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domingo, 25 de julio del 2021

Marchamos juntas

#NiUnaMenos #SiTocanAunaRespondemosTodas #CaminamosSinMiedo #LaIncómoda #SiempreIncorrecta

Hace unos dí­as las mujeres marchamos de noche. Muchas de nosotras marchamos desde que nos entró el germen del bien mayor. Un concepto que me da temor, pues me incomoda lo que pudiera justificar.

He descubierto, con mi propia vida y desde el feminismo, que ese “bien mayor”, no nos limita ni implica atentar contra nuestro derecho a ser y vivir dignamente. El patriarcado es una limitante, para hombres y mujeres, lo veo y lo vivo.

En esa marcha de noche, gracias a una de mis amigas jóvenes que marchaba por primera vez, recordé cuando yo lo hice en la marcha blanca del 2002. Rosaí­da me llevó y se reí­a porque decí­a que iba como a un desfile de modas. Llevaba una boina negra, zapatos negros, jeans y camisa negra. Me sentí­ fuera de lugar, cómoda conmigo pero sin más conexión que con Rosaí­da. Entre todo el bloque me sentí­ asilada, extraña, querí­a encontrar caras conocidas y no encontraba; veí­a a toda la gente preocupada, pero al mismo tiempo conectada. Yo no. Eso me recordó mi amiga.

Ese dí­a, en la noche, marchábamos juntas, siempre marchamos juntas.

Desde siempre sé que en cada marcha del movimiento de mujeres hay temas de visibilidad, de campaña, de posición en la marcha, de sonido y demás logí­sticas que generan escozor. Pero esa consigna de “Si tocan a una, respondemos todas” es una verdad incuestionable para mí­.

En mi experiencia, no importa si hemos tenido diferencias laborales, éticas, amorosas, ideológicas o sensibles. Siempre he tenido claro que toda aquella mujer que se ha nombrado feminista, responderá por mí­ y por todas en alguna situación de agresión, violencia o vulneración de derechos. Ninguna dejará que me aplaste el sistema machista y aunque no estemos de acuerdo en nada, somos feministas, si alguien me acuerpará será ese movimiento de mujeres que antes para mí­ era un abstracto, era algo inalcanzable e incomprensible. Pero siempre supe que ese “movimiento” habí­a hecho algo que nadie se atreví­a a hacer: a exigir que fuéramos consideradas ciudadanas, que lograron nuestro derecho a votar, que decidiéramos estudiar y hasta postularnos como candidatas a la presidencia aun sin poder votar.

El primer indicio claro que tuve sobre el bien mayor del cual querí­a ser parte siempre, fue cuando nos tocó iniciar la campaña de comunicación para la Ley de Igualdad que no estaba todaví­a ni en papel. Cuando logré vivenciar el proceso de negociación a lo interno del movimiento donde todas las perspectivas polí­ticas podí­an haber sido la razón para que esa ley no existiera jamás, me di cuenta que el bien mayor existí­a y no por encima de nadie, sino en beneficio de todas. La voz de ese movimiento era y es potente, pero es coherente con el marchar juntas y no dejar a las otras atrás.

En las marchas quizás no recibamos con abrazos calurosos y regalos de bienvenida, pero en lo que realmente importa no dejamos a nadie atrás. Lo vi cuando todas esas mujeres con historias fuertes, pioneras de todo, con todas las edades y fundadoras de todo lo transgresor en este paí­s, decidieron tomar acuerdos, no consenso, tampoco digo que lograron ponerse de acuerdo. No, tomaron acuerdos para sostener una propuesta de ley que no tuviera temas que inmediatamente cerrarí­an la puerta de esa iniciativa. Y lo hicieron porque el beneficio mayor serí­a para las mujeres con menos privilegios, no solo el de las que ahora, como movimiento tienen voz, sino todas aquellas mujeres que eran expulsadas del centro escolar por estar embarazadas. Lo hicieron por aquellas que hemos vivido la inconcebible pero cotidiana experiencia de trabajar igual, tener igual experiencia y, a veces, mejor desempeño pero ganar menos que tu compañero de trabajo por ser hombre.

Antes de esto, ya se habí­an ganado otras luchas como una ley contra la violencia intrafamiliar y la Ley especial integral para una vida libre de violencia para las mujeres. De esas experiencias solo soy beneficiaria directa. De la Ley de Igualdad, Equidad y Erradicación de la Discriminación contra las Mujeres, soy beneficiaria pero también pude ser protagonista de ese proceso desde mi profesión de comunicadora con asesorí­a técnica y aportar como feminista independiente y voluntaria en la incidencia polí­tica para su aprobación.

Querer que todas podamos caminar sin ser acosada en las calles, creer en las otras cuando denuncian violaciones o agresiones, poder pronunciarme públicamente a favor del aborto por la salud y vida de las mujeres, escuchar a una niña que, acompañada por su mamá, quiere escribir su propio rótulo con alto al acoso, al machismo o a la muerte de más mujeres es para mí­ la sororidad. Ser feminista es marchar juntas, resistir y responder por todas.

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