Por Alonso Rosales Analista internacional
Durante décadas, el conflicto entre Israel y Palestina ha sido abordado desde narrativas simplificadas que evitan analizar una realidad incómoda: cuando la violencia se convierte en política de Estado, sus efectos trascienden fronteras. Hoy, tras dialogar con múltiples analistas internacionales especializados en terrorismo y Medio Oriente, emerge una tesis compartida que merece ser expuesta con claridad.
La estrategia del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en la Franja de Gaza ha dejado de ser una respuesta defensiva para transformarse en un ejercicio sistemático de castigo colectivo. El uso del hambre como arma, la muerte masiva de civiles —niños, niñas y ancianos incluidos— y la destrucción deliberada de condiciones mínimas de vida configuran, según estos expertos, una forma de terrorismo de Estado institucionalizado.
No es casual que Netanyahu enfrente señalamientos en tribunales internacionales y una orden de captura emitida desde La Haya. Tampoco es un secreto que cuenta con el respaldo político incondicional de los Estados Unidos, un blindaje que lo mantiene al margen de consecuencias reales. Esta protección, sin embargo, tiene un costo que el mundo comienza a pagar.
Mientras líderes occidentales expresan indignación por ataques contra comunidades judías en países como Australia, omiten reconocer la relación directa entre estas tragedias y la política exterior israelí. Analistas advirtieron con antelación que la violencia indiscriminada en Gaza provocaría radicalización, la aparición de “lobos solitarios” y atentados contra intereses judíos y estadounidenses en distintas regiones del planeta.
Los hechos recientes confirman estas alertas. Ataques contra ciudadanos estadounidenses en Medio Oriente y actos de violencia masiva en países aliados no son episodios aislados. Para los grupos yihadistas islámicos, estas acciones representan actos de retaliación simbólica frente a lo que perciben como una agresión constante contra el pueblo palestino.
¿Se detendrá esta espiral? Difícilmente, mientras se insista en combatir únicamente las consecuencias y no las causas. Llamar a la comunidad internacional a luchar contra el antisemitismo sin revisar las políticas que alimentan el odio es una estrategia condenada al fracaso.
La única salida sostenible pasa por un cambio profundo de enfoque: Israel debe aprender a convivir con el pueblo palestino como vecino, no como enemigo permanente. El respeto a la vida civil y al derecho internacional no es una concesión política, sino una necesidad estratégica.
Sin embargo, Netanyahu parece aferrado al conflicto. Su perfil guerrerista, sumado a los señalamientos por corrupción interna, explica por qué la guerra se ha convertido en su principal mecanismo de supervivencia política. El belicismo no es solo una política exterior; es una estrategia de poder personal.
Mientras esta lógica prevalezca, la violencia no quedará confinada a Gaza. Seguirá proyectándose, de forma trágica, sobre ciudadanos israelíes, judíos y aliados occidentales en cualquier parte del mundo. Ignorar esta conexión no protegerá a nadie. Al contrario, perpetuará un ciclo que solo produce más muerte, más odio y más inestabilidad global.


