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viernes, 30 de julio del 2021

La casta en la cúpula

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El proceso revolucionario fue para algunos un doloroso mecanismo de movilidad social. No es que se propusieran tal cosa, pero los procesos históricos no son la conclusión de aquello que inicialmente se pretende, sino que el resultado de multitud de variables que no se controlan y terminan transformando a los sujetos del cambio en un sentido no siempre previsible. Los jóvenes revolucionarios de antaño han terminado convertidos en una élite privilegiada, en una especie de casta surgida de la guerra que hoy ejerce el poder invocando al pueblo, pero solo parar perpetuarse a sí­ misma.

Las castas emergidas de un conflicto armado en favor de la democracia, tienen una visión bastante restringida de los mecanismos de esta. Por lo general, se las arreglan para que las consultas democráticas para optar a grandes cargos partidarios o estatales terminen eligiendo a los señores de la guerra o a sus parientes y allegados. Quienes llegan al ejercicio de un cargo por ví­as meramente polí­ticas tienen menos importancia y jerarquí­a que quienes obtuvieron el mando a través de las armas.

De ahí­ que las castas militares que ocupan cargos en lo más alto de la pirámide del poder centralista y democrático acaben gestionando formas de control polí­tico donde domina un verticalismo que se perpetúa a través de consultas presuntamente populares. Lo suyo es un centralismo a secas que se legitima por medio de una democracia formal.

El FMLN ha perpetuado una especie de militarismo dentro de su mecánica de funcionamiento polí­tico interno. Las bases del Frente solo refrendan colectivamente lo que es obvio: tras un largo esfuerzo bélico, la casta posee el derecho inalienable de dirigir a “su” organización. La democracia interna solo vale para confirmar el poder que la casta ha patrimonializado. En eso se parece mucho a las viejas aristocracias surgidas de la guerra.

Los jóvenes guerrilleros de antaño, hoy viejos, se han ganado el derecho tener en propiedad los cargos de dirección y a perpetuarse en ellos por medio de una democracia simulada que se parece en su formalismo a aquella democracia burguesa que tanto detestaban. Esos rituales electivos, en los que se consulta a las bases quiénes quieren que las dirija, solo son un mecanismo de dominación ideológica en manos de la casta en la cúpula. Esa perversión del centralismo democrático no solo pone en tela de juicio a quien lo instrumentaliza sino que también pone sobre la mesa de discusión la forma en que la izquierda construye su institucionalidad democrática.

Dejar atrás una casta para construir otra de nuevo tipo no deberí­a ser la conclusión de la crisis actual que atraviesa la izquierda salvadoreña. Si desea superar la experiencia polí­tica de la posguerra, la izquierda que viene tendrá que reflexionar sobre sus extraví­os polí­ticos tanto en la teorí­a como en la práctica.

 

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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