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La guerra actual en El Salvador

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"Son 30 años que la sociedad ha visto surgir y crecer el fenómeno de las pandillas. Tal como cualquier ejército, han mantenido un permanente reclutamiento de niños y jóvenes de los barrios y comunidades". Ante la masacre "la reacción del gobierno fue rápida y audaz" Carlos Velis

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Por Carlos Velis


Van y vienen las opiniones sobre el momento actual en el país; en lo que parece haber un consenso es en que estamos en guerra.

Son treinta años que la sociedad ha visto surgir y crecer el fenómeno de las pandillas. Tal como cualquier ejército, han mantenido un permanente reclutamiento de niños y jóvenes de los barrios y comunidades. Han crecido al grado de convertirse en un poder paralelo con un control absoluto en sus territorios. Su principal fuente de ingreso ha sido el menudeo del crack y la extorsión, mal llamada “renta”, con lo que se ha banalizado y aceptado una figura delictiva. Tampoco es ningún secreto que han sido caldo de cultivo para verdaderos ejércitos privados de las mafias y carteles del narcotráfico, o sea, los sicariatos.

La percepción general, hasta el sábado 26 de marzo era que las maras o pandillas se movían dentro de la delincuencia común, cada una defendiendo su territorio y hasta transaban con los gobiernos de turno. Una forma de mirar para otro lado, una alcahuetería, pero con la sombrilla de “combate a la criminalidad”, bajo nombres rimbombantes, como “mano dura”, “supermano dura” o “mano de hierro-mano amiga”.

Hasta ese día en que realizaron una operación coordinada en el Gran San Salvador, que dejó un saldo de ochenta y siete asesinatos. Ese tipo de acciones requieren una coordinación de corte militar. Un agrupamiento más allá de las disputas territoriales. ¿Podría ser una muestra de que ya estaban coordinando entre ellos? Y si eso es así, estamos ante un verdadero peligro, una fuerza antisocial enquistada en toda la sociedad, con una sola cabeza. ¿Qué pasaría si logran conseguir armas de alto poder e, incluso dinamita? Eso sería suficiente para sembrar el terror como en la Colombia de los 80 con Pablo Escobar Gaviria.

La reacción del gobierno fue rápida y audaz. Decretó estado de excepción y en menos de cuarenta y ocho horas había neutralizado las estructuras criminales y, hasta la fecha, ha seguido con capturas masivas, hasta llegar al astronómico número de veintiocho mil pandilleros tras las rejas. La primera consecuencia fue que los crímenes bajaron a cero y, la segunda, el aplauso generalizado de la población, en especial en las zonas más vulnerables.

La reacción de los políticos opositores y organismos internacionales fue clamar por los derechos humanos de los presos. Ante esto, el vicepresidente Félix Ulloa argumentó en un Twitter: “Al estado salvadoreño le asiste el Jus ad Bellum para defender al pueblo de la violencia criminal de las pandillas… El Jus ad Bellum es la rama del derecho humanitario que define las legítimas razones que un Estado tiene para hacer la guerra de manera legítima y justa.”

No se requiere mucho para darse cuenta de que el fenómeno de las pandillas en El Salvador, ya se había salido de control desde hacía mucho tiempo. Que ya se estaba exportando a toda la región mesoamericana e, incluso, a Europa. Que mantenían un verdadero régimen de terror en lo social, político y hasta religioso sobre todas las zonas bajo su control. Y ejercían su capacidad de veto ante las autoridades, como un verdadero poder.

Pero hay un ángulo del problema del que nadie habla y es el psicológico social. Los años que siguieron a la firma de los Acuerdos de Paz fueron propicios para cambiar la conducta de la gente. Muchas tareas quedaron pendientes, pero las más graves y urgentes, las que tenían que ver con la salud mental.

Agregamos el ingrediente de la fundación de las pandillas en los años 70 y 80, en las calles de Los Ángeles California. Los inmigrantes salvadoreños, de un día para otro, se contaron por centenas de miles; ciudadanos de un país del que nadie hablaba, que no figuraba en los mapas políticos ni sociales de Estados Unidos, llegaron a un mundo desconocido, donde vivieron y sufrieron la discriminación, la sobreexplotación y el ritmo acelerado de aquellas ciudades moles de hierro y concreto. Sin una orientación ni respaldo político ni social de su gobierno, tuvieron que sacrificar su estabilidad familiar por solucionar lo económico –por dos frentes, el de ellos y el de las remesas– y, así, llegaron hasta afrontar la pérdida de sus hijos adolescentes en las calles.

Agrupados bajo los símbolos identitarios de la nacionalidad lejana, adoptaron, por un lado, las estructuras tradicionales de pandillas más antiguas, como la de los chicanos y otras, algunas con más de cien años de existencia. Su necesidad de sobrevivencia los llevó a ser más violentos que sus antecesores; eran los recién llegados y tenían que ganarse el derecho de piso.

