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sábado, 25 de septiembre del 2021

Salarrué y Dalton desmitificados

Los desmitificadores suelen usar contra este o aquél mito el martillo de la crítica. En nuestra época, mochar a martillazos los pies, las manos o la cabeza del mito suele ser una fuente de prestigio y placer. Hay desmitificadores famosos, tal celebridad tienen sus martillazos contra el mito que esos mismos golpes desacralizadores han sido sacralizados hasta convertirlos en una nueva opinión dominante.
Y dado que llevamos viviendo una larga temporada desacralizadora, convendría entrecomillar ciertas opiniones que han venido fungiendo como martillazos. En pocas palabras, y para que el aliento desmitificador no repose, ya es hora de que le demos con su misma medicina a ciertas desmitificaciones oficiales.
¿Y no es acaso este el rasgo principal de una época, la nuestra, que se autodenomina crítica? Época en la cual el verbo criticar se conjuga en todas las personas: yo critico, tu criticas, él critica, ella critica, ustedes critican, todos criticamos. Vamos a hacer, pues, nuestra crítica. Y que sea breve. Vayamos, pues a hacerle nuestra visita a dos de las principales figuras que todavía fungen como mitos culturales en nuestro reducido y tan provinciano mundo.
Durante gran parte del siglo pasado Salarrué fue presentado, o más bien representado, como una especie de ángel bonachón de ojos azules cuya obra literaria nos permitió hermanarnos en torno al habla de unos personajes campesinos e indígenas. Su prosa nos entregó el milagro de una comunidad estética, una comunidad imaginada. Hasta ahí todo bien, pero un buen día, a finales del siglo XX, nos despertamos con la mala noticia de que Salarrué había sido un ángel bonachón al servicio de la dictadura del General Martínez. La misma belleza de su prosa, se nos dijo, estaba manchada por tal servicio. Se nos reveló y demostró, con pruebas en mano, que los mismos sentidos de su prosa, después de la caída del dictador, habían sido alterados para ocultar su contribución al espíritu cultural de la tiranía y no solo eso, lo peor era que tal operación de ocultamiento pretendía escamotearnos en su tramoya las oscuras implicaciones de 1932 y la posterior complicidad de nuestras elites culturales con el siniestro tirano populista que fue el General Martínez.
Aquella sí que fue una desmitificación estruendosa. El ángel bonachón que nos habían vendido los conspiradores, los ocultadores de la verdadera historia, solo había sido un funcionario cultural al servicio de Martínez. Y aquel pecado no solo le arrebataba su condición de ángel, también ponía en cuestión la raíz de sus palabras dado que estas se hallaban manchadas por la culpa de unos ocultamientos formales y de sentido.
Nuestro querido y estimado don Salarrué pasó de ser ángel a desempeñar el papel de figura significativa en la política cultural del martinato. De santón literario pasó a convertirse en triste cómplice de la dictadura y su fábrica de ocultamientos.
Si la historia oficial convirtió a Salarrué en un absoluto inocente, a salvo en su isla sagrada ¿Qué sentido tiene derribarlo para luego convertirlo en el gran cómplice que ofició de corazón estético para la estructura simbólica de una dictadura? Entre estas dos grandes exageraciones debería existir espacio para la letra pequeña, para esos grises que median entre el blanco del cielo y el negro del infierno ¿No se pierden también las pequeñas verdades ahí donde la desacralización tiene la voluntad del estruendo, del escándalo buscado por el investigador estrella que desmantela, prosa en mano, las grandes conspiraciones de la historia?
Hay algo teatral, hiperbólico, novelesco en la forma en que se ha desmitificado a Salarrué. La de su desmitificación es una historia en la cual las cegueras latentes de la ideología se transforman en silenciamientos deliberados, una historia en la cual los nexos complejos entre la estética y la política pasan a ser gobernados mecánicamente por la figura del gran dictador, una historia en la cual una figura relativamente modesta–Salarrué– ve su obra convertida en elemento sustancial de una vasta campaña de ocultamientos simbólicos. Sí, Salarrué anduvo por ahí, pero debemos afinar sin orquestaciones operísticas nuestros marcos interpretativos.
Los seres humanos en la jaula de los contextos sociales en los cuales vivimos no solo somos perpetradores de unas determinadas visiones del mundo también somos prisioneros de ellas. Esas visiones son también cegueras que con frecuencia asumimos y reproducimos sin tener plena conciencia de nuestras miopías. Por lo general somos fanáticos creyentes durante una larga temporada, pero no cínicos. Cínico sería quien advirtiendo el papel central de los indígenas en los sucesos de 1932, a sabiendas los convirtió en actores de reparto al servicio de Farabundo Martí. Pero a quien se creyó sus propias interpretaciones partidistas sobre el 32 no podemos incluirlo en la gran campaña planificada de la desinformación histórica. Aquí es donde fallan ciertas desmitificaciones, porque al rasgar las apariencias de ciertas visiones del pasado no examinan procesos ni agentes sociales, solo buscan culpables.
Igual que Salarrué, para ciertos ensayistas Roque Dalton fue también una inteligencia muy activa en la gran fábrica de los ocultamientos. De nuevo sustituimos la figura del poeta mártir por el emblema caído del gran culpable ¿Culpable de qué? Culpable de distorsionar los sucesos de 1932, culpable de hacer pasar una novela como testimonio, culpable de poner en circulación una imagen maniquea del pasado literario inmediato, culpable de introducir a toda una generación de poetas en el agujero negro del prosaísmo, culpable de dar un ejemplo fallido, culpable de dañar a la poesía salvadoreña y a su propia poesía, etcétera, etcétera. Nuestros desmitificadores no necesitan explicaciones, necesitan culpables. Las suyas son lecturas puritanas del mito, interpretaciones morales maniqueas del mito. Detrás del ángel solo puede existir la verdad desacralizadora de la culpa absoluta.

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