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martes, 03 de agosto del 2021

El problema de la democracia

Desde su lógica numérica, la democracia es un sistema que no prevé los vicios de una sociedad polarizada y con baches en su sistema de valores. ¿Qué sucede con las minorí­as que, al no contar con peso estadí­stico, quedan relegadas a ser voces disidentes, aplastadas por las mayorí­as prejuiciosas y desinformadas?

El debate sobre lo que los gobernantes deben hacer (si cumplir la voluntad popular o lo que razonablemente podrí­a considerarse “lo correcto”, y que muchas veces no coincide una con otra) podrí­a zanjarse con una tercera ideologí­a que va más allá de las izquierdas y derechas de la Guerra Frí­a: la historicidad polí­tica desde las ví­ctimas.

Monseñor Romero lo llamó la “opción preferencial por los pobres” e Ignacio Ellacurí­a lo elevó de teologí­a al grado de filosofí­a y teorí­a polí­tica, como una respuesta a lo que él llamó “la civilización del capital”. Se trata de “creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección”.

En ese sentido, los pobres, como ví­ctimas de un sistema injusto y en cuyo nombre podrí­amos incluir al resto de sectores históricamente reprimidos, construyen y participan en el desarrollo de cambios que permitan la dignificación de las ví­ctimas a partir del principio de justicia.

La visión de la realidad desde la perspectiva de quien sufre es, quizá, la más ética de todas las ideologí­as posibles, pues en principio se basa en generar polí­ticas que reparen los daños provocados por siglos de desigualdad y abandono Estatal, y además prevenir que estos se repitan.

Como sistema, la democracia se enriquece de la diversidad de voces. Sin embargo, tampoco debe perderse de vista que hay voces con más peso que otras por el valor monetario, influencia polí­tica o conveniencia que representan.

El gobierno ideal, el “gobierno para todos”, no existe y debemos desidealizar a la democracia como la madre del consenso, porque no lo es.

No obstante, solo el punto de vista de quienes sufren puede ofrecer una imagen real de los vicios que la sociedad debe corregir. Y es ahí­ donde los gobernantes y los tomadores de decisiones pueden usar el sistema para generar cambios.

Las leyes, polí­ticas y decisiones estatales deberí­an, por principio constitucional, estar orientadas a dignificar a los sectores más precarios, a las ví­ctimas.

Cualquier ley que busque proteger a criminales, corruptos, ineptos y violadores de cualquier tipo, es en principio una ley inconstitucional y por tanto debe ser desconocida, aunque cuente con el apoyo de una mayorí­a.

El problema de la democracia radica en su aplicación, en su ejercicio como herramienta de poderes que, desde mucho antes de la adopción de este sistema, ya gobernaban, ya oprimí­an y ya construí­an sobre las espaldas de las ví­ctimas sus emporios de desigualdad.

El problema de la democracia es que las mayorí­as no siempre tienen la razón. La solución es la población ví­ctima que no se siente representada por el Estado.

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