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sábado, 25 de septiembre del 2021

Nadie está libre: más denuncias sobre drama de inmigrantes en Uruguay

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El drama de los inmigrantes no es un padecimiento de la frontera Centroamericana con México y Estados Unidos. Tampoco de los africanos que se desesperan por radicarse en Europa. También en el sur de América Latina pasan esas cosas. Y hasta en Uruguay, aunque muchos tengan la imagen de que es un país generoso y hospitalario.

Dos uruguayos que viven en la ciudad de Rivera, a unos 500 kilómetros al norte de Montevideo y con frontera terrestre con Brasil fueron detenidos en esa ciudad por explotar a inmigrantes, en este caso, cubanos y venezolanos, entre ellos, una niña de dos años.

De acuerdo a los informes que han circulado en los medios locales, la pareja de uruguayos se hacía pasar como representantes de una Organización No Gubernamental (ONG) y prometía a los inmigrantes alojamiento y comida gratis, durante un mes.

Sin embargo, por una denuncia, la policía realizó un allanamiento en una vivienda de la zona y descubrió que los extranjeros vivían en condiciones semiesclavas, encerrados en habitaciones con candado y sin acceso siquiera al refrigerador, para proveerse de alimentos.

Esto no es nuevo, aunque pueda sorprender a algunas personas. En los últimos años han llegado a Uruguay miles de venezolanos, cubanos y dominicanos, básicamente, aunque también muchos africanos, provenientes de Congo, Senegal y otros países.

A muchos de ellos se les puede ver en las calles de las ciudades vendiendo baratijas o trabajando como agentes de seguridad en empresas privadas que brindan esos servicios, principalmente a las grandes superficies comerciales.

Algunas mujeres han sido rescatadas de organizaciones de Trata de Personas que las habían insertado  en redes de prostitución en el país, aunque también es cierto que algunas personas tuvieron mejor suerte y se insertaron en el mercado laboral formal, sin mayores complicaciones.

En los medios de prensa los propios afectados suelen contar sus peripecias. Los inmigrantes latinoamericanos, por ejemplo, han dicho que salen de sus países con promesas de un futuro mejor pero se ven enfrentados a redes de traficantes que los “pasean” por Sudamérica, en buses, lanchas o botes hasta que llegan a Uruguay.

La travesía es una aventura riesgosa porque muchas veces temen por sus vidas, y una vez en el pequeño país sudamericano se encuentran con una realidad muy diferente a la que les contaron.

Así deambulan por ciudades y pueblos de Uruguay, sometidos a las condiciones que imponen sus anfitriones o, en el mejor de los casos, librados a su suerte, sin saber dónde ir ni  cómo hacerse de un trabajo decente que les permita sobrevivir.

En Octubre del 2020, la Jefa de Misión de la Organización Internacional para las

Migraciones en Uruguay (OIM), Tanja Pacífico, informó en el Congreso uruguayo que “durante los últimos años (Uruguay) ha venido siendo un país de destino de tres categorías principales de nacionalidades: la venezolana, la cubana y la dominicana; a estas se suman casi sesenta nacionalidades más”.

“Para Uruguay, que tiene noventa y cuatro mil migrantes, tener sesenta nacionalidades es muchísimo, nacionalidades que obviamente son muy distintas, como la comunidad senegalesa que vemos en la frontera, en el departamento de Rocha, y casos de personas provenientes de Bangladesh, de Asia”.

“Realmente, la representación de los países del mundo en la migración que recibe Uruguay es muy diversa. Sin embargo, es también un reflejo de la migración que hay en Argentina y en Brasil. Muchas veces estas personas transitaron antes por Argentina y Brasil y, luego, llegan a Uruguay”, indicó Tanja Pacífico.

La representante de la OIM denunció que “la criminalidad organizada que está detrás del fenómeno de tráfico, trata y explotación sigue, y lo hace adaptándose al contexto de la pandemia”.

Explicó también que “lamentablemente, en operaciones de trata y de tráfico transfronterizo la persona es como cualquier otro producto, como por ejemplo armas, drogas, o cualquier otra cosa”.

“Entonces, tal como estamos viendo que el contrabando sigue en la zona fronteriza, al mismo nivel continúa el tráfico de personas. Además, con el aislamiento -que quizás a veces produce un desvío de la atención de las autoridades, porque estamos en el medio de una pandemia-, estos fenómenos son aún más difíciles de detectar. Por lo tanto, sigue siendo muy importante fortalecer todo lo que es investigación e inspección, también a nivel laboral, porque sabemos que la explotación no se da solo en el trabajo sexual; quizás allí se reconoce fácilmente, pero hay muchos casos de explotación laboral -como por ejemplo en una chacra en el interior- que se detectan más difícilmente, y eso no quiere decir que no existan”.

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Carlos Castillos
Corresponsal en Uruguay y Paraguay
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