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domingo, 25 de julio del 2021

Hey, callejero: te llegará una rosa y yo caminaré siempre adelante

Hay quienes, bajo la cobertura del halo de las musas griegas, son capaces de marcarles las rutas de la vida y el amor a las personas. A mí­ particularmente y no obstante haberme declarado “autista” por ser fanático seguidor de Luis Eduardo Aute desde mi adolescencia ‒”de alguna manera” deslumbrado por la música y la letra de sus célebres piezas de antologí­a– hubo alguien que también, por esos años, me señaló por donde debí­a dirigirme en este insondable y portentoso albur llamado vida. “Era callejero por derecho propio; su filosofí­a de la libertad fue ganar la suya sin atar a otros y sobre los otros no pasar jamás. Aunque fue de todos nunca tuvo dueño que condicionara su razón de ser; libre como el viento era él nuestro perro, nuestro y de la calle que lo vio nacer”.

Cortez, Alberto. Conocido así­ por ser este su nombre artí­stico, lo recordamos en el auditorio de la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador quienes sentimos, vivimos, nos conmovimos y fuimos parte en las décadas de 1960 y 1970 de los estremecimientos de un paí­s convulsionado en el cual comenzaban a sonar ‒todaví­a no tan fuerte‒ los tambores de una guerra que después asoló su territorio. Figurón impecable trajeado de negro completo, quedé impactado con su  vozarrón y su manejo escénico, acompañado solamente por un magistral pianista Entonces no sabí­a que tras haber nacido el 11 de marzo de 1940 en Rancul, La Pampa, Argentina, a este personaje lo registraron donde correspondí­a con el nombre de José Alberto Garcí­a Gallo. Hasta ahora me entero.

“Era un callejero con el sol a cuestas, fiel a su destino y a su parecer, sin tener horario para hacer la siesta ni rendirle cuentas al amanecer; era nuestro perro y era la ternura que nos hace falta cada dí­a más, era una metáfora de la aventura que en el diccionario no se puede hallar”. Fidelidad ‒me enseñó‒ a lo que alguien se plantea libremente como su opción de vida, con pensamiento y criterio propios para establecerla, sin ataduras para sí­ y sin atar a sus semejantes; ternura ante el dolor de la injusticia y disposición para asumir el desafí­o de combatirla. Eso me grabó en la mente y el corazón, hace casi cuatro décadas, el bardo y cortes “callejero” que después de cantarle a las “cosas bellas” hoy ya se marchó con ellas; “se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormido y ya no despertó”.

Por eso ahora le “llegará una rosa cada dí­a”, tal como me enseñó a entender el amor en todas sus dimensiones. Una rosa para él, para mí­, para el pueblo sufrido… Una rosa que “medie en la distancia” para ser necesaria y “silente compañí­a cuando a solas” duela la nostalgia; una rosa que anuncie “tiempos de ventura”, enviada por el “mago fabuloso” y “sigiloso” hacedor de estrellas que queden en la almohada para que “todas ellas” iluminen sueños y esperanzas. Una rosa que nos haga vivir la mañana “entre comillas”; que a nuestras almas ayude a escapar por las ventanas, volando de una orilla a otra orilla.

Para eso, hay que tener “fantasí­a”; quienes no la tengan “no podrán entender, es muy complejo”, cómo “acorta la distancia cada dí­a recibir una rosa desde lejos”. Eso, dí­a a dí­a, equivale a “quitarle al calendario las hojas que nos faltan todaví­a” para dejar de ser solitarios y pasar a ser solidarios; para amar sin reservas con el amor más grande del mundo: el de quien da la vida por quien sufre.

Don Alberto Cortez, usted me enseñó que “en cuanto llama la vida los hijos siempre se van”; los “está esperando el camino y no le gusta esperar”. Por eso, en buena medida, me decidí­ y dejé el hogar para intentar caminar “siempre adelante tirando bien de la rienda”, sin ofender a nadie para que nadie me ofendiera; pero si esto último ocurriera, en consecuencia también me enseñó a enfrentar a quien lo hiciera. Junto a otras y otros como usted, usted me enseñó a caminar “siempre adelante” marcando mi senda y sembrando el “mejor trigo” posible para tener la mejor molienda; apartando las piedras con las que me tope, preocupado por quienes “vienen detrás”; “pensando que hay un mañana”, sin permitirme perderlo por muy buena que esté la cama; sin derrumbarme “por nada” y extendiendo abierta mi mano para quien quiera “estrecharla”. Muchas, pero ¡muchas gracias señorón!

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