Por Alonso Rosales
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró en una entrevista con el periodista Trey Yingst de Fox News que su Gobierno envió “muchas” armas a manifestantes iraníes a inicios de este año, utilizando como intermediarios a grupos kurdos. Sin embargo, según el propio mandatario, dichas armas nunca habrían llegado a su destino, ya que —sostiene— los kurdos se las quedaron.
La afirmación ha generado controversia inmediata, especialmente por las implicaciones geopolíticas que conlleva. Diversas facciones kurdas rechazaron categóricamente las declaraciones. Hejar Berenji, representante del Partido Democrático del Kurdistán Iraní en Estados Unidos, negó que hayan recibido armamento durante las protestas en Irán, desmintiendo así la versión ofrecida por Trump.
Más allá de la veracidad de las declaraciones, el episodio refleja la compleja relación entre Washington y los actores kurdos en la región. Históricamente, los kurdos han mantenido una relación pragmática con Estados Unidos, colaborando en conflictos como la lucha contra el terrorismo, pero evitando compromisos que los arrastren a confrontaciones directas con potencias regionales como Irán o Turquía.
La negativa de los kurdos a involucrarse en una eventual estrategia militar impulsada por Estados Unidos responde a varias razones. En primer lugar, su prioridad sigue siendo la autonomía y estabilidad en sus territorios, lo que les obliga a evitar provocaciones que puedan desencadenar represalias. En segundo lugar, existe una profunda desconfianza hacia Washington debido a antecedentes de abandono estratégico en momentos críticos. Finalmente, su fragmentación política interna dificulta una postura unificada en conflictos de alta escala.
En este contexto, las declaraciones de Trump no solo carecen de confirmación independiente, sino que también evidencian las limitaciones reales de Estados Unidos para instrumentalizar actores locales en escenarios altamente volátiles como el iraní.


