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viernes, 24 de septiembre del 2021

La vida sigue igual; la muerte también

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Por Benjamín Cuéllar

Amaneció como siempre: con el canto claro y sonoro de los gallos alejando, de a poco, la borrosa y lejana imagen de una “esperanza” que ofrecieron nacería. El primero seguiría siendo escuchado por su madre, sus dos hijas y la madre de estas, pues ellas se quedaban; la segunda se iría aclarando y acercando para él, mientras más se alejaba de su realidad. Allá, en un caserío de un cantón perdido dentro del campo salvadoreño desfavorecido, había llegado la hora del adiós. No tenía más razones para seguir en la tierra que lo vio nacer, aparte de padecer y renegar entre la miseria y el desconsuelo desde el amanecer ‒despertado por aquellos‒ hasta caer la noche, cobijado con la angustia del diario sobrevivir. Ya no escuchaba los otros cantos, los “de sirena”, anunciando el “cambio” por venir; había, pues, que partir.

Años después, su familia no encontró nunca la forma de averiguar su paradero. Se fue y se esfumó; se lo tragó la tierra, desapareció. Años después, sin importar los otros “vendedores de humo” que siguieron prometiendo atacar las causas estructurales que lo motivan, de su poblado continuó y continúa el éxodo de hombres y mujeres, niños y niñas. No se trata de “migrar” o “emigrar”. A final de cuentas, ambos términos se refieren al cambio de residencia para estar mejor. Llámele como quiera, que siempre se escuchará “políticamente correcto”.

Pero si atendemos a lo dicho por Francisco, desde la dignidad humana entenderemos mejor el lenguaje y su problemático uso. “Es curioso ‒aseguró el pontífice‒ cómo en el mundo de las injusticias abundan los eufemismos. No se dicen las palabras con la contundencia y la realidad se busca en el eufemismo […] Ustedes busquen siempre; por ahí me equivoco en alguno, pero en general detrás de un eufemismo hay un delito”.

De eso se trata cuando la gente, hoy como antes, sale de Afganistán hacia donde sea; del llamado “triángulo norte centroamericano”, hasta donde pueda; de Nicaragua a Costa Rica y de Colombia a Panamá; de Venezuela a Colombia y al resto de América Latina… Pero, en realidad, de tales entornos fallidos no se migra o emigra; se huye. En el escenario chapín, catracho y guanaco el delito difícil de esconder por descomunal y denigrante para todos, menos para sus responsables, tiene relación directa con la muerte lenta y la muerte violenta que bicentenariamente impunes se han solazado en estas comarcas, paseándose en la existencia de sus mayorías populares; también se relaciona con la reunificación de familias, separadas antes por esas mismas causas.

Pero hay que recurrir al eufemismo para encubrir lo que ciertamente ocurre. La población que habita estos “infiernos” escapan buscando el “paraíso”, sin advertir o considerar como obstáculo lo que deba enfrentar a lo largo de su paso por el “purgatorio”: caer en manos del “narco” o de “autoridades” corruptas para ser víctima de secuestro extorsivo o asalto; quedar abandonada a su suerte por el “coyote”, perdida en medio de la nada; sufrir violencia sexual y trata; ser mutilada en cuerpo y alma, tras caer de “la bestia”…

Evangélicamente hablando, aunque muchas sean las “llamados” siempre serán pocas las “escogidos”. Así, pese a los dramáticos trances superados en el trayecto, aquellas personas que ingresan por fin al suelo estadounidense ‒la “tierra prometida”, el “edén”, el “nirvana”, el “olimpo”‒ no siempre terminan disfrutando las mieles del éxito.

Buena parte ‒entendida en su acepción original, inocente y aceptada oficialmente‒ de la mara proveniente de nuestros tres países que logra llegar se instala en la segunda o tercera categoría de quienes habitan Estados Unidos, que las hay, para terminar siendo “los mejores artesanos del mundo” según Roque; sus “eternos indocumentados”, sus “hácelotodo”, sus “véndelotodo”. Con suerte se emborrachan de orgullo, viendo a su “selecta” futbolera “jugar como nunca” y “perder como siempre” en aquellos estadios de “primer mundo”. Pero hasta ahí.

Eso sí, sobre el esfuerzo laborioso, sacrificado y tenaz de esa digna gente se sostiene en buena medida El Salvador. No se vale, pues, que los “merolicos” oficialistas presenten como éxito gubernamental lo que realmente es fracaso estatal. El incremento del monto remesado y recibido en medio de la pandemia, es reflejo del aumento de la población que huye del país. Lo dijimos hace once años tras la masacre en San Fernando, Tamaulipas: “Lo que promueve los actuales movimientos migratorios está ligado a la pobreza estructural, las desigualdades, la violencia y la inseguridad; también a la incapacidad de los Gobiernos para resolver esos graves problemas que afectan a nuestras sociedades”. Hoy, entonces, seguimos igual o peor.

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Benjamín Cuéllar
Salvadoreño, Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto
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