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miércoles, 3 junio 2026

La trampa moral del “otros están peor”

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Zarko Pinkas-Ramírez |

Hay frases que parecen consuelo, pero funcionan como silenciamiento. “No te quejés, otros están peor que vos.” La escuchamos en la mesa familiar, en el trabajo, en el hospital, en la iglesia. Se dice con buena intención, casi siempre. Pero su efecto no siempre es benigno. Algo en esa afirmación no termina de encajar, ni filosóficamente ni éticamente.

A primera vista, la frase apela a una lógica comparativa: si existe un mal mayor, el mal menor pierde legitimidad. Pero el sufrimiento humano no es una competencia olímpica. No se asignan medallas al dolor. El hecho de que alguien esté peor no convierte el malestar propio en una ilusión o en un capricho.

Aquí aparece una distinción clave: perspectiva no es invalidación. Recordar que el mundo es amplio puede ayudar a relativizar una angustia momentánea. Pero utilizar la desgracia ajena como argumento para desautorizar la experiencia emocional de otro es algo distinto. Es una forma sutil de negación.

El estoicismo mal entendido

Con frecuencia se invoca una supuesta sabiduría antigua para respaldar esta actitud. Se dice que hay que ser fuertes, aceptar lo que toca, no dramatizar. Se menciona el estoicismo. Sin embargo, ni Epicteto ni Marco Aurelio defendieron la minimización del sufrimiento ajeno a través de comparaciones descendentes.

El núcleo del estoicismo no es “otros están peor”. Es “concéntrate en lo que depende de ti”. Epicteto, esclavo antes de convertirse en maestro, sabía lo que era el dolor real. Marco Aurelio, emperador, reflexionaba sobre la fragilidad humana en medio del poder. Ambos insistían en la virtud, en la disciplina interior, en la aceptación de lo que no controlamos. Pero aceptar no significa negar.

El estoico trabaja sobre sí mismo. No utiliza el infortunio de terceros como herramienta para acallar la queja legítima de alguien cercano. De hecho, en la tradición estoica, la injusticia —la falta de virtud— es el verdadero mal. Y deslegitimar el dolor del otro puede convertirse precisamente en eso: una forma de injusticia.

La ética del sufrimiento comparado

Decirle a alguien que no se preocupe porque hay personas en peores condiciones implica una jerarquización moral del dolor. Se establece una escala implícita donde solo el sufrimiento extremo merece reconocimiento. El resto debe callar.

Esta lógica produce varias consecuencias éticamente problemáticas:

Primero, genera culpa. La persona que ya sufre comienza a sentirse además egoísta por sufrir. Se instala una doble carga: el problema original y la vergüenza de no estar “tan mal”.

Segundo, desactiva la crítica. Si la vara para evaluar la realidad es siempre el peor escenario posible, cualquier mejora se vuelve innecesaria. Siempre se puede estar peor. Esa mentalidad, llevada al terreno cotidiano, alimenta el conformismo emocional; llevada al terreno colectivo, normaliza condiciones precarias sin necesidad de mencionar ideologías.

Tercero, trivializa la salud mental. Miles de personas con ansiedad, depresión o agotamiento escuchan que deberían agradecer porque “no están en la calle” o “no viven en guerra”. Como si la mente respondiera a estadísticas globales. El dolor psíquico no se evapora por comparación geográfica.

Cuando entra el componente religioso

El conflicto se intensifica cuando el argumento adquiere un tinte espiritual. “Agradecé, Dios te ha dado más que a otros.” La gratitud es una virtud poderosa. Pero cuando se impone como mandato frente al sufrimiento, puede transformarse en represión emocional.

El problema no es la fe. El problema es usar la fe como mecanismo de silenciamiento. Si cada angustia debe ser inmediatamente cubierta con un manto de resignación agradecida, la persona no procesa su experiencia; la encapsula. Y lo encapsulado no desaparece. Se transforma.

Además, la tradición religiosa más profunda no niega el dolor. Lo reconoce. Los textos espirituales están llenos de lamentos, preguntas y protestas. La queja humana forma parte de la condición humana. Convertirla en falta moral es una simplificación peligrosa.

La maldad como injusticia sutil

No estamos hablando de maldad en términos dramáticos. No es crueldad abierta. Es algo más fino: una injusticia pequeña pero persistente. Negar la legitimidad del dolor de otro es, en cierto modo, retirarle el derecho a su experiencia.

Si aceptamos que la ética comienza por el reconocimiento del otro como sujeto, entonces minimizar su sufrimiento es una forma de despojo simbólico. No es violencia física, pero sí una forma de invalidación.

Y aquí aparece el punto más humano del asunto: todos necesitamos que nuestro dolor sea escuchado antes de ser relativizado. La comprensión precede a la perspectiva.

Perspectiva sí, silencio no

¿Significa esto que nunca debamos comparar? No necesariamente. La perspectiva puede ser sanadora cuando nace desde dentro. Cuando uno mismo, después de ser escuchado, encuentra consuelo al recordar que la vida es más amplia que su problema inmediato.

Pero esa perspectiva no puede imponerse como argumento externo para cerrar una conversación incómoda.

Hay una diferencia fundamental entre decir: “Entiendo que te duele, y aun así podemos encontrar una forma de seguir” y decir: “No te quejés, otros están peor.” La primera acompaña, la otra , simplemente, clausura.

El núcleo humano

En el fondo, lo que está en juego no es una teoría política ni una discusión académica sobre el estoicismo. Es algo más elemental: el derecho a sentir sin competir.

La dignidad humana no depende de ocupar el último lugar en la escala del sufrimiento mundial. Cada experiencia tiene su peso específico en la vida de quien la vive. Comparar puede ofrecer perspectiva; usar la comparación como herramienta para invalidar es otra cosa.

Quizá la ética más sencilla sea esta: reconocer primero, relativizar después. Escuchar antes de aconsejar. Comprender antes de enseñar fortaleza.

Porque el dolor no necesita permiso estadístico para existir. Y nadie mejora verdaderamente cuando aprende a callar lo que siente solo porque alguien, en algún lugar, está peor.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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