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jueves, 05 de agosto del 2021

La actividad polí­tica en la sociedad

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Un primer paso en nuestra reflexión consiste en demostrar la total imposibilidad de encontrar una salida a los problemas nacionales al interior del sistema polí­tico vigente, en la democracia representativa que se practica en el paí­s. No se trata de pensar que el problema reside en el mal uso de algo que funciona en otras partes, no se trata pues de nuestra idiosincrasia, de nuestro modo de ser, globalmente el sistema funciona correctamente en el paí­s; tenemos las mismas instituciones que en cualquier otra parte, tenemos las leyes compatibles al sistema y las organizaciones sociales y polí­ticas que se necesitan para hacerlo funcionar. Muchos de los defectos nuestros los adolecen también otros paí­ses, en donde existen los mismos desperfectos y las mismas corrupciones, apenas si el envoltorio ideológico y la maquinaria mediática son más perfeccionados. También en Europa vemos ministros en la cárcel por diferentes chanchullos, partidos que entran en crisis y están a punto de desaparecer, polí­ticas que se deciden y se ejecutan por influencia de grupos de presión ajenos a las instituciones del Estado y financiados por los grandes consorcios multinacionales. En estas prácticas se acumulan toda suerte de trueques y prebendas. Tampoco podemos negar que nuestras instituciones polí­ticas y republicanas estén cargadas con nuestras propias herencias históricas y agravadas por el carácter despótico de nuestro Estado oligárquico.

Este sistema funciona y cumple su papel para los fines que fue creado, para el beneficio de la clase que domina la sociedad. Este sistema se asienta en una ilusión que encierra la etimologí­a de su nombre: democracia. Surge este sistema con la ausencia de su principal protagonista, el demos (pueblo) no existe realmente en las esferas del poder. Fueron muchas las “reparaciones” que se le aplicaron al sufragio, desde el censatario hasta el universal, la participación popular fue creciendo, no obstante el pueblo siguió ausente del poder. La desilusión también es universal, la participación popular en las elecciones vuelve a disminuir constantemente en todo el mundo, salvo en aquellos paí­ses en los que la participación la volvieron obligatoria.

Esta simple constatación debe alertarnos sobre los riesgos que conlleva buscar remediar nuestra situación a partir del sistema mismo. No podemos pretender reformar el sistema desde adentro, pues para ello serí­a necesario cambiar el objetivo mismo del sistema. El sistema funciona acorde a su función, por consiguiente nuestros objetivos polí­ticos no pueden encerrarse dentro de un marco que se opone y contradice los intereses populares. Las soluciones no están al interior del marco polí­tico existente, obligatoriamente éstas se encuentran afuera. El problema no es simplemente espacial, ese “afuera” es también conceptual, concierne profundamente nuestra manera de pensar lo polí­tico, el quehacer polí­tico. Nuestras actividades deben desarrollarse en un terreno mucho más amplio, un terreno que también contiene al campo polí­tico existente, se trata de toda la sociedad. Es al interior de todas las actividades de nuestra sociedad en la que hay que introducir la polí­tica, pero no la politiquerí­a existente, sino que una polí­tica que estamos obligados a inventar.

Al mismo tiempo nunca se parte de cero, tenemos la experiencia de nuestra historia con varios intentos de superar y resolver la precaria situación de vida de los trabajadores. Es cierto que por el momento tenemos ante nosotros más fracasos que logros. Sin embargo se puede aprender mucho de las derrotas sufridas, si tenemos la lucidez de analizarlas con toda objetividad.

Las circunstancias en que actuamos nos fueron impuestas, el hecho de emprender algo contra la dominación hegemónica de la oligarquí­a, son también intentos de crear nuevas circunstancias. Incluso se intentó por la lucha armada destruir por completo la dominación oligárquica y su Estado. Esta lucha obligatoriamente se situó afuera del marco polí­tico existente, se le oponí­a, lo contradecí­a. Pero al mismo tiempo este tipo de lucha también se nos impuso por las circunstancias, por la voluntad ajena, por la ausencia de “libertades democráticas”, los objetivos que se plantearon entonces eran ambiciosos, tal vez superaban lo que era posible. Lo que se logró por las armas es lo que tenemos ahora y que ahora se nos presenta como inaceptable. Al mismo tiempo se trata de un logro polí­tico no desdeñable. Si es cierto que la vida cotidiana no ha cambiado mucho, que la violencia impera en nuestra sociedad, violencia multiforme, la que se ejerce en los hogares, en la calle por muchos agentes, incluyendo aquí­ las mismas fuerzas del orden y las maras, la que ejerce siempre el Estado con todas y en todas sus instituciones.

