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viernes, 19 junio 2026

No hay gloria usando el hambre como arma

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Por Alonso Rosales

No hay gloria para nadie cuando un gobernante, un imperio o un líder decide que la manera más “efectiva” de derrotar a un pueblo no es mediante el debate, la diplomacia o la confrontación directa, sino mediante la estrategia más cruel y cobarde que existe: matarlo lentamente por hambre.

Porque el hambre no es solo una carencia material. El hambre es una condena progresiva. Es una tortura silenciosa que no distingue entre soldados y niños, entre culpables e inocentes, entre ideologías y necesidades humanas básicas. Es un arma diseñada no para vencer, sino para quebrar la dignidad.

La historia ha sido testigo de esta atrocidad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Hitler ordenó el sitio de Leningrado, la perla del Báltico, con el objetivo de rendir a la ciudad no por la fuerza inmediata de las balas, sino por la desesperación del hambre. Un millón de rusos murió en ese asedio. Un millón de vidas apagadas por una estrategia inhumana, por una política de exterminio disfrazada de táctica militar. Sin embargo, Leningrado no cayó. Resistió. Y al final, los nazis fueron derrotados por el pueblo soviético, que pagó un precio inmenso por mantenerse firme.

Y ahí está la gran lección que los opresores nunca aprenden: el hambre puede matar cuerpos, pero no siempre logra matar la voluntad.

Hoy, el mundo observa cómo esa misma lógica vuelve a repetirse.

En Gaza, recientemente, se ha aplicado un método similar: usar el hambre como arma. Privar de alimentos, de agua, de medicinas, de electricidad. Convertir el sufrimiento civil en un instrumento político. Y el resultado es tan predecible como indignante: mueren familias enteras, mueren niños, muere el futuro. Se castiga a todo un pueblo bajo la excusa de una causa, cuando en realidad lo que se impone es una forma de violencia colectiva que jamás debería justificarse.

Pero el horror no se limita a zonas de guerra.

Ahora, Donald Trump sitia a Cuba, castigándola con la falta de energía y con un bloqueo que no solo asfixia al Estado, sino que golpea directamente a la gente común. A los ancianos, a las madres, a los trabajadores, a los jóvenes. La falta de energía no es un simple problema técnico: es una cadena. Es hambre, es desesperación, es colapso social. Y el objetivo es evidente: empujar a Cuba hacia el caos económico para provocar un cambio de régimen desde la miseria.

Pero no hay gloria en eso.

No hay heroicidad en vencer a un pueblo debilitándolo, en destruir su economía, en sabotear su vida cotidiana hasta convertir su existencia en supervivencia. Eso no es liderazgo, ni valentía, ni triunfo. Eso es miseria moral.

Porque quien necesita matar por hambre demuestra que no tiene argumentos, que no tiene humanidad y que no tiene grandeza. Solo tiene poder, y lo utiliza de la manera más ruin: atacando donde el ser humano es más vulnerable.

Por eso es loable la postura de México cuando intenta decir lo que es correcto. Cuando se atreve a recordar que ningún país tiene derecho a decidir desde afuera cómo debe vivir otro pueblo. Que ningún gobierno extranjero debe tener la autoridad de imponer hambre como herramienta política. Que ninguna nación debe ser empujada a la desesperación como método de dominación.

Cada pueblo tiene derecho a determinar, entre sus ciudadanos, qué régimen lo va a gobernar.

Esa es la base de la soberanía. Esa es la raíz de la autodeterminación. Y esa debería ser una regla inviolable en el orden internacional, no un discurso decorativo que se respeta solo cuando conviene.

Porque si se permite que el hambre sea una estrategia legítima, entonces se abre la puerta al peor tipo de guerra: una guerra contra los civiles, contra los inocentes, contra la vida misma.

Y aunque algunos intenten vender estas políticas como “presión”, “medidas necesarias” o “estrategias de seguridad”, la verdad es más simple y más cruda: es crueldad.

El hambre no debe ser nunca una herramienta de gobierno ni una táctica geopolítica. No debe ser un castigo colectivo ni un mecanismo para someter sociedades enteras. No hay victoria moral en un plato vacío. No hay triunfo en un apagón prolongado. No hay justicia en la desesperación.

Quien busca doblegar a un pueblo por hambre no está construyendo un mundo mejor, está destruyendo su propia dignidad.

Porque al final, la historia no honra al que asfixia, sino al que resiste.

Y cuando un pueblo sobrevive al hambre impuesta, cuando se levanta después de la oscuridad, cuando conserva su identidad y su derecho a existir, la vergüenza no queda sobre la víctima, sino sobre quien intentó convertir el sufrimiento humano en un trofeo político.

No hay gloria usando el hambre como arma.
Solo queda la miseria del que la usa y la memoria eterna de los que la soportan.

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