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domingo, 24 de octubre del 2021

Nuevos apuntes sobre la refundación

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Reanudo con mis reflexiones sobre la refundación de la izquierda. Algunos que intervienen en esta columna han venido señalando las derivas derechistas del FMLN y algunos han tratado de señalar el inicio del desví­o, tal vez esto merezca algunas puntualizaciones y aclaraciones, no obstante no es lo más urgente. Esto último lo agrego sin menoscabo de su importancia. Lo que me interesa subrayar aquí­ es que en apariencia existe un acuerdo de principio: el FMLN ya no representa a la izquierda y que es por esta razón que surge la necesidad de refundarla.

En el paí­s hay grupos y pequeños partidos que se proclaman de izquierda y lo hacen con todo derecho. No obstante por razones de historia, la omnipresencia del FMLN, no han logrado descollar. No obstante pienso que todas la reflexiones que hemos iniciado aquí­  también los atañen.

Roberto Herrera en su artí­culo, publicado aquí­ mismo, “El Estalinismo: aberración polí­tico-ideológica de la izquierda marxista” se refiere a la diferencia entre el partido de Lenin y la transformación, o si se prefiere a la deformación, sufrida durante el estalinismo. Herrera señala otros puntos en los que la intervención de Stalin fue nefasta para el movimiento comunista internacional. La cuestión del partido es de suma importancia. Herrera distingue entre el partido y el aparato. No obstante hay que señalar que el surgimiento del aparato dentro del partido se debe a la desaparición por completo de la democracia partidaria. Stalin conservó el nombre de “centralismo democrático”, pero no su esencia.  Esta transformación la heredaron todos los partidos y muchas otras organizaciones anexas, sindicatos, movimientos, etc.

El centralismo leninista funcionaba tomando como centro al Congreso, recordemos que las direcciones del partido se cambiaban en los Congresos, que su función era aplicar las directivas salidas del Congreso, es decir que la táctica y la estrategia del partido eran definidas por el partido durante la preparación del Congreso y durante el mismo.

Cuando las circunstancias lo permitieron los Congresos se llevaban a cabo anualmente, pero con la asunción al “poder” del partido de Stalin, los Congresos ya no se reunieron anualmente, y desde 1939 ya no hay más Congresos hasta 1952. Y desde los Congresos de los últimos años de la década de los veinte, sucede un cambio radical, el centro del partido ya no es el Congreso, sino que pasa a ser el Buró polí­tico con su Secretariado, en el partido se forma lo que Roberto Herrera ha llamado el “aparato”. Se trata de ese nuevo centro y sus relevos ideológicos y de comando en las diversas ramificaciones del Partido.

La figura de Secretario General surge con Stalin y se vuelve en el jefe supremo dándole al partido un carácter autocrático. El secretario general se vuelve en el guí­a supremo del partido y del pueblo (que es lo que lleva al culto de la personalidad, pero no se resume en ello). El Secretario General es un hombre que sabe de todo, tiene la última palabra en asuntos filosóficos y cientí­ficos, llegando en el caso de Stalin a propiciar el descalabro de la agricultura por imponer las aberraciones pseudo-cientí­ficas de Trofim Lisenko. Desastre que alcanzó y destruyó los avances en la genética que habí­an logrado los cientí­ficos soviéticos a través de persecuciones legales y académicas. Pero esto también es un ejemplo como el Estalinismo penetró en el resto de partidos, pues la discusión internacional que provocaron las ideas de Lisenko, obligaron a cientí­ficos  comunistas occidentales a someterse y justificar las “teorí­as” de Lisenko. Esto en gran parte provocó la huida de muchos cientí­ficos de los partidos comunistas.

Eso fue posible porque ya para entonces se habí­a consumado el desmantelamiento del partido y el asesinato de muchos de los dirigentes comunistas. Entretanto hubo otros estragos en el campo del pensamiento, las extensas enseñanzas de Marx en muchos campos como la economí­a, la antropologí­a, la dialéctica fueron totalmente aniquilados y convertidos en un catecismo repleto de fórmulas y resúmenes caricaturales. Es esto lo que sirvió de pensamiento “revolucionario” durante décadas para muchos dirigentes del movimiento comunista internacional. Por supuesto que el Partido Comunista Salvadoreño padeció de esta enfermedad, pero no sólo el PCS, sino que el resto de la izquierda.

