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sábado, 15 de mayo del 2021

Un esfuerzo de memoria

Las sociedades orbitan en torno a su construcción y a su disolución. Al final, no es más que termodinámica, sistemas que tienden al orden y al caos. Equilibrios y desequilibrios térmicos, pero de ser así, ¿en qué situación nos encontramos? Que cada quien determine los alcances de estas palabras. Sin embargo, una situación está clara: estamos lejos del orden. Una sociedad que presuma ser democrática no se puede unificar en torno al sometimiento y a la muerte. Mucho menos vale la pena vivir al interior de un régimen de terror. La historia centroamericana (y salvadoreña) tiene una amplia gama de acciones espantosas en contra de aquellas personas que luchan por la justicia.

Es cierto que hay un continuado esfuerzo en el mainstream por llevarnos al olvido e incentivar lo instantáneo como única forma de habitar el Tiempo, pero es necesario que hagamos un esfuerzo de memoria. Vámonos a dos hechos que sucedieron en el año 1975, es decir, hace 45 años. El primer hecho sucedió el 10 de mayo y fue el asesinato, por parte de sus propios camaradas, de Roque Dalton. Una situación inusitada y estúpida. Una de las organizaciones políticas que estaban intentando limpiar el statu quo del militarismo y la opresión llevaba a cabo al interior de sus prácticas los mismos vicios que combatían. Y el segundo hecho sucedió en julio y se divide en dos acciones, la intervención armada por parte de los cuerpos represivos del Estado en la sede de la Universidad de El Salvador, en Santa Ana, el viernes 25 y el martes 29 y, posteriormente, la marcha de protesta en San Salvador por parte de organizaciones estudiantiles beligerantes que fueron apagadas por el calor de las balas.

Dos hechos enclaustrados en la historia. Hasta el día de ahora, no hay respuestas para los familiares de aquellas personas que murieron buscando como hormigas salir del atolladero en el que aún seguimos. Muchos periodistas callaron lo que a sotto voce se decía sobre los responsables de perpetrar crímenes de lesa humanidad. Y en estos días de pandemia, donde nuestras libertades están parcialmente restringidas, necesitamos, para construir una sociedad justa, el trabajo extendido de periodistas que se atrevan a llenarse de tierra las uñas de las manos y que no se asusten cuando chisporroteen los yunques con la sangre de quienes son capaces de entregar su vida a una causa.

Hay que expresar el dolor de estas tierras y cantar a gritos lo que se deja en el olvido o en el más brutal de los silencios. Todavía existen los problemas de antaño, solo hemos puesto parches y sabemos que eso no basta. Aún está viva la reivindicación estudiantil y juvenil por un país más justo donde no existan atropellos y donde el militarismo no se convierta, una vez más, en la punta de lanza de nuestra mullida democracia. Esforcémonos en recordar, en reavivar la memoria histórica y los relatos de tantas personas que han padecido en carne propia las injurias políticas de los tiranos o los que se creen tiranos o que fingen ser tiranos en una época perversa.

Rodrigo Barba
Rodrigo Barba
Analista local

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