Por Zarko Pinkas
No eran culpables. Eso se repetían siempre.
Fortunato decía: “La gente paga por consuelo, no por la verdad”.
Mara respondía: “Y el consuelo cuesta caro”.
Entre ambos se habían construido una vida basada en sombras y cuerdas invisibles. Él fingía escuchar a los muertos; ella movía objetos, hacía caer velas, escondía grabadoras con susurros. Mientras hubiera clientes, habría melodrama. Mientras hubiera dolor ajeno, habría ingresos.
Esa noche esperaban a una pareja distinta. Lo notaron desde antes de verlos. La llamada telefónica había sido sobria: sin llanto, sin desesperación, solo una solicitud precisa, casi burocrática: sesión para contactar a dos hijos fallecidos.
Lo que los desconcertó no fue el pedido, sino el tono. No había súplica, no había emoción. Solo… claridad.
Cuando la pareja llegó, la sensación empeoró. Él tenía unos cincuenta, quizá más; la mujer, poco menos. Entraron sin mirar alrededor, sin sorpresa ante el altarcito de velas negras, las cartas de tarot, los recipientes con “sal exorcizada”. Tampoco comentaron el aroma a incienso. Era como si no hubieran venido a creer ni a dudar. Solo a confirmar algo.
Los estafadores iniciaron con el guion habitual.
El “médium” respiró profundo, cerró los ojos, frotó una esfera de cristal vacía. Ella dejó caer una vela tirando discretamente de un hilo. Funcionó. La llama se apagó con un sonido seco. Él murmuró:
—Esta noche la puerta está abierta. Deben escuchar con fe.
La pareja asintió sin interés. Ella —la madre— colocó sobre la mesa una caja pequeña, cerrada. Nadie la abrió.
Fortunato comenzó a “invocar”. Mara activó el interruptor que soltaba el audio grabado: voces juveniles, distorsionadas, que llamaban “mamá” y “papá”. Era un truco bien hecho; muchos lloraban en segundos.

Pero la pareja no reaccionó como los demás.
No lágrimas.
No temblores.
Solo una mirada fija, como si estuvieran esperando algo que todavía no ocurría.
El estafador, incómodo, improvisó.
Golpeó la mesa, fingió convulsión.
Ella movió las cartas del tarot con un hilo extra.
Las velas se inclinaron como bajo viento invisible.
Los susurros aumentaron, como si la grabadora hubiera cobrado vida.
Entonces el padre preguntó, con voz sin emoción:
—¿Estas voces… son las de nuestros hijos?
El Fortunato respondió con seguridad automática, casi mecánica:
—Sí. Ellos están aquí.
El silencio posterior fue distinto. No de expectativa: de respuesta.
La madre sonrió. No con alivio. Con certeza.
—Qué curioso —dijo—.
Porque nuestros hijos… son ustedes.
Nadie habló.
Incluso el aire pareció contenerse.
Fortunato quiso reír, decir algo sarcástico, pero la frase murió antes de formarse. Abrió la boca… no recordó qué palabra venía después. Ni su apellido. Ni su edad. Intentó reconstruir su infancia, su adolescencia, algún recuerdo anterior a conocer a su compañera. Nada. Como un cuaderno arrancado de raíz.
Mara, intentando sostener el control, prendió una vela con un fósforo. La llama encendió, pero no sintió el calor. Metió los dedos en ella. Nada. Solo luz sin sensación.
La madre habló de nuevo, suave:
—Murieron hace doce años.
El padre abrió la pequeña caja. Dentro había dos placas militares con nombres grabados. Los nombres que ellos llevaban. Él tomó una de las placas. Creyó sentir el metal… pero debajo no había piel. Solo vacío. Como si sostuviera algo sin manos.
—Ustedes son nuestros hijos —repitió la madre, con ternura inquietante—. No venimos a pedir. Venimos a dejar ir.

Fortunato quiso correr. Las piernas no respondieron. Trató de gritar, pero no salió sonido alguno; ni siquiera aire. Como si su cuerpo fuera un pensamiento mal definido. Él quiso apoyarse en la mesa, pero su mano atravesó el borde. Su piel se disolvía alrededor de la forma, como bruma que intenta recordar cómo ser carne.
Las voces grabadas seguían sonando, pero ahora no eran las del aparato. Salían de ellos. Gritos, gemidos, llamados. Como si las estuvieran expulsando desde adentro, coleccionadas sin saberlo.
—Creyeron engañar a los muertos —dijo el padre—.
Pero todo este tiempo… solo estaban repitiéndose.
Las velas se apagaron solas.
El cuarto quedó sin oscuridad ni luz. Solo un espacio espeso, sin dirección. Fortunato miró sus manos: ya no había dedos. Ni sombra. Solo un hueco moviéndose en el aire, como si su forma fuera una pregunta que nadie respondía. Mara trató de tocar su rostro, pero su brazo atravesó su propio pecho y desapareció.
La madre cerró la caja vacía. La pareja se levantó con calma, como quien termina una visita breve. Antes de salir, la madre los miró con un cariño inesperado.
—Gracias por quedarse con nosotros todos estos años. Pero ya no necesitan repetir nada. Pueden soltarse.
La puerta se cerró tras ellos.
Dentro del cuarto no quedó nada físico.
Solo dos intentos de presencia, suspendidos, sin lenguaje ni memoria, como si la existencia estuviera haciéndose y deshaciéndose al mismo tiempo.
Desde la nada, surgió una última frase, sin boca, sin sonido:
“¿Estamos muertos?”
Nadie respondió.
La pregunta siguió allí, interminable, como la única vida que les quedaba.


