Monseñor Romero en teatro La Galera: “Después, otra vez la noche”

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Galera Teatro escenifica el magnicidio y el drama humano de la muerte de San Oscar Arnulfo Romero. Reporta Tania Primavera.

Tania Primavera


Entro a escena con Alice. En las butacas de La Galera Teatro ya quedan solo nuestros puestos, adelante en primera fila como prefiero, hay silencio, zapatos en el suelo, paraguas, butacas, velas apagadas, mantas,  altar al fondo, dos hombres, que son dos actores.  Es el atardecer del dos de octubre de 2022.

En la escenografía, un balde de hojalata rebalsa de agua que gotea y Omar Renderos toma la sombrilla y se coloca debajo,  toma la cruz de madera rústica, lleva como un collar un retrato enmarcado pequeño de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, toma una silla forrada con decenas de fotos.  René Lovo con los ojos vendados, con una venda color negro, toma una carretilla  que tiene al frente un escudo de El Salvador, una foto de un militar que no distingo, hay otras fotos con mas militares en retratos, otros rostros que no conozco, comienza a jalarla con una camisa vieja.

La gente observa en silencio. Es hora que comience la última función de la obra  Después, otra vez la noche”, que según se anuncia es una obra arquetípica sobre Monseñor Romero, y que han presentado durante dos meses, desde agosto de 2022, esta noche es la última función.

Empieza entonces a pintarse en vivo como una pintura cubista y surrealista en teatro salvadoreño, en el espacio alternativo La Galera.  Afuera me dieron un brochure descriptivo que empieza con la pregunta ¿Cuál es el origen de la maldad? Aquí no hubo alguien que nos explicara, porque todo iba surgiendo en un hecho real y ficción, donde se encuentran en la dimensión del tiempo dos personajes que protagonizan el hecho de muerte, más bien el magnicidio de un hombre como Monseñor Romero y el mercenario que perpetró el hecho, aquella noche del 24 de marzo de 1980, en la capilla Divina Providencia de la colonia Miramonte de la capital de El Salvador.

Aquí, se cuestiona, aquí se invoca, aquí las voces retumban, más bien las de ellos, pero en varias ocasiones la voz grabada del hoy Santo, San Romero. Prosiguen ante espectadores que observan, ojos bien abiertos, otros con la respiración cortada, o un suspiro. Es abstracto, pero es un diálogo que describe aquella muerte designada por la intolerancia. Atraviesan el escenario una y otra vez, los zapatos ruedan y los tiran, toman el megáfono, colocan la sotana, encienden las velas. Gritos y llanto. 

Balazos se escuchan. Estruendo. Viene el recuerdo de esa noche sin retorno.

Hay una combinación de la música sacra, de aquellas procesiones que llevan aquella melodía lúgubre triste, meditativa. Entre tanto. Quien interpreta a Monseñor, se coloca una corona de alambre, se la quita después, se la coloca de nuevo en otras escenas, habla con su verdugo, tienen un diálogo donde ese verdugo esquiva y también acepta una culpa de por vida, una culpa que no solo es de él.

Un tango suena. Las fotos familiares en blanco y negro y a color de Monseñor. Recuerdos traídos al escenario.

Los zapatos en alfombra recuerdan el 30 de marzo, domingo de ramos en funeral,  aquella misa que no terminó tampoco,  así como cuando no terminó su misa el día de su muerte, Monseñor, el 24 de marzo. Dos días clave son en esta teatral obra, única en San Salvador, la que lleva el guión interpretado por estos actores.

Enciende las velas, saca de la caja los recuerdos, las fotos familiares, cuelga la sotana blanca. Suena otra canción sacra. Suena otra de Agustín Lara y mientras baila con la caja de los recuerdos se oye esa antigua canción  Noche de  Ronda:

Luna que se quiebra
sobre la tiniebla de mi soledad
¿a dónde vas?...

Es un collage, familia, trabajo, virtudes, todo es conjugado por la vida y afán de Monseñor. Es que para el arte no hay fronteras ni cosas cuadradas, ni límites. La idea es resaltar algo que muchos pudieron decir o creer “Aquí no ha ocurrido nada extraordinario”, repitió el actor. Nada, como que no fuera nada esa matanza, esa muerte, asesinato impune a Monseñor Romero  en un altar dando misa. Aquí como que no ha pasado nada. Como que aquel 30 de marzo de 1980, cuando se dispersaron por las balas y el terror, los miles de asistentes a su funeral, fueran poco. Como si aquella violencia fuera lo normal, lo justo, lo lógico, como si debían morir asfixiados, como si tantos zapatos que quedaron huérfanos fueran lo natural, como si tenía que pasar o se lo merecían.

Una bala es mostrada.

Entre los diálogos, también se incluyen escenas donde solo se escucha la voz del mártir, la voz tranquila de Monseñor, en varias intervenciones, parte de archivos históricos que quizás él intuyó que quedarían para la historia. En ese devenir de estos dos personajes, Omar Renderos personificando a Monseñor vivo y muerto, y René Lovo personificando al matador al perpetrador que habla con ese Monseñor ya muerto, se convierte en un diálogo extraordinario, de qué pudo pasar, de cómo la guerra venía más intensa, de cómo convenía para unos una guerra y un mito, crearse de él un mito. La conciencia persigue al perpetrador, pero no solo fue él, hay otros que dieron la orden, otros si no es que solo uno.

“No soy el asesino, soy René, un actor y un sujeto contracultural…”

“No soy Romero, soy Omar, un actor impuro, un animal del teatro…”

Decían entre sus casi finales diálogos. Pero de repente, toman una biblia grande y gruesa forrada con plástico. La tira al suelo, entre los zapatos que recogen y tiran de nuevo con pala en mano. Que luego coloca en la carretilla. Mientras que de nuevo el otro actor que encarna a Monseñor se coloca la corona, comienzan ambos a caminar en procesión uno tras otro, sonando la música sacra. Llegan a un punto, abren una compuerta en el suelo con polvo, rosarios y otros objetos, y toman la biblia del suelo y la lanzan al entierro. 

Antes de terminar. Todo queda a oscuras, solo las velas y el altar en el escenario.

De nuevo comienza el audio con la voz de Monseñor Romero, contando su cotidianidad de sus días, hablando de la pascua, y de cómo una persona había tenido un atentado, hablando de una invitación a comer que no asistió, habló de la vigilancia y el malestar de su presencia a ciertos lugares,  habló de lo que hizo después de misa donde fue a ver a otra persona que fue víctima de un atentado contra su vida donde dice “gracias a Dios el doctor solo sacó un balazo en la pierna y se está recuperando con bastantes probabilidades de que estará muy bien, sé que este atentado fue inspirado por maniobras del mismo gobierno”.

Silencio total.

¿Ha terminado? Pensé. Hay silencio. La gente comienza a salir. No hay aplausos, por dentro los doy. Ha terminado, pensé en voz baja. Sale la gente, espero un poco más. Ha terminado la última función. 

Hay una llovizna afuera.

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Tania Primavera
Tania Primavera
Promotora cultural, museóloga, escritora y periodista salvadoreña. Colaboradora en temas de Artes y Columnista de ContraPunto
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