Por Fredis Pereira.
En la ciudad de la censura, que está ubicada en un pequeño país del tercer mundo, la falsa víctima es una amenaza para la comunidad. Es una amenaza difícil de combatir porque con sus artimañas consigue trastornar el sistema de justicia, poniendo bajo riesgo y perjuicio a la sociedad.
La falsa víctima es capaz de presentar denuncias fraudulentas aprovechándose del anonimato. Así también puede montar escenas de una obra siniestra teatral, que sería merecedora de premios a la mejor actuación artística sino fuera que perjudica y desprestigia a otros. En estas falsas escenas, distorsiona los hechos, finge dolencias, y los hechos más normales de la realidad, como la caída del cabello por vejez, pueden llegar a ser presentados como síntomas de una lastimera, trágica y grave agresión aparentemente infligida contra la falsa víctima, así sabe simular sufrimientos y perjuicios inexistentes.
La falsa víctima es como un virus que puede reproducirse y ampliar la afectación con rapidez. Una vez que consigue penetrar y aprovecharse de las debilidades del sistema de justicia, continúa expandiéndose al encontrar maneras perversas de influenciar a otros, para que sigan su camino siniestro, en ese afán macabro de causar daño, que es inadvertido por los procuradores, fiscales, jueces y magistrados, quienes vienen a ser transmisores de daños y verdugos, al mejor gusto de la falsa víctima.
Un violador es un personaje sádico capaz de presentarse como víctima. Los análisis amañados pueden llegar a conclusiones, donde el violador de derechos aparece como la víctima de un sistema violento que le mal forma y le discrimina; aunque los dictámenes amañados surgen de ignorar las atrocidades cometidas por el violador. Así, se llega al extremo de afirmar que los actos del agresor sexual se justifican por la manera en la que vestía la verdadera víctima, por la manera que caminaba, por acosar al violador con sus palabras provocativas o por la frases e imágenes publicadas en las redes sociales…dicho esto, valga decir, que existen hombres y mujeres violadores de derechos.
El funcionario sinvergüenza también es una potente falsa víctima. Este es tan impactante como el coronavirus, pues, resulta que hace uso de los recursos del Estado y del dinero mal habido para favorecerse en los procesos judiciales, y es capaz de gritar por todos los medios, que está siendo objeto de calumnias y persecución en todos lados, aunque solo le siga su propia sombra y hedor de su corrupción, y que aquello a lo que le llama calumnias, sean hechos que se han sabido ocultar a partir de la desaparición de la información pública que le incrimina.
Cuando existe un sistema institucional débil, enfrentarse a la falsa víctima es como enfrentarse al cáncer o al VIH. En tales circunstancias, el sistema que debe defender los intereses del pueblo falla, y resulta que los agentes de autoridad terminan protegiendo a la falsa víctima de una amenaza inexistente, y pervirtiendo así el quehacer institucional, que provoca una ampliación de la desconfianza hacia la jurisdicción, que fue creada por ley para proteger a las verdaderas víctimas. En tal situación, la defensa de los derechos se convierte en un escudo para los criminales y en la desgracia para los ciudadanos honestos.
La falsa víctima
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"Cuando existe un sistema institucional débil, enfrentarse a la falsa víctima es como enfrentarse al cáncer o al VIH": Fredis Pereira.



