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sábado, 08 de mayo del 2021

La violencia, una herencia negada

A menudo se habla de la violencia como una consecuencia directa del conflicto armado. Sin embargo, analistas remarcan que su origen es otro y es más bien histórico.

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La violencia continúa robando la paz de salvadoreños a lo largo y ancho del paí­s. Las polí­ticas y estrategias gubernamentales parecen dejar desencanto y cuestionamientos a los analistas que responden con un examen  a  la historia, antesala de la coyuntura que se resume en cifras y cintas amarillas.

Sonia Rubio, miembro de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO),  resume lo que para nadie es un secreto: la sociedad salvadoreña se encuentra sumida en una espiral de violencia y desasosiego que hasta ahora ninguno de los Gobiernos de la era democrática ha sabido detener.

La académica señala que  ni las polí­ticas de “mano dura” o “súper mano dura” aplicadas durante 2003-04, ni los concejos de seguridad, ni las “treguas entre pandillas”,  ni las negociaciones “oscuras y secretas” han dado resultados.

Por el contrario, según Rubio,  no solo no se han reducido los í­ndices de violencia, sino que han aumentado. El fracaso de las “polí­ticas de seguridad ciudadana” contrasta con el incremento de las empresas de seguridad privada que están convirtiendo la seguridad en un producto del mercado y fragmentando más a la sociedad.

“La frase “˜es peor que en la guerra”™ pasó de ser trending topic a lo largo y ancho del paí­s. Pero lo inquietante es que, por primera vez, este reclamo era veraz”, señala Rubio en el artí­culo “El Salvador y su violencia”.

Lea más: El Salvador continúa siendo el más violento de Centroamérica

Por otro lado, la socióloga Gabriela Mena,  explica que desde el Estado salvadoreño parece haber una negación sobre la raí­z del fenómeno social que hoy enfrenta el paí­s y no se reconoce que en el posconflicto se dejó de lado la reparación del tejido social especí­ficamente a la desintegración familiar, falta de empleo, desatención a la educación entre otros.

De ahí­ que Mena señale que la violencia es una especie de “herencia negada”. “Buena parte de la población cree que la inseguridad que vive el paí­s data de hace 20 años, pero pocos hablan de la tradición en exclusión y violencia que ha caracterizado a este paí­s. Son años donde unos han pisoteado a otros cultivando innumerables problemáticas sociales”, señala.

La violencia que experimenta El Salvador, se atribuye en la mayorí­a de ocasiones al accionar de las pandillas, pero más allá de señalar, analistas remarcan la necesidad de conocer el origen de la problemática.

“Los pandilleros son el resultado de una acumulación de motivos internos y externos, coyunturales y estructurales, de un sistema polí­tico y socio-económico que los margino de sus beneficios y los excluyó socialmente. Por ello, es válido afirmar que el fenómeno delincuencial de las estructuras pandilleriles es sub-producto de lo que durante décadas dejo de hacerse y de lo que se hizo mal”, explica Salvador Menéndez Leal.

El especialista en victimologia y derechos humanos remarca que el accionar desde el Estado se ha concentrado casi exclusivamente en el combate a esas estructuras, dejando de lado otras fuentes de violencia en la sociedad salvadoreña como son  aquellas derivada de la narco-actividad y el crimen organizado y que ejercen control sobre negocios relacionados con  la venta de armas, explotación sexual comercial, tráfico de personas y otros delitos.

 Además sugiere  que  se debe de asumir con un sentido de retrospectiva histórica el tema de la violencia por su carácter de “construcción social” que se ha perfilado de manera gradual.

 “No es un fenómeno ni reciente ni espontaneo.  Por ello, se tiene que procesar apropiadamente las experiencias traumáticas del pasado, y puntualmente, los acontecimientos del conflicto armado,  porque al no hacerlo, se re-victimiza al conjunto de la sociedad”, señala.

Leal destaca que hay que encontrar la conexión en que las formas de operar actualmente y  aquellos aplicados históricamente, el resultado es que   la existencia de cementerios clandestinos, las ejecuciones sumarias, los feminicidios,  las tareas de limpieza social, la muerte por desmembramiento, la desaparición forzada o involuntaria de personas no han dejado de ser una realidad

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