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martes, 27 de julio del 2021

Navidad en San Miguel

Todos los viejos siempre decimos que los nuestros fueron los mejores tiempos para vivir. Pero claro, si le preguntamos a un milenials  y a otros no tan jóvenes, nos van a decir que ni se imaginan como se podría vivir sin la TV. Sin SKY net, para ver los partidos del Barcelona y el Real Madrid; o sin Netflix para poder ver las series maratónicas. Sin el Play Station. Pero sobre todo, sin el teléfono celular ”inteligente”, que ahora se ha vuelto totalmente necesario para los ejecutivos y milenials, para comunicarse con sus amigos y familiares, para tomar y tomarse fotografías. O sin internet para hacer las tareas escolares o para investigar sobre cualquier temática. Personalmente, espero que los seres  humanos avancemos siempre hacia escalones superiores de vida en todos los sentidos usando la tecnología, pero también, en la humanidad en cada uno de nosotros. En mi libro “Memorias de un Guerrillero”, rememoro las navidades que viví de niño, en la ciudad de San Miguel a finales de la década de 1950 y principios de 1960. “El mejor tiempo empezaba desde la vacación  escolar, pero el mes de diciembre era siempre el mas colorido y esperado de todo el año, pues desde que estaba muy pequeño, recuerdo que mis padres siempre me compraban un juguete, y a la medianoche cuando ya me había dormido, lo colocaban en mi cama o debajo del árbol de navidad, como “el regalo del niño Dios”, todos los 24 de diciembre de cada año.

Desde los primeros días del mes de diciembre, mi madre desempacaba los muñecos de barro, para armar el nacimiento en una mesa o en un rincón de la casa; el pesebre era fabricado de madera y zacate por mi padre; materiales que juntos íbamos a buscar con él al monte. El árbol de navidad, o bien era una mata de algodón o una rama de árbol de Salamo, engalanada con una guía de foquitos, pelotitas y gallardetes de papel de diferentes colores.”

Pero la alegría de la navidad no se reducía al regalo de la Nochebuena. También celebrábamos las pastorelas, en las que las niñas y las señoras iban cantando y pidiendo posada para San José, la virgen María y el niño Jesús. Nosotros los niños, disfrutábamos de la ocasión para poder caminar junto las niñas en medio de la magia de las noches de luna que iluminaban las calles polvosas del Barrio Concepción y del cantón El Jute, en donde crecí. En nuestro rancho, para navidad siempre comíamos tamales y  panes con gallina, que siempre, infaltablemente, hacia mi madre. Y algunas navidades era pavo. ¡Ah! Y la pólvora, los infaltables cuetillos, los triquitraques y morteritos que nos alegraban la noche; sin faltar uno que otro susto, cuando un morterito de mecha corta nos reventaba en la mano y nos dejaba los dedos dormidos y morados. Cuando crecí, acompañaba a mi padre a la “misa del gallo” a medianoche en la Catedral de San Miguel, celebrada por el padre Romero.

Yo espero que la tradición de cenar en familia y el recordatorio del nacimiento de Jesús para los cristianos en la noche del 24 de diciembre, se mantenga en nuestros hogares por muchos siglos más. Eso, independientemente de si Jesús nació en Belén en un pesebre, rodeado por pastores, la mula y el buey, o no.

Ahora, con mi esposa, hijos y nietos, al igual que en la gran mayoría de hogares salvadoreños, mantenemos la tradición de la cena con el pavo navideño. Aunque poco a poco, se va superando la peligrosa tradición de reventar pólvora. Y lamentablemente, también las otras lindas tradiciones de las pastorelas antes del 24 y del juguete que nos dejaba el niño Dios después de la medianoche.

¡Feliz Navidad y Prospero Año Nuevo!

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