Zarko Pinkas-Ramírez |
En el bosque callado la ardilla se apresura.
Junta nueces y avellanas con tenaz premura.
Las oculta en su hueco, su pequeña sepultura,
mientras el otoño pinta el aire de espesura.
El viento trae susurros de escarcha y de tormenta.
Las hojas ya no danzan, la rama se lamenta.
Ella cuenta su tesoro, cree que la sustenta,
y al mundo que se hiela con fe ciega enfrenta.
Llegó el invierno crudo, con su manto funeral.
La nieve cubre el árbol con silencio sepulcral.
Su aliento se hace humo, su fuerza ya es mortal,
y el hambre que guardaba no la salva de su mal.
Desde el hueco helado mira el blanco descender.
Copo a copo el cielo la empieza a adormecer.
Cierra sus ojitos, sin lograr comprender,
que aferrarse a la vida no la pudo sostener.


