jueves, 12 de mayo del 2022
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Sin timón y en el delirio

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Por Hans Alejandro Herrera Núñez

Una izquierda diluida y débil en el continente, un Bolsonaro dispuesto a todo y un presidente peruano buscando amigos donde sea. Este es un vistazo a la política internacional del presidente de Perú, Pedro Castillo en plena crisis de gobernabilidad, dónde los factores sociales (y de capacidades) no le permiten un afianzamiento del poder, ni una ruta precisa.

Cuando el izquierdista Castillo ganó las elecciones presidenciales de Perú en 2021, la reacción de Bolsonaro fue lamentarlo públicamente: “Ahora perdemos Perú, si un milagro no lo revierte”. Bueno, pues los milagros existen y se están alineando de forma extraña. Bolsonaro bien podría decir cómo lo hacen en Guatemala: “Bien piscinas, pero con tennis”.

Las operaciones mediáticas de las fuerzas del stablishment encuentran en Perú un laboratorio de una mayor eficacia en la destrucción de un gobierno de izquierda. Esto no es una excepción en la región, pero el stablishment en Perú da muestras de eficiencia, pasión y posible éxito a corto plazo. Antes dejaban que los gobiernos poco amigables se asentaran, el caso de Humala, ahora lo atacan rápidamente y desde diferentes frentes al mismo tiempo: el mediático, el empresarial, el político, no dándole descanso al gobierno, lo cual agudiza su ingobernabilidad. En ese panorama no le queda más remedio al actual gobierno que buscar alianzas afuera (incluso fuera de su órbita ideológica) donde obtener apalancamiento.

Su último viaje ha sido al Brasil de Bolsonaro, el enemigo  número 1 de la izquierda continental. El acercamiento a Brasil se explica porque también Bolsonaro es víctima del acoso mediático y la antipatía del stablishment político pero también empresarial. Entonces se necesitan para preservarse en el poder.

El poder en América Latina como en casi todo el mundo civilizado radica en un stablishment mediático, económico y de políticos profesionales que no permiten a los gobiernos realizar los cambios que necesitan, sean estos de izquierda o derecha. De ahí visitas inusitadas como la de hace tres semanas del presidente andino al presidente brasileño.

Una cumbre bilateral que acabó con un almuerzo confirmado pocas horas antes. Más allá de lo económico lo que les une es una postura conservadora, populista y proclive a los relevos ministeriales. Aunque Bolsonaro criticó la victoria de Castillo en 2021 el encuentro fue más que amistoso entre el ex militar y el ex profesor, al punto de Castillo quitarse el sombrero y Bolsonaro ponérselo (esto es muy simbólico, ya que la derecha peruana ha sido crítica en el uso del sombrero de Castillo, quien durante todo lo que lleva de mandato no se lo ha quitado más que en la misa de Te Deum).

Por otro lado Castillo ha tenido pocos viajes (México y EE.UU.), y en esta oportunidad la excusa del viaje fue impulsar el comercio bilateral que suma 4.300 millones de dólares, promover las inversiones mutuas. Por otra parte ambos comparten el hecho de ser invitados a iniciar las negociaciones para la entrada en la OCDE, el club de los países ricos. Este encuentro ha sido más un éxito de parte  de la diplomacia brasileña que la peruana, pues Bolsonaro ha estado marcado por el aislamiento diplomático desde la derrota de Donald Trump. Ahora levanta cabeza con su reciente presencia en el Kremlin en pleno conflicto de Ucrania.

Antes de la reunión, Bolsonaro detalló algunos de los temas a abordar: “Vamos a tratar temas de defensa, delitos transnacionales, comercio y la más variada cooperación posible. Ese es el espíritu de una buena relación, ambos países tenemos mucho que ganar”. Definitivamente tienen mucho que ganar y ha ganado más Bolsonaro que Castillo en su última cumbre. En esta variada cooperación de la que la izquierda peruana ha preferido quedarse callada. Las alianzas inusitadas son potenciales realidades sobre todo cuando no hay un norte claro de parte del gobernante andino.

En un entorno en que los países viran a la izquierda en Sudamérica, pero sin la fuerza de los precios de los comodities de tiempos de la ola rosa de Chávez & Cía, y en qué las fuerzas de la derecha están cada vez mejor organizadas que en el pasado; las alianzas con amigos ideológicamente más próximos para Castillo como lo son Arce en Bolivia o Boric en Chile se encuentran en un estado más bien frío.

La política internacional de Perú en el actual gobierno solo ha destacado al reabrir la embajada de Perú en Venezuela, dónde enviaron al hasta entonces embajador de Perú en El Salvador, Librado Orozco, un diplomático de carrera con experiencia en la URSS y países de Europa del Este, que domina cinco idiomas pero todavía desaprovechado por la cancillería andina (los pocos diplomáticos peruanos de carrera con dominio fluido de ruso, húngaro o lenguas Eslavas es escasa, la mayoría está retirado por edad o ya murió, solo el ex embajador peruano en El Salvador es quizás el único que domina estás lenguas y tiene experiencia en el terreno), lo que demuestra una miopía, más que del gobierno una miopía de la cancillería peruana.

Está todavía por ver cuál será el alineamiento de Perú en el concierto de las naciones. De momento no se ha pronunciado sobre la crisis de Ucrania, ni tiene un programa claro de la política exterior peruana. Francamente no tiene idea de nada, pero como diría Kipling, esa es otra historia.

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Hans Alejandro Herrera
Consultor editorial y periodista cultural, enfocado a autoras latinoamericanas, Chesterton y Bolaño. Colaborador de ContraPunto
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