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jueves, 24 de junio del 2021

Pudo haber sido cualquiera de nosotros

Cuando vas en metro lo único que quieres es llegar, llegar a como de lugar. La verdad es que es muy rápido, vuela. Pero en año y medio le brotó todo el pus y la sangre en tres sucesos terribles causados por lo que se dejó de hacer en cinco décadas.

El boleto es barato, a pesar de que en la administración de Mancera subió de tres a cinco pesos, con eso, decían, habría un excelente servicio con escaleras eléctricas y ventiladores funcionando y otras linduras dignas de desfile y campaña política. Además, había apologistas pidiendo eliminar los subsidios y que se incrementara a su costo real, a cuarenta o cincuenta pesos por viaje, como si ganáramos libras esterlinas, euros o dólares.

Fui de los tantos usuarios que se unieron al #posmesalto, recuerdo a una docena de jóvenes universitarios incitando a pasarse debajo de los torniquetes, los policías nada más observaban la rebeldía de todos negándose a pagar, era divertido, uno ya no estaba para saltos o agacharse y escuchar el crujir de las articulaciones, lo hacías por joder a la autoridad, a esos vatos a los que les quitaron las macanas porque te tundían a golpes a la menor provocación.

El accidente de Tacubaya del año pasado me alarmó, de esa estación tengo varios recuerdos, ahí olvidé una mochila en un vagón, andaba con mis tragos y me bajé. En otra ocasión venía de visitar a mi hermano en el hotel en el que se quedaba en Polanco, no alcancé el último tren y tuve que salir a buscar taxi. Estar ahí a medianoche no es para turistas y más si se trae una maleta llena de regalos y botellas de whisky, por eso cuando un grupo de valedores me pidieron un cigarro les regalé la cajetilla, solo atiné escuchar el “gracias carnal” antes de abordar a toda prisa un vocho destartalado.

He conocido lugares igual de densos, uno en la Peralvillo y el otro en la Industrial Vallejo, ni siquiera Panaderos en la Morelos le llega a los talones.  No, no preguntes, no he estado a esa hora, ni en Ecatepec, ni en Iztapalapa, ni en Ciudad Nezahualcóyotl, ni en la avenida Tláhuac que tienen fama de lugares rudos y populares.

La estación Tacubaya es para intercambiar de línea, he salido tarde de tantísimos eventos en Chapultepec, cansado, hasta la madre y siempre con ganas de llegar a tu casa. No me malinterpretes, mi casa no es tu casa, lo digo un poco por educación, las buenas costumbres mexicanas coloniales, tan forzadas y en desuso, el adjetivo posesivo te involucra como cómplice de esta conversación.

El día del choque de vagones pasé por ahí dos horas antes de la tragedia, dicen que la produjo un error humano, la sola imagen genera escalofríos, cuando hay un enfrenón uno se tiene que agarrar de donde sea para detener la inercia, ahora imagínate una colisión entre dos trenes, fierro retorcido, ruido brutal y dolor esparcido entre los asientos.

Con la pandemia me daba miedo utilizar el metro, tanta gente imprudente produce un caldo de cultivo de enfermedades innombrables, pero ningún bolsillo aguanta pagar dos o tres Uber diarios, por lo que tuve que vencer mis temores. Sí ya sé, me cuestionarás el no haber comprado un coche después de años de incomodidades públicas. La verdad es que nunca fue prioridad adquirirlo y menos vencer el nerviosismo de conducir uno, sabes que para mí es complicado como pilotear un avión. Lo que te quiero decir es que no he dejado de usar transporte como cualquier bípedo simple.

Lo que pase en el metro me afecta como a muchos, como a millones, esta ciudad no puede prescindir del subterráneo, está acostumbrada a ello y se siente orgullosa.  Al metro le cayó el chahuistle cuando se incendiaron sus oficinas centrales, el edificio desde donde se controlaban gran parte de las líneas, el cerebro que rayaba en la obsolescencia pero que nunca fue sustituido por sus costos onerosos pero necesarios. Y durante un mes no hubo servicio en tres de sus líneas estratégicas.

El golpe fue una sangría para todos, hubo que trasladarse en el Periférico junto a miles de automovilistas que se sentían los frustrados dueños de la calle, aceleraban como energúmenos queriendo robarle un poco más de recorrido a los ocho kilómetros en horas pico.

Y lo del lunes por la noche fue el desastre, yo estaba perdido viendo una película cuando Gris me dijo que recién se había caído una ballena con dos vagones del metro de la línea 12, no frecuento esa ruta que está bastante alejada, pobre gente, pensé, son millones los que viven en la periferia en Tláhuac y la única manera de llegar rápido es por ahí.

Las imágenes eran impresionantes, toneladas de concreto cayeron sobre coches y los dos vagones permanecían inertes y enteros, el saldo fue de 25 muertos y 79 heridos. Te hubieras conmovido. Tendrías que ser un mal nacido para carecer de empatía por el dolor ajeno.   

Pudo haber sido cualquiera de nosotros el que no llegara a su casa, eso hay que recordarlo siempre, eso hay que tenerlo presente mientras escuchas música en el vagón o revisas la pantalla del celular y no sientes caer a algún abismo, ni te traga la oscuridad o te invade el dolor.     

Que difícil debe ser para las familias acostumbrarse a la ausencia del que no regresó.  

Que frágil y volátil es la vida.   

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