En el país, se dio un fenómeno muy conocido, que fue la idealización de la migración, así como las figuras de la violencia en las calles de Los Ángeles. En los 90, cuando llegó el momento de que Estados Unidos puso orden en casa, llegaron los deportados trayendo esa nueva cultura de violencia que encontró un perfecto caldo de cultivo entre los jóvenes más vulnerables, que no encontraban una oportunidad de salir adelante con su vida. Muchos de ellos, huérfanos de la guerra o de hogares destruidos.

Nuestros jóvenes, muy proclives a la idealización del líder, vieron en los repatriados a una especie de héroes o salvadores. Así, las “maras”, que eran los grupos de muchachos que se juntaban en las esquinas, de pronto se convirtieron en las “pandillas”, que se incorporaron a nuevas condiciones, como las de marcar territorio, cometer delitos, extorsionar, ligarse a estructuras de crimen organizado y otros asuntos.

La incorporación de los nuevos miembros o “homies” (palabra adoptada del inglés) se estableció con un ritual de crueldad, lo suficiente como para dañar toda la psique de la víctima, aunque fuera por su voluntad. Desde ese momento, su familia es la pandilla y cambian su nombre a un alias en inglés. Scrappy, Snoopy, Crazy, Snayper, son ejemplos de sus nuevas identidades. Le deben lealtad a la pandilla hasta la muerte y, a la usanza de la Mafia italiana, la ley de la omerta o del silencio marca su conducta.

Según la descripción del libro de Pepe Rodríguez: “Adicción a sectas”, estamos ante un fenómeno sectario y muy peligroso. Su estructura es piramidal, autoritaria a ultranza, territorial y coercitiva. El que entra ya no sale, excepto para ingresar a las iglesias evangélicas pentecostales, lo que no significa que se han liberado ni mucho menos que han cumplido una condena por sus crímenes. Por lo contrario, las mismas iglesias evangélicas que brotan como maleza después de un temporal, por las comunidades más pobres, tienen la misma estructura, solo que sin derramamiento de sangre. Aunque el lavado de cerebro puede ser considerado violencia psicológica.

Ya en otros artículos he hablado de la penetración de la ideología neoliberal de ultraderecha que significan esas líneas religiosas, que han llegado, incluso, a convertirse en movimientos armados, como es el caso de Brasil; o el caso de Guatemala, donde han ejercido violencia criminal contra las poblaciones indígenas.

En un tweet se lee: “Gerardo. Si te querés salir de la mara, la única razón permitida por los pandilleros es que te querés hacer cristiano. Pero no permiten que la iglesia sea católica, mormona ni testigo de jehová; solo evangélica y te tienen bien vigilado, si faltás a un culto te matan. Ya deberías saberlo”. Esta nota es una síntesis de lo que hemos hablado antes. Coerción, control, fundamentalismo y un indicativo de que no se pueden desligar.

Este tipo de sectas religiosas, además, tiene principios morales muy elásticos, como es el caso de las mujeres pentecostales que venden videos pornográficos y muchos otros casos que han aparecido envueltos en escándalos sexuales como pedofilia y más. Igual pueden ser los correos entre los líderes de las diferentes pandillas de barrios enemigos.

En el artículo de la revista Factum de septiembre de 2017, titulado “Ya no somos pandilleros”, dice: “Los hechos indican que las iglesias han tenido un éxito arrollador en cuanto a sacar pandilleros de las clicas. Sin embargo, los mismos pastores admiten perder a casi la mitad de sus ovejas después de un tiempo. Ante la necesidad de obtener recursos para mantenerse y mantener a sus familias muchos expandilleros dicen que no ven otra salida que volver a la vida loca, ya sea fuera o dentro de sus antiguas pandillas”.

Y allí llegamos a la gran paradoja. Resumiendo: estamos en guerra, las pandillas son terroristas y deben ser eliminadas, me refiero a su estructura, no a los miembros; nuestra población está muy de acuerdo y agradecida con el régimen de excepción. Pero cuál va a ser el próximo paso. Si aceptamos que, como hemos reflexionado, estamos ante un caso de daño psicológico profundo, que ha destruido el tejido social de las comunidades más vulnerables y se han enquistado sectas muy peligrosas, coercitivas y destructivas de la personalidad y las aspiraciones de una vida mejor, que la única salida que ven esos ciudadanos salvadoreños (que lo siguen siendo), es introducirse en sectas religiosas, igualmente coercitivas y dañinas, la pregunta es: ¿De qué forma hay que enfrentar esa situación?

Esos miles de encarcelados van a salir un día. Se dice que, con las nuevas leyes, los van a condenar hasta por veinte años o más, pero no importa cuánto tiempo pasen, saldrán y volverán a su mismo ambiente, porque no tienen otro. ¿Y los chicos de hoy, que van a seguir creciendo en el mismo ambiente? Es lógico pensar que el fenómeno no tardará en tomar fuerza otra vez.

Algo se tendrá que hacer y con urgencia, si queremos que este paso sirva para algo.

Carlos Velis
Carlos Velis
Escritor, teatrista salvadoreño. Analista y Columnista ContraPunto

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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