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sábado, 23 de octubre del 2021

La sobrevivencia o la muerte de un sistema

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En un artículo anterior, dejaba en el aire la pregunta, por qué los gobiernos de Venezuela, Nicaragua y Cuba, han sido capaces de resistir los embates del imperialismo, por muchos años. De hecho, Cuba, por más de medio siglo.

El relator de las Naciones Unidas, Alfred-Maurice de Zayas declaró, el 30 de agosto de 2018, que los bloqueos y acosos de los Estados Unidos a Venezuela, son equivalentes a los asedios contra ciudades enemigas de la época antigua. ¿Cómo terminaron estos asedios? Con ciudades destruidas, suicidios colectivos, hordas de soldados pasando por cuchillo a los hombres y violando a mujeres y niños. ¿No les recuerda a Siria, Libia, Irak? Pero cualquiera de todos esos estados, en especial los modernos, eran muchísimo más poderosos que nuestros hermanos países latinoamericanos. De nuevo pregunto: ¿Qué los sostiene aún?

Los apoyos rusos y chinos, lo explican en parte, pero no del todo. Los tres gobiernos han tenido que enfrentar una oposición interna muy dura. Recordemos, durante los primeros años de la Revolución Cubana, a los alzados del Escambray, que se dedicaron a practicar el bandidaje en toda la zona, en un intento de establecer un frente de lucha contrarrevolucionaria. Y la invasión de Bahía Cochinos, nunca olvidada por la canción “Playa Girón”, de Silvio Rodríguez. Por su lado, Nicaragua enfrentó a la contra, financiada por los Estados Unidos, con dinero del narco colombiano, desde sus reductos en la Mosquitia; y Venezuela ha enfrentado rudas situaciones de turbulencia interna, que podrían haber derrocado a cualquier régimen. ¿Por qué siguen allí? A pesar de que las condiciones de vida de la población han sufrido mucho y que dichos gobiernos han cometido muchos errores e, incluso, represiones y mordazas, siguen allí. ¿Por qué?

Una de las principales batallas que estos gobiernos han tenido que librar es la ideológica. Los poderes hegemónicos, con una propaganda global, con visos de histeria, les ha lanzado el epíteto de “populistas”, como una maldición. Hace tiempo pregunté por este medio, qué es populismo y por qué es malo para la economía. Nunca obtuve una respuesta satisfactoria. Investigando un poco para escribir estas líneas, escuché a la señora guatemalteca, Gloria Álvarez, y al chileno Axel Kaiser, proferir furiosos discursos sobre el populismo, donde vibran los auditorios con verdadera pasión, con la pretensión de despedazar los gobiernos populistas. Pero en el fondo, sin ningún fundamento. Solo malabares ideológicos de ultraderecha, propaganda política de la más burda, en contra de los gobiernos tildados de populistas. Nada sustancioso que me aclarara mis dudas.

De hecho, lo único que me queda claro es que el error de dichos gobiernos, es que no dicen amén al hegemón, pero usando el más elemental sentido común, al revisar las cifras de aquellas naciones, vemos que redujeron la pobreza, incrementaron la educación, dieron salud universal, y una serie de logros sociales, entonces, si eso es el populismo, por qué es negativo.

La derecha ha acuñado su nuevo maniqueísmo: “populismo versus neoliberalismo”. Pero ese es otro tema. En cuanto a los países en asedio, la estrategia montada por la oligarquía mundial, ha sido total. El bloqueo económico, respaldado por una ofensiva diplomática, una guerra mediática sin cuartel y el intento de implantar una quinta columna, provocando grandes disturbios y vandalismo. Supuestamente, esta debería de ser la maniobra definitiva, con la que dichos gobiernos caerían en su propio fuego, a manos de todo un país enfurecido. Dicha estrategia les funcionó bastante bien en Oriente, dpnde provocaron la caída de varios gobiernos, aunque no tomaron en cuenta una parte fundamental, que es la división ya existente y milenaria, en muchos casos, de grupos humanos en corrientes religiosas irreconciliables.

