra de estacionamiento, comenzó el problema.
Cuando terminé de estacionar, el mismo vigilante me dijo que estaba mal ubicado. Le expliqué que, precisamente por mi condición, necesito cierto margen para poder salir del vehículo sin dificultad. El auto estaba dentro del espacio, cercano a la línea amarilla, pero funcional para poder moverme con el bastón. Sin embargo, su respuesta no fue comprensiva.
Insistió en que estaba mal estacionado. Le volví a explicar mi situación, esperando un mínimo de empatía sumado a no dejar muy pegado mi auto a otro que estaba ahí. Fue entonces cuando lanzó la frase que cambió completamente el tono del momento: Si no puede, entonces ¿a qué viene usted aquí?
No se trató solo de una observación sobre cómo estacionar. Fue una descalificación directa, innecesaria, que convirtió una situación cotidiana en un mal rato. Le respondí que estaba completamente desubicado y que no podía tratar así a una persona que le estaba explicando una limitación física.
Le advertí que presentaría una queja en la gerencia del local. Su reacción fue reírse. Literalmente, reírse en mi cara.
Ese gesto, sumado al tono previo, terminó de configurar una escena incómoda, tensa y, sobre todo, injustificada. Más aún considerando un elemento que no puede pasarse por alto: el vigilante portaba una escopeta y la manipulaba de forma que me generaba inquietud, con una postura que lejos de transmitir seguridad, resultaba intimidante. En un lugar donde llegan familias, donde el ambiente debería ser tranquilo, la actitud de quien está armado importa, y mucho.
Toda la discusión giró en torno a que, según él, no me estacioné “como debía”. Nada más. No hubo un intento real de comprender la situación, ni de facilitarla. Solo una actitud prepotente, acompañada de gestos despectivos, como levantar la mano en señal de desdén, como diciendo: “haga lo que quiera”.
Decidí entrar al local y hablar con la persona encargada. Le expuse lo ocurrido con claridad: que un vigilante me había cuestionado por estar ahí, y que todo esto había sucedido mientras yo intentaba simplemente estacionarme usando un espacio destinado precisamente para personas con dificultades de movilidad y me dijo que hablarían con él.
Consumí lo que había llegado a consumir —un helado — y me retiré. Pero la sensación quedó.
No es la primera vez que se observan actitudes de este tipo por parte de vigilantes en centros comerciales. No es un caso aislado en cuanto a formas prepotentes de dirigirse a las personas. Y ahí es donde está el punto de fondo: no se trata solo de educación, sino de criterio, de manejo de situaciones y del peso que implica portar un arma mientras se interactúa con el público.
Porque nadie utiliza un espacio de movilidad reducida por gusto. Y nadie debería tener que dar explicaciones sobre su condición para recibir un trato respetuoso.
Al final, el mensaje fue claro, aunque no de la forma en que debería ser: si esa es la forma en que se trata a las personas, no solo por tener un problema de movilidad , simplemente es un lugar al que no vale la pena volver para sufrir ese menosprecio y mal rato.


