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domingo, 7 junio 2026

Las Naciones Unidas son cómplices al no cumplir con su roll

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Por Alonso Rosales, analista internacional

 La ONU en su papel de defensores de la paz y de imponer el derecho internacional sobre los caprichos de presidentes como Estados Unidos y el primer ministro Netanyahu de Israel

En un mundo marcado por conflictos persistentes y crisis humanitarias de gran magnitud, el papel de las Naciones Unidas como garante de la paz y del derecho internacional se encuentra cada vez más cuestionado. Lejos de actuar con firmeza frente a las violaciones sistemáticas de derechos humanos, diversos analistas internacionales y defensores de la paz denuncian una preocupante pasividad del organismo, que parece observar desde la distancia mientras se desarrollan tragedias en distintas regiones del planeta.

Las acusaciones son graves: se señala que las principales potencias, particularmente Estados Unidos, junto con el gobierno israelí encabezado por su primer ministro, han impulsado acciones militares en territorios como Palestina, Irán, Siria y el Líbano, con consecuencias devastadoras para la población civil. Las imágenes de niños, mujeres y familias enteras afectadas por bombardeos, bloqueos y crisis humanitarias han generado indignación global, mientras crece la percepción de que la comunidad internacional no actúa con la contundencia necesaria.

En este contexto, la ONU ha sido objeto de fuertes críticas por lo que muchos consideran un silencio cómplice. “La ONU no dice nada, la ONU mira para otro lado”, repiten voces desde distintos sectores, señalando que el organismo ha fallado en su misión fundamental de proteger la paz y hacer respetar el derecho internacional. Para algunos analistas de América Latina, particularmente en países como Cuba y Brasil, esta inacción responde a una subordinación a los intereses del poder estadounidense, lo que debilita aún más la credibilidad de la institución.

Uno de los episodios que ha alimentado estas críticas es la salida de una destacada defensora de derechos humanos que trabajaba en Palestina, cuya postura crítica frente a las acciones del gobierno israelí habría generado presiones que culminaron en su destitución. Este hecho ha sido interpretado por sectores críticos como una muestra de la influencia de poderosos lobbies en decisiones clave dentro del sistema internacional.

A su vez, las políticas de sanciones y bloqueos económicos también han sido objeto de denuncia. En el caso de Cuba, múltiples voces han señalado que las restricciones impuestas por Estados Unidos no solo afectan al gobierno, sino que tienen un impacto directo en la población, limitando el acceso a recursos básicos como alimentos, energía y medicamentos. Para muchos, estas medidas constituyen una forma de castigo colectivo que agrava las condiciones de vida de millones de personas.

Mientras tanto, la reacción de otros organismos internacionales también ha sido cuestionada. La Unión Europea y la Organización de Estados Americanos han sido señaladas por su falta de pronunciamiento firme en situaciones críticas, lo que refuerza la percepción de un sistema internacional fragmentado y condicionado por intereses políticos.

No obstante, algunas voces han decidido romper el silencio. Líderes y gobiernos de países como México, junto con organismos regionales y figuras políticas latinoamericanas, han manifestado su preocupación por estas situaciones, defendiendo el respeto al derecho internacional y la necesidad de una acción más decidida en favor de la paz.

El escenario global actual plantea preguntas urgentes: ¿hasta cuándo la comunidad internacional permitirá estas dinámicas? ¿Cuál es el verdadero alcance del poder de las Naciones Unidas si no puede —o no quiere— intervenir de manera efectiva en conflictos que afectan a millones?

La credibilidad del sistema internacional está en juego. La ONU, como símbolo de cooperación global, enfrenta uno de los mayores desafíos de su historia: demostrar que puede actuar con independencia, justicia y firmeza frente a cualquier violación de derechos humanos, sin importar el poder de los actores involucrados.

De lo contrario, el riesgo es claro: que el orden internacional continúe debilitándose, dejando a su paso un mundo cada vez más marcado por la desigualdad, la impunidad y el sufrimiento de los más vulnerables.

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