Por Alonso Rosales.
En un anuncio hecho en sus redes sociales, el presidente Donald Trump confirmó lo que muchos analistas habían anticipado: una vez en el poder, se aferraría a él por todos los medios, incluso desvirtuando los mecanismos electorales que durante décadas han garantizado la naturaleza democrática de Estados Unidos.
Trump comunicó su intención de firmar una orden ejecutiva que eliminaría las boletas por correo y las máquinas de votación que él considere “seriamente controvertidas” antes de las elecciones de medio término de noviembre de 2026. La medida representa un ataque directo a la infraestructura electoral, debilitando los pilares que sostienen la confianza ciudadana en el sistema democrático.
Este anuncio coincidió con la noticia de que la cadena de derecha Newsmax acordó pagar 67 millones de dólares a la empresa Dominion Voting Systems por difamación, tras haberla acusado falsamente de manipular las elecciones presidenciales de 2020. El contraste es revelador: mientras la justicia confirma que los señalamientos de fraude fueron infundados, Trump redobla sus esfuerzos por desacreditar los procesos que no le favorecen.
El trasfondo de esta estrategia no se limita a lo electoral. Los arrebatos de grandeza de Trump y sus delirios de “súper presidente” son respaldados por una base de seguidores —los llamados MAGA— que se alimentan de la narrativa del miedo y la desinformación. En ese proceso, contribuyen a acelerar la decadencia de un imperio estadounidense debilitado por múltiples frentes: una deuda descomunal con las principales economías del G7, un involucramiento militar que ha dejado su moral cuestionada en conflictos como Gaza, y un sistema político cada vez más polarizado.
La historia ofrece paralelismos claros. Figuras como Franco en España, Pinochet en Chile, Stroessner en Paraguay o Mussolini en Italia consolidaron su poder erosionando los mecanismos democráticos bajo la excusa de “salvar a la patria”. Hoy, fenómenos similares se repiten con líderes de corte fascista o autoritario que se presentan como salvadores únicos frente a crisis reales o inventadas. Javier Milei en Argentina, por ejemplo, comparte esa narrativa de ruptura, aunque disfrazada de modernidad radical.
Lo que Trump propone al eliminar el voto por correo y restringir las herramientas de participación ciudadana no es una reforma democrática, sino un paso más hacia la instauración de un régimen autoritario. Todo presidente que elimina aquello que no le adula o favorece se convierte en un dictador en potencia. La democracia no se adapta a los caprichos de un líder, mucho menos de uno que ha demostrado desprecio por la verdad y por las instituciones.
Fuentes:
- The Guardian
- The New York Times
- Associated Press
- Reuters



