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lunes, 29 de noviembre del 2021

Rufina Amaya sí­ fue guerrera

El 11 de diciembre de 1981, cuando iniciaba lo más encarnizado de la guerra salvadoreña 1980-1992, el Caserí­o El Mozote, Cantón La Guacamaya, j/ de Meanguera, Morazán, y sus alrededores, fueron el escenario de una cruel masacre de campesinos, ejecutada por el ejército salvadoreño. ¡La tristemente célebre Masacre de El Mozote!

Los fusiles, vomitando plomo criminal, sacudí­an los frondosos bosques con impacto certero, despiadado, cruel e inhumano; mientras que los centenares de cuerpos, especialmente de niños, eran despedazados en el aire, como cuando alguien despluma pajarillos inocentes. Por eso, la masacre de El Mozote -que la conciencia anti patria intenta ignorar- es un crimen de lesa humanidad contra la inocencia: las ví­ctimas eran en su mayorí­a niños, salvajemente asesinados.

Y como mujer sí­mbolo, Rufina Amaya. Ella fue la madre que, como acto providencial, logró escapar de la columna de los condenados a muerte y refugiarse entre arbustos y cercos de piedra. Antes le habí­an sido arrebatados sus hijos, entre ellos uno aún de pecho o sea lactante. Los gritos de sus hijos y demás niños pidiendo auxilio, fue el estallido desgarrador que Rufina jamás pudo olvidar. Ella sí­ es, por todo eso, verdadera guerrera y sí­mbolo heroico del dolor maternal, por tanto niño muerto y desaparecido en El Salvador.

Rufina representa a las guerreras de verdad, las mujeres sufridas por el agobio de su lucha diaria, con honestidad y gallardí­a. Son las humildes trabajadoras que, de veras, sufren “guerrereando” por la vida de su hogar, y no por la frivolidad y el oropel pasajeros, que enferman e indigestan las conciencias. Guerreras como Rufina, son: las vendedoras vejadas en Santa Tecla; Imelda la madre presa por un juicio sin sentido y sus compañeras injustamente presas; las miles de trabajadoras sacrificadas en las maquilas; guerreras fueron las dos Karla: una policí­a y la otra periodista… y una larga lista de mujeres salvadoreñas, verdadero ejemplo de abnegación y sacrificio.

Por eso, hay justificada indignación en la ciudadaní­a por la divulgación de un spot de diputadas de ARENA, en el que se autoproclaman “guerreras” (¿?) y arremeten contra quienes les ofenden en su dignidad de mujer, en claro enfoque propagandí­stico, pero que, más que favorecerles, deja clara su inclinación clasista, solo interesada en ellas mismas -parlamentarias de su partido- ignorando al resto de las mujeres salvadoreñas -las auténticas guerreras por la dignidad y la vida- las que se parten el alma de sol a sol, acaso sin contar siquiera con el salario mí­nimo. ¿Y por ellas y por su dolor de siglos, quién…?

Estirpe de la mujer guerrera, fue Rufina Amaya. Yo conocí­ a Rufina aquel año de 1951, en El Mozote. A mis 14 años de edad, en febrero me inicié como alfabetizador de hombres y mujeres. Yo trabajaba al final del dí­a e inicio de la noche, después de las jornadas diurnas de niños de primero y segundo grado… ¡Quién iba a decirme, entonces, que aquellos sitios tan familiares, serí­an escenario de una cruel matanza de campesinos!

– Sí­, yo bien lo recuerdo, yo era una escuelera cuando usted trabajaba allá… -me dijo Rufina Amaya, durante el acto conmemorativo del XX Aniversario de la Masacre de El Mozote, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en diciembre de 2001.

Rufina Amaya falleció el 7 de marzo de 2007. Por todo eso recordaré a Rufina, como la recordará todo el mundo humanizado y honesto, mientras habrá rechazo eterno para quienes ahora, vivos o muertos, tienen esta mancha sobre sus nombres. Para recordarla mejor, las siguientes son frases lapidarias de Rufina Amaya, que se han quedado suspendidas en el tiempo, como reclamo justo a los responsables de la horrenda masacre:

“Yo lo que espero es la justicia, que haya justicia. Una justicia no es venganza, sino que la justicia debe ser un reconocimiento a las ví­ctimas y también un reconocimiento a los errores que ellos cometieron. Deben pedirle perdón al pueblo, porque la mayorí­a de la gente ha quedado sin hijos y sin papás; entonces merecemos el respeto humano y que ellos reconozcan lo que hicieron y también que le pidan perdón al pueblo. Que haya justicia, porque si no hay justicia no hay perdón… “, sentenció Rufina.

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