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miércoles, 27 de octubre del 2021

La imagen

Si existe algún imperio es el de la imagen. La mayoría de nuestras transacciones emocionales y mentales pasan por ese filtro. Dependemos a tal punto de la imagen que los argumentos, como los que se puedan construir con el lenguaje han entrado en un proceso de deslegitimación.

En campañas políticas, lo que prima es la imagen o el avatar de un individuo, sin importar que existan propuestas de gran valor o argumentos coherentes, lo que prepondera es la imagen, tanto es así, que la única palabra que vale es el eslogan, breve, mínimo, a veces una o dos palabras que más parecen una imagen que se graba en la mente de la población.

La imagen entonces se vuelve impoluta, ensuciársela a un político o a una institución se convierte en la principal amenaza que debe ser neutralizada, sin embargo, desmembrar las farsas y contradicciones de los discursos se torna un chiste barato, un modo de fabricar temas de conversación a propósito de la imagen de instancias que ejercen su poder al plantarse de acuerdo a una serie de principios que son los trazos del logo que ostentan y que almacena supuestos morales e históricos, porque ese es otro asunto importante de mencionar: la imagen es capaz de almacenar y desembocar ideas, emociones e incluso sensaciones.

La clave está en la codificación simbólica y relacional con el resto de referentes del imaginario colectivo.

Entonces, pensarán, lo que se debe hacer es construir una imagen sólida y dinámica que atraviese a las otras personas y que evoque lo que quisiéramos evocar. Pues sí, esa es la clave, sin embargo, vivimos en una época donde hay que ponerle precio hasta a los eructos, cada milésima de tiempo puede ser facturada y cobrada por correo electrónico. Si se busca posicionar una imagen, por ejemplo, en redes sociales o en televisión, es indispensable pagar un precio. Y no cualquiera puede costearlo. Pero qué está en juego con el posicionamiento de una imagen. Simple, la imagen, una vez logra cobrar relevancia social es posible que si crece lo suficiente se convierta en un ícono, y del ícono al símbolo solo hay unos cuantos pasos, dependiendo de cómo esa imagen en el inconsciente colectivo se comporta y le exige ciertas acciones que, de ser llevadas a cabo, entonces su magnitud de imagen se expande hasta el punto de erigirse en un símbolo de raigambre social. Y no quiero que piensen que San Romero o Ignacio Ellacuría se convirtieron en símbolos haciendo una planificación como sí lo hacen ahora ciertas figuras políticas con ambiciones megalómanas. Y ahí está el riesgo. Imagen y capital. Imposición simbólica. Juegos de poder y falsedad. Control a través de avatares que son capaces de cantar lo que sea que la big data susurre con tal de generar ondas expansivas y mayor alcance.

¿Qué hacer?

Pues, quienes estén a gusto con el statu quo y disfrutan legitimar semidioses porque se dan cuenta que combatir contra el imperio de la imagen es demasiado caro y desgastante, no hagan nada, sigan así, solo no estorben ni se conviertan en esbirros o seguidores zombies ciegos inundando ciénagas políticas con vacuidad y fanatismo. Ahora bien, si no están a gusto y están en la disposición de lanzarse a la aventura vocinglera e irresponsable de enfrentar figuras dimensionalmente mayores a sus propias capacidades, recomiendo que unamos esfuerzos, basta ya de separaciones absurdas o competencia mal concebida desde el individualismo más brutal y egoísta. El mundo está en medio de un cataclismo social que apenas lanza sus primeras briznas, los países más pobres serán las trincheras de guerra y dominación y no creo que debamos quedarnos de brazos cruzados si los gobernantes juegan a la ciberpolítica y nos tratan como estúpidos cuando no lo somos. Es fácil, fusionémonos, en redes sociales erijamos avatares que se conviertan en marcas y luego unamos nuestras marcas, propiciemos más de un cross-over que nos permita construir un imago social que almacene más que transacciones financieras y objetivos inútiles. El imperio de la imagen ha llegado para quedarse, sí, y es indispensable que sepamos usar los instrumentos que tenemos a la mano.

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