Por Roberto Carbajal
Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fueron una sofisticada herramienta de propaganda nazi utilizada por Adolf Hitler para proyectar una imagen de Alemania como una nación fuerte, unida y pacífica, ocultando su política expansionista y antisemita. El régimen utilizó el evento para promover la ideología de la “supremacia aria”, Benito Mussolini utilizó el Mundial de Italia 1934 y a la selección italiana como propaganda para expandir el fascismo en Europa. Videla durante su dictadura en Argentina hizo lo mismo con el mundial de 19178 ; Hugo Chávez utilizó los Juegos Centroamericanos y del Caribe al organizarlos en la ciudad de Maracaibo en 1998 para legitimar el comienzo de su régimen, Maximiliano Hernádnez Martínez utilizó los juegos deportivos centroamericanos y el certamen de belleza Miss Universo para consolidar su poder en el país y mejorar la imagen de su gobierno ante la comunidad internacional. Donald Trump se ve complacido a la par de Gianni Infantino presidente de la FIFA al anunciar el próximo inicio del mundial 2026.
En los últimos años en nuestro país se ha hecho una constante la programación de conciertos, eventos deportivos, visita de actores y comediantes así como el desarrollo de convenciones de carácter internacional entre otras convocatorias, algo que no es nuevo pero ahora el utilizarlos para un fin diferente, así tenemos residencias con ¨arte de masas¨ que están diseñada para el consumo no importa la calidad del espectáculo pues hemos tenido desde reguetoneros bulliciosos hasta cantantes de larga trayectoria que vienen, con el protocolo de reconocer que han venido a un maravilloso lugar con un líder local que ha cambiado la imagen de toda una nación , estos personajes se llevan millones de dólares en su bolsillo mientras el creador nacional busca una oportunidad. Es criterio del artista si juega con esta moneda de cambio.
El crítico político Steven Levitsky apunta cómo los líderes modernos utilizan la estética para suavizar medidas autoritarias y desviar la atención ante necesidades urgentes que demanda la población ante alguna acción que afecte la imagen; el riego de utilizar el espectáculo como instrumento político no radica en el entretenimiento en sí, sino en la sustitución del debate ciudadano por el aplauso. Cuando la cultura se convierte en una herramienta de propaganda, el espacio para la crítica se reduce. El ciudadano deja de ser un actor político para convertirse en un espectador pasivo de una gestión que se promociona como un espectáculo permanente de cambio, éxito, bienestar, paz y seguridad. Es entonces cuando la moneda de cambio complace , deja a un público satisfecho mientras la vida sigue igual y el ciudadano busca satisfacer al menos la canasta básica.