Compartir nuestras ideas

Y no obstante esta violencia, la ausencia de cambios substanciales en la vida de todos los dí­as, podemos ahora reunirnos, podemos ahora compartir nuestras reflexiones, podemos publicar y difundir nuestras ideas sin temor y sin las amenazas de muerte que durante décadas pesaron sobre nosotros. Por primera vez vivimos en el paí­s una situación en la que la parte popular puede expresarse. Tampoco idealicemos lo que acabo de señalar, recientemente el expresidente ladrón confeso, Tony Saca, cuando ejercí­a su mandato reprimió y encarceló activistas que defendí­an el agua y el medio-ambiente y se oponí­an a la minerí­a metálica a cielo abierto. Lo que significa que esta relativa libertad es también precaria como la mayorí­a de los aspectos de nuestra vida social.

Volvamos de nuevo nuestra mirada hacia atrás, tuvimos una experiencia enriquecedora, los movimientos sociales de los años setenta fueron reales invernaderos de ideas y prácticas nuevas. Estos movimientos sociales de lucha acogieron en su seno distintas organizaciones, sindicatos, comités e individuos, reunificaron las luchas y fueron creando una correlación polí­tica en la sociedad que tuvo amplias repercusiones. Estos movimientos fueron golpeados por las dictaduras sin ningún miramiento, fueron desacreditadas, acusadas de un sinfí­n de perversiones. Y a pesar de ello lograron sobrevivir y actuar. Paradójicamente fue en este último perí­odo de nuestra historia que los movimientos sociales desaparecieron de hecho. Sin que desapareciera la necesidad socio-polí­tica que las hizo surgir. Esto también es un hecho que merece que en alguna ocasión lo estudiemos detenidamente.

Señalemos dos momentos que nos parecen importantes, estos movimientos sociales no gozaban de total autonomí­a, dependí­an de partidos polí­ticos u organizaciones guerrilleras. Esta dependencia concerní­a los contenidos de sus demandas, el momento de sus acciones y en general la concepción polí­tica general de estos movimientos se pensaba fuera de ellos mismos, sus estructuras organizacionales también fueron transferidas de los partidos y de organizaciones guerrilleras, con el mismo tipo de jerarquí­a y compartimentación. En otras palabras se les impuso un funcionamiento verticalista y un secretismo conspirativo. Es evidente que estos aspectos no surgieron independientemente del funcionamiento de la sociedad y de su sistema polí­tico represivo. Recordemos las masacres, las invasiones de cantones, la represión sindical y de las organizaciones sociales, etc. El peligro de muerte que corrí­an los militantes era permanente. Este peligro de muerte se hizo efectivo en miles de casos, la represión no discriminó a nadie.

El otro aspecto viene ligado al precedente, se compenetran. Se trata de que los movimientos sociales no pudieron pensar su “exterioridad” respecto al campo polí­tico dominante, su oposición era frontal, pero sus acciones, su propaganda, sus proposiciones no salí­an del cuadro institucional impuesto por la oligarquí­a. Oscilaban entre un extremo al otro, por un lodo enarbolaban consignas revolucionarias y de transformación social y por el otro lado la gran parte de sus propuestas eran apenas reformistas (hubo también propuestas de transformación económica y social radicales). Este último aspecto señala con abundancia sus lí­mites polí­ticos y reflexivos. Por supuesto que este vaivén ideológico era inevitable dada nuestra propia historia, como la historia continental y mundial. Algunos puntos que ahora se señalan aquí­ era imposible percibirlos en aquel entonces, porque muchas reflexiones actuales toman en cuenta la misma historia y se han enriquecido por la experiencia misma.

