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viernes, 24 de septiembre del 2021

Llévate los sueños, déjame los recuerdos: Chary Gumeta y la poética del compromiso

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Texto Juana M. Ramos y foto de Fabián Aguilar Vásquez

Conocí a Chary Gumeta gracias al Festival Internacional de Poesía San Cristóbal de las Casa, festival que organiza y timonea y al que, después de dos intentos fallidos, por razones laborales, finalmente asistí en 2018. Es así como entro en contacto, no solamente con el enorme trabajo de gestión cultural que hace en Chiapas, sino también con el trabajo de visibilización que lleva a cabo respecto de la escritura de mujeres. Prueba de ello es el fanzine Yomoram Jayatzame, que promueve la literatura hecha por mujeres y que se distribuye a lo largo y ancho de Latinoamérica y España. Chary es una mujer que tiene puesta su fe en la poesía, en la literatura, en llegar a los jóvenes, sensibilizarlos a través de la palabra poética para producir mejores seres humanos. Paralelamente a su gestión cultural, está la amplia carrera en el rubro de la educación. A Chary le preocupó siempre el conocimiento de la historia entre los jóvenes, no olvidemos que es autora del libro Chiapas, síntesis histórica, publicado en 1984. Esta preocupación halla espacio en su poética, en la que se articulan discursos (realidades poetizadas) que derivan de hechos comprobables. Hay una poetización de la “historia cotidiana” de esas subjetividades que pululan en los márgenes, de aquello que la sociedad patriarcal, capitalista, heteronormativa, blanca y cristiana considera “alteridad”.

Siempre he pensado que la poética de Chary, esa del compromiso, es una poética vívida y vivida. Es vívida por su fuerza y claridad, por su autenticidad; es vivida porque Chary no nos cuenta lo que le han contado o lo que ha leído sobre las personas que migran o sobre los lugares que estos transitan, sino porque se ha puesto en los zapatos de los migrantes. Sabemos muy bien que ha cruzado la frontera sur, el río Suchiate, incluso como indocumentada, ha convivido con los migrantes en los lugares que los congrega, como es la “Casa del Migrante”, del padre Barelli, en Tecún Umán.  Chary nos muestra, a través de las historias de los migrantes centroamericanos, la historia cotidiana de esos seres que se ven obligados, por diversas razones (violencia social, violencia económica, violencia de género, transfobias, homofobias, lesbofobias, etc.) a abandonar sus países. Hay algo en particular que quiero destacar en su poética testimonial, y es que en su discurso logra mostrarnos las diferentes aristas de esos seres humanos que las políticas migratorias han reducido a la categoría de “migrantes”. Chary los humaniza, les devuelve sus historias tan heterogéneas como sus vidas mismas. Guillermo Acuña argumenta que “[l]a despersonalización de las personas incorporadas en la movilidad regional inicia desde sus contextos de origen, continúa en el tránsito y se sufre en el destino” (35). Así, dicha “despersonalización” hace que estos grupos humanos sean vistos como grupos monolíticos en los que las diversas subjetividades o se funden en una sola o se pierden en el montón. De este drama también da cuenta el yo poético, cuando nos dice, en el tan revelador poema “Mi nombre es nadie”: “Ahora mi nombre es Nadie. /Me pierdo entre los miles / de habitantes de esta urbe” (vv. 11-13). El encabalgamiento (que inicia en el segundo verso y termina en el tercero) ilustra sintácticamente la caída no solo en la anonimia sino en la total desaparición de esa subjetividad, que pasa a ser una mera tipificación de un grupo particular. Los migrantes centroamericanos desaparecen como sujetos-personas tanto en sus países de origen (razón de su éxodo, dado que son socialmente invisibles incluso para su Estado-nación) como al otro lado de la frontera. Acuña indica que es “imperativo asociar derechos con su ejercicio por parte de las personas y no los derivados de la relación entre territorio y comunidad” (34). Esto es, los derechos de los seres humanos no deben estar determinados por una cuestión limítrofe, estos son inherentes a las personas. Sin embargo, el migrante está condenado a sufrir todos los despojos: “No somos nadie. / Todo se pierde al cruzar la frontera. / Nos convertimos en la estadística ilegal de ese país: seguimos” (“Frontera”, vv. 12-14). La idea de la “despersonalización” reaparece en los versos citados, como podemos ver, en la reiteración de convertirse en “nadie”. Ahora bien, Chary construye en su poética un contradiscurso en el que se da una humanización de los migrantes, que nos muestra las particularidades de estos sujetos en constante tensión con la geografía ajena por la que se desplazan. Cada poema es una historia que le devuelve a cada uno de ellos su identidad, como bien podemos ver en Llévate los sueños, déjame los recuerdos.