Restituir el pensamiento de Marx ha sido y sigue siendo una tarea difí­cil y lenta, pues ha encontrado muchos obstáculos de orí­genes diversos, uno está en la inercia de los que pensaron que defender el catecismo estaliniano era defender la ortodoxia, otros fueron externos por el ostracismo académico y social hacia los que tratan de llevar adelante esta tarea. A la vez  durante mucho tiempo ha predominado un retorno a textos de “marxistas”, que algunos simplemente en sus obras se han referido a Marx. En esta restitución pues ha existido una especie de eclecticismo muy pernicioso. En nuestro paí­s esta restauración teórica aún está en pañales por las mismas razeones que han conducido al FMLN hacia la derecha, o si se prefiere al reformismo de derecha. En todo caso en el pensamiento de esta “izquierda” volvió a aparecer el fatalismo del estancamiento, de la imposibilidad de transformar el paí­s, como ya existió en el pasado al interior del PCS. A este fenómeno se ha referido también Roberto Herrera, cuando narra las burlas y bromas que los comunistas hací­an a los que ya habí­an empuñado las armas en los años setenta, a este fatalismo lo he llamado alguna vez “geográfico”, pues alude a la cercaní­a del imperialismo, a la ausencia de montañas, etc.

Al hablar de refundar la izquierda, no me refiero a otra cosa que repensar cómo a partir de la realidad actual del paí­s, de la situación concreta polí­tica, económica y social, se puede crear un movimiento transformador de nuestra sociedad.

La situación que se nos presenta es muy difí­cil, pues podemos sin mucho riesgo de equivocarnos, afirmar que la izquierda revolucionaria ha quedado huérfana desde hace mucho tiempo, desde que el FMLN sufrió internamente en los años ochenta la embestida del revisionismo oportunista y que se apoderó de la dirección. Al decir “izquierda revolucionaria” me refiero exclusivamente al objetivo transformador de la sociedad, excluyo de esto muchas prácticas y pensamiento que estaban contaminados por el estalinismo y que ineluctablemente conducí­an a fracasos como los ocurridos en otras partes del mundo.

No comparto de ninguna manera la esperanza que algunos cifran aún en un improbable renacimiento del FMLN y su retorno a posiciones de transformación social. La reestructuración emprendida actualmente no puede, ni pretende analizar las raí­ces de su actividad en general, no se trata solamente de sus derrotas electorales, ni tampoco de hacer los cambios necesarios para nuevas contiendas electorales. Por el momento, el horizonte del FMLN está limitado por los objetivos intactos que lo atan a su pasado oportunista y electorero.

Me he referido a la necesidad de un movimiento revolucionario, pero al mismo tiempo antes aludí­ a la distorsión del centralismo democrático por el estalinismo, esto implica que se debe también repensar el tipo de organización del partido (movimiento). La tendencia al verticalismo ha sido constante, la cúspide impone sus ideas, sus tácticas, sus estrategias sin que la base pueda opinar, ni sugerir sus propuestas. Este modo de funcionar ha demostrado sus lí­mites, su inadecuación para transformar la sociedad capitalista en que vivimos. Es menester entonces que se piense en otro tipo de organización, que comprenda  de manera fundamental la participación activa y consciente de todos sus miembros. Para ello no se puede prescindir de una permanente formación de sus militantes, de todos los militantes. No podemos volver a esas separaciones internas entre dirigentes y dirigidos, que por hoy en ninguna parte han podido producir algo que realmente encamine al partido a ser un factor esencial de la transformación de la sociedad. Ya sé que no se puede funcionar sin una cabeza, sin una instancia organizativa y directriz. No obstante una de las caracterí­sticas que han tenido estas instancias ha sido su auto-reproducción y su tendencia a permanecer, a durar. Se trata pues de practicar rotaciones en todos los niveles organizativos. Para poder plasmar esto en la realidad del partido es necesario abolir las viejas costumbres del compartimiento, que en realidad fue una enfermedad que privó a muchos militantes de conocimientos de los objetivos su propio accionar. Hubo ocultación de información y un secretismo que serví­a más para darle al dirigente una supuesta superioridad, que la mayor parte de las veces era fingida, falsa.

En estos momentos no podemos sin el instrumento (el partido), sin tener un real esbozo de su funcionamiento, de su verdadero pensamiento, detenernos a señalamientos estratégicos, no obstante partiendo de la realidad actual, de la situación polí­tica del momento, podemos desde ya de manera definitiva descartar llegar al poder por la ví­a armada. Pero esta famosa ví­a armada no se opone a la ví­a electoral, sino que de alguna manera a la ví­a polí­tica. Las elecciones entran en el terreno polí­tico, no hay ninguna duda en esto, pero la polí­tica no se reduce a la participación en las elecciones. Para no alargar trataré este tema en la próxima entrega.

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Carlos Ábrego
Columnista Contrapunto
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