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martes, 11 de mayo del 2021

Europa, sola en el mundo de Trump

LONDRES ““ Otra vez sola. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial,  Europa ha mirado al mundo a través de una lenta transatlántica. Ha habido altibajos en la alianza con Estados Unidos, pero fue una relación  familiar construida sobre la sensación de que nos respaldarí­amos mutuamente en una crisis y de que somos esencialmente parecidos.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos amenaza  con poner fin a todo esto -al menos por ahora-. Trump cree más en los muros y en los océanos que en la solidaridad con los aliados, y dejó en claro que colocará a Estados Unidos no sólo en primer lugar, sino también en segundo y tercero. "Ya no someteremos a este paí­s o a su pueblo", declaró Trump en su principal discurso sobre polí­tica exterior,  "al falso canto de la globalización".

Los europeos no sólo tendrán que acostumbrarse a Trump; también van a  tener que mirar al mundo con ojos diferentes. Existen cuatro razones para esperar que los Estados Unidos de Trump sean la mayor fuente única de desorden global.

Primero, las garantí­as norteamericanas ya no son confiables. Trump ha  cuestionado si defenderí­a o no a los miembros de la OTAN en Europa del este si ellos no hací­an más para defenderse a sí­ mismos. Ha dicho que Arabia Saudita deberí­a pagar por la seguridad norteamericana. Ha alentado a Japón y a Corea del Sur a conseguir armas nucleares. En Europa, Oriente Medio y Asia, Trump ha dejado en claro que Estados Unidos ya no desempeñará el papel de policí­a; por el contrario, será una  compañí­a de seguridad privada lista para ser contratada.

Segundo, las instituciones globales estarán bajo ataque. Trump esencialmente rechaza la visión de que el orden mundial liberal que Estados Unidos construyó después de la Segunda Guerra Mundial (y que expandió después de la Guerra Frí­a) es la manera más económica de defender los valores y los intereses norteamericanos. Al igual que George W. Bush después del 11 de septiembre de 2001, ve a las instituciones globales como restricciones intolerables a la libertad de acción de Estados Unidos. Tiene una agenda revisionista para casi todos estos organismos, desde la Organización Mundial de Comercio hasta la OTAN y las Naciones Unidas. El hecho de que quiera poner en práctica el "arte de la negociación" en todas las relaciones internacionales -renegociando los términos de cada acuerdo- probablemente genere una respuesta negativa similar entre los socios de Estados Unidos.

Tercero, Trump cambiará por completo las relaciones estadounidenses. El mayor temor es que sea más amable con los enemigos de Estados Unidos que con sus aliados. El principal desafí­o para los europeos es su admiración por el presidente ruso, Vladimir Putin. Si Trump, al querer congraciarse con Putin en busca de un gran acuerdo, reconoce la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, la UE quedarí­a relegada a un papel  casi imposible.

Cuarto, hay que tener en cuenta la imprevisibilidad de Trump. Inclusive durante los 18 meses de la campaña presidencial, Trump ha tenido opiniones enfrentadas sobre casi todas las cuestiones. El hecho de que hoy dirá lo contrario de lo que dijo ayer, sin admitir que ha cambiado de opinión, muestra hasta qué punto el capricho es su método.

Uno de los beneficios del sistema polí­tico estadounidense es que ofrece un perí­odo de gracia de dos meses para prepararse para el mundo de Trump. ¿Qué deberí­an hacer los europeos al respecto entonces?

En primer lugar, necesitamos intentar que aumente nuestra influencia sobre Estados Unidos. Sabemos por los escritos y el comportamiento de Trump que probablemente se asemeje a otros presidentes fuertes y trate la debilidad como una invitación a la agresión. La experiencia en Irak nos ha demostrado que una Europa dividida tiene poca capacidad para influir sobre Estados Unidos. Pero cuando Europa ha trabajado de manera conjunta -en materia de privacidad, polí­tica de competencia e impuestos-, negoció con Estados Unidos desde una posición de fortaleza.

Lo mismo fue válido para la llamada polí­tica E3+3 sobre Irán -cuando los grandes estados miembro de la UE, al mostrarse unidos, lograron modificar la postura de Estados Unidos-. Para estar en una posición de ventaja, la UE ahora necesita iniciar un proceso para acordar polí­ticas comunes sobre seguridad, polí­tica exterior, migración y economí­a. Será difí­cil, ya que Europa está muy dividida, sumado al hecho de que Francia  le teme al terrorismo, Polonia le tiene pavor a Rusia, Alemania está exacerbada por la cuestión de los refugiados y el Reino Unido está decidido a obrar por cuenta propia.

En segundo lugar, los europeos deberí­an mostrar que son capaces de construir alianzas con otros. La UE debe dialogar con otras potencias  para apoyar a las instituciones globales contra el revisionismo de Trump. Y también necesita diversificar sus relaciones de polí­tica exterior. En lugar de esperar a que Trump margine a la UE y priorice a Rusia y a China, los europeos deberí­an hacer su propio juego. ¿Deberí­an,  por ejemplo, comenzar a consultar con los chinos sobre el embargo de armas de la UE para recordarle a Estados Unidos el valor de la alianza transatlántica? ¿Podrí­a la EU desarrollar una relación diferente con Japón? Y si Trump quiere hacerse amigo de Rusia, ¿no deberí­a acaso poner  en práctica el proceso de Normandí­a respecto de Ucrania?

En tercer lugar, los europeos necesitan empezar a invertir en su propia seguridad. De Ucrania a Siria, de los ciberataques a los atentados terroristas, la seguridad de Europa está siendo puesta a prueba de diferentes maneras. A pesar de que, intelectualmente, se entiende que 500 millones de europeos ya no pueden contratar su seguridad a 300 millones de norteamericanos, la UE ha hecho poco por achicar la brecha entre sus necesidades y sus capacidades de seguridad. Es hora de fortalecer el plan franco-alemán para la defensa europea. Y será importante encontrar maneras institucionalizadas de incorporar al Reino Unido a la nueva arquitectura de seguridad de Europa.

En todas estas áreas, los europeos deben mantener la puerta abierta a  la cooperación transatlántica. Esta alianza -que muchas veces ha salvado a Europa de sí­ misma- es más importante que cualquier individuo.  Y, en cualquier caso, Trump no durará para siempre. Pero es más factible que la relación transatlántica sobreviva si se basa en dos pilares que entienden y defienden sus propios intereses.

Resultará difí­cil adoptar esta agenda -particularmente porque Europa enfrenta su propia marca de nacionalismo populista-. La lí­der del Frente  Nacional de extrema derecha de Francia, Marine Le Pen, fue una de las primeras personas en felicitar a Trump por su victoria, y Trump ha dicho  que pondrí­a al Reino Unido al frente de la fila después del Brexit. Pero inclusive a los lí­deres más parecidos a Trump de Europa les resultará más difí­cil defender su interés nacional si intentan actuar por cuenta propia. Para sobrevivir en el mundo de Trump, deberí­an intentar hacer que Europa sea grande otra vez.

  Mark Leonard es director del Consejo Europeo sobre Relaciones Exteriores.

© Project Syndicate 1995″“2016

Mark Leonard
Mark Leonard
Mark Leonard es un científico político británico y escritor. Es el director del Consejo europeo de Relaciones Exteriores. Analista internacional y columnista de ContraPunto

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