En este cuaderno poético, la voz lírica ha borrado la distancia entre la realidad que poetiza y su propia realidad, ha entrado en contacto directo con cada una de las subjetividades que narra. En el poema “Mujer migrante” nos habla de las vejaciones a las que están expuestas y sujetas las mujeres migrantes, pero lo hace desde la historia particular de Heidy: “Heidy fue sometida como un animal. / El fierro candente de la violación / marcó su alma para siempre” (vv. 4-6). Como Heidy, hay tantas otras mujeres que llevan la misma marca. Así, su poética toma como punto de inicio el testimonio o relato de una historia individual que les devuelve a las personas migrantes sus historias de vida, sus identidades, sus señas personales, sus dolores y tragedias particulares, su unicidad; pero a la vez, trasciende su individualidad, es una historia que se universaliza, se colectiviza. Es precisamente esto lo que hace en “Drimers”, la voz poética nos habla de Daniel, de la esperanza de llegar a esa “tierra prometida”, de sus “amores fugaces”, del amigo que tiene en “Malacatán”, de su viaje en Tica Bus, etc., y de los infortunios a los que se expone para darle a su niño la posibilidad de una vida menos indigna de la que huyen, o la de perder su inocencia en el trayecto: “La travesía apenas empieza. / Llegarán hasta donde el niño pierda la inocencia / o él…la conciencia” (vv. 31-33). En este último verso se insinúa una gramática de la fatalidad, dado que en la reticencia se plantean, al omitirlas, todo tipo de eventualidades nada optimistas. Esta historia particular de Daniel es también la de otros migrantes, con sus propias marcas y singularidades.

Otro punto para destacar es la fiel articulación del código lingüístico de las experiencias de las personas migrantes. La voz poética no interviene aquello que le cuentan o que escucha, no lo reacomoda, no lo maquilla. Por lo contrario, hay un intento, bien logrado, de no mimetizar los enunciados, sino de darle paso, en un estilo directo, a la voz de quienes por su condición de vulnerabilidad o alteridad no pueden pronunciarse. Este aspecto se debe a la estructura narrativa de los poemas, estructura que se fundamenta en una forma enunciativa testimonial. Uno de los varios ejemplos que encontramos en este cuaderno poético se da claramente en el poema “Catracha”, en el que la voz de Ana María, la migrante hondureña que ha tenido que huir de las pandillas con su hijo de cinco años “se pronuncia”, interviene el texto y en el texto poético. Su voz se hace presente en los versos en cursiva. La voz poética se limita a describir física y anímicamente a Ana María, a proveer datos que contextualizan su vida en la frontera, es decir, todo aquello que puede observar (focalización externa). Pero su tragedia personal, las vejaciones, el “pathos” solo pueden articularse en la voz de Ana María, porque solo ella conoce las vicisitudes de ser mujer catracha en la frontera, porque solo ella está autorizada a contar su historia: “Las señoras no quieren que nosotras seamos sus sirvientas / por temor a que le quitemos al marido. Ese trabajo / solo se lo dan a las chapinas… / Ser mujer catracha aquí no es fácil. / Somos abusadas por todos” (vv. 19-21; vv. 29-30). En el poema que da inicio con el verso “Su trabajo como fichera”, se repite este ejercicio discursivo. La cursiva reproduce la voz de la “fichera”, que confiesa algo que solo ella puede saber: “Nunca había tomado una copa. Tuve que aprender / para ganar dinero y complacer a los clientes; / a veces ellos toman tanto que tengo que aplicar maña / para no terminar ahogada de borracha” (vv. 3-6). Asimismo, el otro del Otro, Héctor, del poema homónimo, nos cuenta cómo “Ser marica en cualquier parte / de Centroamérica es traer en la frente / la marca de la muerte; / es probable ser asesinado salvajemente” (vv. 1-4). La voz poética se hace a un lado para dar paso a estas subjetividades marginales y marginadas para que cuenten su experiencia fronteriza sin intermediarios, para que le hablen al lector directamente. Cabe notar que la letra cursiva también se conoce como “letra manuscrita”, es, por tanto, el testimonio de puño y letra de estas mujeres y hombres que, si bien su destino final era el “norte”, se vieron obligados a quedarse en la frontera. De esta forma, la voz poética de Chary Gumeta no se apropia de esas historias trágicas, sino que sirve de canal por el que transitan o hallan salida las voces de las personas migrantes.  

El espacio textual que Chary Gumeta construye con su poética es el único lugar en el que los migrantes pueden rescatar sus historias e identidades. Es en el poema en el que pueden ejercer una suerte de libertad porque al contar sus historias de vida hacen acto de presencia.

Trabajos consultados

-Acuña, Guillermo. Déjennos pasar. Migraciones y trashumancias en Centroamérica. Amargord Ediciones, 2019.

-Gumeta, Chary. Llévate los sueños, déjame los recuerdos. CONECULTA, 2020.

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Juana M. Ramos
Escritora salvadoreña, del York College of The City University of New York; colaboradora y columnista de ContraPunto
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