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sábado, 31 de julio del 2021

La trampa del anti-trumpismo

¿Llega con Trump el fin de la globalización y el neoliberalismo?

Cuando Donald Trump dijo que se centrarí­a en desarrollar la economí­a interna de Estados Unidos haciéndola volver a la productividad fí­sica de mercancí­as y abandonar la especulación financiera como eje de la prosperidad de unos pocos, Wall Street y la City de Londres pusieron el grito en el cielo, pues esos dos centros son el corazón del capitalismo especulativo global, conocido como neoliberalismo, para cuyo funcionamiento la oligarquí­a planetaria requiere que los Estados se reduzcan a meras oficinas gerenciales que velen por las leyes que protegen a las corporaciones.

Inesperadamente, un republicano de hueso colorado desafí­a al nervio de la globalización en aras de un nacionalismo productivo. Pero lo hace en medio de una deplorable retórica fascista. Las progresí­as juzgan su discurso como retro y desfasado, además de peligroso. Y lo es. El error está en considerar que lo que dice Trump en materia económica también es un paso atrás para el “adelanto” capitalista ―como piensan las progresí­as― porque, en realidad ―si de veras este loco pusiera en práctica sus palabras y EEUU volviera a una productividad fí­sica y sustituyera con ella la especulación parasitaria que provoca burbujas y crisis económicas con sus delirantes “derivados financieros”―, lo que afirma constituirí­a ―convertido en polí­ticas económicas― un gran paso adelante para millones de personas, pues implicarí­a trabajo, riqueza e inversión masivas.

Cuando Trump dijo lo que dijo en cuanto a la economí­a, el megaespeculador George Soros financió de inmediato a las progresí­as estadounidenses para armarle al loco una “oposición ciudadana” aupada por estrellas progres de Hollywood, como De Niro y Streep, así­ como por legiones de grupos de minorí­as étnicas, culturales y sexuales de Estados Unidos. La receta de la “lucha polí­tica no-violenta”, de Gene Sharp, fue puesta en acción por el capital financiero de Wall Street y la City de Londres ―es decir, los causantes del actual desastre mundial―, y se satanizó a Trump. Algo que, por otra parte, se ha ganado y merece, pero en vez de que lo haga su némesis capitalista, serí­a deseable que lo hicieran organizaciones populares no financiadas por Soros ni por el National Endowment for Democracy (NED) ni por ninguna otra agencia ligada al capital especulativo y a servicios de inteligencia. Porque así­ como está, el anti-trumpismo no pasa de ser una trampa del capital financiero global.

Trump jura que para sustituir a este capital por el de productividad fí­sica, separará ―con la restitución de la ley Glass-Steagall― a la banca de capital productivo fí­sico de la especializada en especulación, de modo que la primera no podrá realizar trámites de pirotecnia financiera. Si Trump cumpliera esto, Wall Street y la City de Londres y, con ellos, Soros y asociados, colapsarí­an, pues Estados Unidos causarí­a un efecto dominó en todas sus áreas de influencia. Y si a esto agregamos que la propuesta económica de China y Rusia ―y los BRICS― consiste justamente en volver a la economí­a de productividad fí­sica, y que tanto la Unión Europea como el sistema del Trans-Atlántico se hallan en quiebra, estarí­amos ―de hecho― asistiendo a la muerte de la globalización y el neoliberalismo.

Pero, calma… No confiemos en Trump. Esperemos.

Eso sí­, mientras esperamos ―oh, progresí­as frenéticas―, mucho ojo con quién financia su vistoso fariseí­smo. Y a responderse a qué interés sirve su desgarrada indignación.

Sitio web del autor, aquí­.

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