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lunes, 10 de mayo del 2021

En el día mundial de la televisión

Quizá en ningún otro medio de comunicación como en la televisión se hacen presentes las contradicciones de la  modernidad.  Más allá de su naturaleza de las nuevas existencias  tecnológicas, lo medios de comunicación siguen siendo el reflejo de las condiciones culturales, políticas y sociales de un país.

Mientras unos se centran en el debate de la existencia de lo público y lo privado, existe una corriente que augura el futuro de la televisión  encaminada a una tendencia ineludible para desarrollar su potencial en los temas culturales, que englobaría el registro de todas las actividades de una sociedad.

En El Salvador, desde su origen sus concesiones fueron establecidas y entregadas a sectores privados, que finalmente se convirtieron en consorcios televisivos, que con el paso de los años se fueron   fortaleciendo convirtiéndose en acumulaciones de capitales económicos y de poder político, pero que también se convirtieron en espacio de desarrollo  para el periodismo local.

Para nadie de los que estamos sumergidos en los medios de comunicación en el país, es desconocido que a mediados de los 80’s se convirtió especie de un parte aguas histórico para el desarrollo de la televisión el país, la cobertura del conflicto armado y la concurrencia de periodistas de las cadenas internacionales y la creación de noticieros con una  vocación y dirección más democrática permitió dar ese paso.

Puedo mencionar al empresario  Jorge Zedán,  hijo mertisimo de El Salvador, por decreto legislativos y premio  María Moors Cabot, quien hizo  más competitivo y profesional el negocio de la televisión, creando la posibilidad de que una generación de periodistas se desarrollaran y aparecieran en cámaras, responsabilizándose de sus notas, de igual manera que presentadores de noticias se proyectaran,  junto a camarógrafos, sonidistas, realizadores y productores para dar  inicio a una  nueva era de la televisión salvadoreña.

En términos periodísticos es ineludible reconocer a Narciso Castillo, quien formó talentos periodísticos de hombres y mujeres que pasaron por las cámaras y brindaron cobertura especializadas y que permitió las primeras entrevistas donde se expresaron pensamientos multilaterales de la sociedad salvadoreña, incluso entrevistas de  protagonistas que sintieron la agudeza de las preguntas de sus periodistas, cuando en este país, hablar de transparencia de sacar a los responsables de crímenes políticos era un mito fundacional.    

A veinte años de este siglo, lo retos de la televisión siguen presentándose en desafíos tecnológicos y humanos, la digitalización y el apagón análogo es una realidad cercana que lleva también a reflexionar sobre los contenidos, la crítica de televisión no existe, los talentos son rotativos, dejan de trabajar en un canal televisivo y posteriormente aparecen en otros, la generación de los que impulsaron la televisión a mejores derroteros está olvidada y los sobreviviente o veteranos son pocos en la empresas televisivas actuales, se aplicó una especie de Darwinismo social y aunque hay un reducto de esa escuela, otros patrones de ligereza de falencia y talentos se imponen.

La misma televisión cultural educativa, nunca volvió a retomar su rol original, pese a ser la mejor edificación con las condiciones de infraestructuras y aunque tiene su papel histórico, la entrega, la pasión y la creatividad con la que la se hizo en el pasado, hoy solo forman parte de un sucio y polvoso recuerdo de gallardía de hombres y mujeres de la televisión.

Las Naciones Unidas proclamaron el Día Mundial de la Televisión, cada 21 de noviembre exhortando a la divulgación e intercambio de contenidos como la paz, la seguridad, el desarrollo económico y social en la promoción de los seres humanos, un reto elevado para un país que pese a haber frenado una guerra, sigue sumergido en elevados niveles de violencia, a veces alentados por contenidos y antivalores que acrecentar a las generaciones a repetir los errores del pasado.  

Y a pesar de que no todo está perdido, hay que reconocer la existencia de productores de talento elevado que han hecho de las producciones audiovisuales salvadoreñas nuestras cartas de presentación y que hoy por hoy, llevan el estandarte.  La productora Meridiano 89, bajo el timonel de Santiago Gutiérrez y Carlos Figueroa, por  mencionar un ejemplo,  cuyas producciones han pasado las fronteras y has trascendido a empresas y consorcios como HBO y despertando el interés de Netflix y otras plataformas visuales, elevándolas al cine y ser transmitidas como producciones salvadoreñas ejemplares, es solo un esfuerzo en medio del pesimismo que me evocan la canción de Fito Paéz, parte de aire… “quien dice que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.

Rigoberto Chinchilla
Rigoberto Chinchilla
Periodista de APES

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