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jueves, 2 julio 2026
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Trump y la guerra en Ucrania: la paz no nace de las amenazas

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"Su estilo (de Trump), acostumbrado al espectáculo y al ruido, encuentra en la guerra de Ucrania una cortina ideal": Alonso Rosales.

Por Alonso Rosales.

Desde Escocia, en su habitual tono desafiante, Donald Trump ha lanzado una nueva amenaza respecto al conflicto entre Ucrania y Rusia. “Voy a dar un nuevo plazo de diez o doce días. No hay razón para esperar. No estamos viendo ningún progreso”, dijo desde el complejo de golf de Turnberry, en presencia del primer ministro británico Keir Starmer. Pero, ¿quién lo nombró mediador? ¿Y qué sentido tiene un ultimátum impuesto unilateralmente a dos países que siguen atrapados en una guerra existencial?

La respuesta desde Moscú no tardó. María Zajárova, portavoz del Kremlin, fue clara: “Los plazos de Estados Unidos no nos preocupan. Las sanciones tampoco. Hemos aprendido a vivir sin ellos”. Una respuesta directa, fría y reveladora: para Rusia, la retórica de Trump es irrelevante. La amenaza pierde peso cuando proviene de alguien sin poder institucional, pero con afán de protagonismo global.

Lo cierto es que Trump está inmerso en una estrategia de distracción. Su verdadera obsesión —y pesadilla— tiene nombre: la Lista Epstein. La sombra del escándalo de tráfico sexual y los posibles vínculos que saldrán a la luz representan un terremoto político que busca ocultar tras el humo de la geopolítica. Su estilo, acostumbrado al espectáculo y al ruido, encuentra en la guerra de Ucrania una cortina ideal.

Y mientras tanto, Europa y la OTAN enfrentan sus propios dilemas. A pesar de las millonarias ayudas militares, no han podido doblegar a Rusia. Han contenido el avance, sí, pero sin lograr una victoria. Ucrania ha resistido más de lo que muchos predijeron, desmintiendo a los generales rusos que afirmaban que Kiev caería en 72 horas. Un cálculo arrogante por el que probablemente ya han pagado el precio en el Kremlin.

Aun así, seguir creyendo que la guerra se resolverá con sanciones o amenazas es ingenuo. La única salida real es política: una negociación responsable, sin imposiciones, sin chantajes. La paz no se impone desde un micrófono ni desde una mansión con vista al mar. La paz se construye escuchando, negociando, cediendo cuando toca. Y ahí es donde Trump fracasa: porque no sabe negociar, solo sabe ordenar.

Negociar no es someter al otro. Es encontrar coincidencias, dejar para después lo más difícil, y construir con paciencia. Trump no es el indicado para esa tarea. Su visión de sí mismo como emperador global choca con la realidad. Su ego es un obstáculo, no una herramienta diplomática.

La comunidad internacional debería mirar con atención otras propuestas. El Vaticano ha ofrecido ser sede para una negociación seria entre Ucrania y Rusia. ¿Por qué no tomarlo en cuenta? La ONU, desgraciadamente, ha perdido peso moral. Su silencio —cuando no complicidad— frente al genocidio en Gaza la ha convertido en un actor subordinado a los intereses de Estados Unidos e Israel.

Por eso, Trump carece hoy de la autoridad moral para mediar en ningún conflicto internacional. Ni su historial, ni su carácter, ni su agenda oculta lo hacen apto para liderar un proceso de paz. En Ucrania no se necesita otro bravucón; se necesita sensatez, humildad y diplomacia real 

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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