El ejemplo del agua

La exterioridad de la que hablamos aquí­ no significa una cómoda salida hacia un limbo teórico, hacia una permanente reflexión, ni tampoco un desinterés del acaecer diario en nuestra sociedad. Al contrario es urgente ligar indisolublemente la acción y la reflexión, ambas son necesarias. Esta exterioridad tampoco es una total desatención de lo que sucede en el campo polí­tico existente, pues lo que se decide allí­ concierne la vida de los ciudadanos, va a determinar el presente y el futuro del paí­s. Por lo general lo que se decide de primordial en el poder ejecutivo, como legislativo son medidas que empeñan la vida y futuro del paí­s. Medidas positivas para la gente hay que buscarlas con lupa y por lo general son de poco peso, son migajas para contener las protestas a un nivel soportable de gobernabilidad. Si tomamos el ejemplo del agua. El viraje tomado por esta cuestión tan vital se planteó contra la privatización del agua, no obstante esta riqueza natural no puede ser privatizada por la ley misma. Pero sí­ se le puede entregar a sociedades privadas su tratamiento comercial, darles la administración de la extracción, su distribución, su embotellamiento. Los peligros para la comunidad nacional son grandes, no se trata de un simple aumento del precio, sino también del control sanitario del agua que se nos vende, de su cuidado y de su reparto equitativo. Los distribuidores pueden perfectamente privilegiar la exportación pues hay paí­ses que están dispuestos a comprar caro este lí­quido vital, ya sea porque en sus territorios escasea o porque tienen suficientes recursos como para importar y despilfarrarlo. Este despilfarro existe en nuestro paí­s en las piscinas de las mansiones, la que sirve para regar jardines privados, mientras que no hay suficiente agua para regar cultivos en momentos de sequí­a o no. ¿Puede una empresa privada tener como preocupación el uso que se le va a dar al agua? Las empresas privadas no reparan en este tipo de consideraciones, su objetivo son las ganancias, la mayor ganancia posible. El uso presente y futuro del agua tiene aspectos de civilización, concierne la supervivencia de la humanidad.

Lo que está planteado para el interés del paí­s no es la entrega del agua al interés privado, sino que la consolidación, desarrollo y modernización de la empresa estatal, ANDA. Este problema, puntual en apariencia, encierra un sinfí­n de otros, en primer lugar la capacidad de los movimientos sociales (y del partido revolucionario) a  alertar a toda la población del peligro que se corre, sensibilizar a toda la población, pues somos todos los que urgimos que este recurso sea preservado y bien distribuido. Se trata pues de un problema de sociedad. Pero para un movimiento social la lucha no se para en la sensibilización de la población, sino en movilizarla para obtener satisfacción de las exigencias. Hay otro aspecto que se impone al movimiento social: pensar en la función de un organismo estatal como ANDA, como volverlo en realidad una pertenencia del pueblo, cómo darle al pueblo la posibilidad de ejercer control directo de su bien. Con el desarrollo de las luchas, si estas se despliegan, irá apareciendo la necesidad de crear “consejos” o “comités” locales de control y gestión del agua. Una tarea debe de ser la obtención del derecho de controlar la gestión global de ANDA.

Las proposiciones que ahora se discuten no toman en cuenta a la sociedad salvadoreña en su totalidad, la composición misma de los organismos propuestos lleva adentro, hasta la médula de sus huesos la ideologí­a dominante, son organismos con conceptos de jerarquí­a y verticalistas, en los que la representación de los empresarios es predominante. Proporcionalmente su número no corresponde al peso poblacional, ellos son una í­nfima minorí­a. Se les entrega esa predominancia numérica por una pretendida idea de su importancia económica, esta consiste en que son los dueños de los capitales. La clase capitalista ha impuesto la idea de que su existencia es imprescindible, que sin su existencia el paí­s no funcionarí­a, que la economí­a nacional renquearí­a, que son ellos el “motor” del paí­s, como dijera el “revolucionario comandante Leonel”. La economí­a nacional está como está por la incompetencia de esa gente, su voracidad, por su actitud rentista y parasitaria. La gestión de sus capitales constituye la traba más grande para el desarrollo del paí­s, mientras que el trabajo de los asalariados es el que pone en movimiento esos capitales y los valorizan. Sin la fuerza de trabajo esos capitales son materia muerta. Pero la idea dominante es que los capitalistas son buenos administradores, pero sobre todo que el interés de su capital es nuestro interés común. Nos han obligado a pensar que el destino del paí­s depende de esos capitales privados y que el interés de la nación se identifica con el interés del capital.

Grabado de Leopoldo Méndez

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Carlos Ábrego
Columnista Contrapunto
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