Ya esa estrategia les había fracasado en Bahía Cochinos y la Mosquitia, pero lo siguen intentando, ahora en Venezuela, donde hasta trataron de armar a los grupos de vándalos, llamados guarimbas. Un intento, torpe por lo demás, de ingresar las armas por la frontera con Colombia, en el marco de un concierto “por la paz”, terminó en el rechazo de la población, escándalos de corrupción y el descrédito de muchos de los cantantes que se involucraron.

Con todo este panorama, nos queda por concluir en que la fuerza que sostiene a estos gobiernos, es su población, aglutinada en torno a una idea. Si se quiere ver simbólicamente, en torno a una bandera, un ideal. En los tres casos en cuestión, sus líderes han logrado cimentar un pensamiento, una doctrina, en fin, una palabra que en El Salvador, se tiende a menospreciar, una cultura. Esos pueblos tienen algo que no tiene el nuestro, que es sentirse orgullosos de ser lo que son. En su momento, sus dirigencias hicieron una verdadera revolución. Cambiaron de cuajo el sistema anterior. Entiéndase, no hablo del capitalismo, sino del sistema político que los oprimía. Batista en Cuba, Somoza en Nicaragua y los continuismos de adecos y democristianos en Venezuela, que llevaron al país a la quiebra. Aquellas naciones contaron con dirigentes capaces, con visión de estadistas y echaron adelante una reingeniería del país. De cara a la gente, con la gente. De hecho, este es un factor decisivo para que los Estados Unidos no hayan intervenido en Venezuela; calculan dos millones de milicianos chavistas. Lo dijo Pompeo.

Aquí encontramos el gran fallo del frente. Pactó con la derecha, más de lo que debía –tema para otro artículo— y se aisló de la base. Ellos lo saben perfectamente, aunque no dan muestras de estar dispuestos a corregir. Lejos de eso, los de la cúpula siguen durmiendo enrollados en sus cobijas y quieren matar el gallito que les cantó para despertarlos. El otro gran fallo ha sido su desprecio por la cultura. No es sino a través de la cultura, que se construye un país; y es esa la única vía con que una revolución puede cimentar un país diferente, donde la gente se sienta pertenecer y viva su nacionalidad con orgullo. Esa es la única salvaguarda de un régimen. Dieciséis años tardaron los sandinistas en volver al poder, después de la debacle de 1990. Según las propias palabras de uno de sus dirigentes, tuvieron que comenzar de cero a reconstruir su base social. Pero había un sandinismo allí. Como hay un fidelismo sin Fidel en Cuba y un chavismo sin Chávez en Venezuela.

Ni los ataques del imperialismo y sus satélites, ni el sufrimiento y el hambre, o los embates de opositores internos, han sido suficientes para derrocarlos. Y eso que los errores de esos regímenes han sido grandes,  pero ni los continuismos políticos, la conculcación de libertades civiles, las represiones, corruptelas de sus dirigentes, promesas incumplidas, y un largo etcétera, han logrado quebrar el apoyo popular.

En nuestro país, ¿acaso hemos logrado cimentar algo como un “farabundismo”? Lamentablemente, la respuesta es que, después de tanta lucha, no hemos logrado dejar huellas lo suficientemente profundas, como para hacer un verdadero cambio en la cultura salvadoreña. Nuestra guerra civil no llegó a ser revolución. No logramos cambiar los cimientos de la cultura implantada a sangre y fuego por el dictador Maximiliano Hernández Martínez. Después de todo, no se logró desmantelar la sociedad de la primera mitad del siglo XX. En consecuencia, nuestra gente sigue enclavada en el pasado, en la ideología martinista.

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Carlos Velis
Escritor, teatrista salvadoreño. Analista y Columnista ContraPunto
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