Por Alonso Rosales
El primer año del pontificado de Papa León XIV ha estado marcado por una postura firme en defensa de los migrantes, de la paz mundial y de los derechos humanos. Su liderazgo se ha caracterizado por un estilo sobrio, distante del populismo y de la búsqueda de popularidad inmediata. Habla poco, pero cuando lo hace, sus palabras tienen peso moral y político dentro del marco de la doctrina social de la Iglesia y del pensamiento cristiano.
Desde el inicio de su pontificado, León XIV ha insistido en que la Iglesia no puede permanecer en silencio frente a la desigualdad, la explotación y las guerras. Durante su reciente visita al continente africano, expresó una de las frases más contundentes de su pontificado: “No es posible que un continente tan rico solo venga a ser explotado y que no haya una mano que dé”. Con esas pocas palabras cuestionó décadas de saqueo económico y abandono político hacia África, una región rica en minerales, petróleo y tierras raras, pero golpeada históricamente por la pobreza y los conflictos armados.
El pontífice también ha reiterado su rechazo al uso de las armas nucleares y a la escalada militar en distintas regiones del mundo. Su mensaje ha incomodado a diversos sectores políticos internacionales, incluyendo a líderes de las grandes potencias. León XIV sostiene que ninguna nación debería justificar la guerra como método permanente de resolución de conflictos y ha defendido el diálogo como única salida verdadera para evitar tragedias humanas.
En medio de las tensiones geopolíticas actuales, el Papa ha condenado el uso y la amenaza de las armas nucleares para cualquier país. Ese debate inevitablemente revive uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en Japón durante la Segunda Guerra Mundial.
El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima la bomba atómica llamada “Little Boy”. Tres días después, el 9 de agosto, lanzó sobre Nagasaki una segunda bomba llamada “Fat Man”. Se estima que entre ambas explosiones murieron de manera inmediata más de 200 mil personas, aunque el número total aumentó con los años debido a las secuelas de la radiación, el cáncer y las deformaciones congénitas que afectaron a generaciones enteras de japoneses. Han transcurrido 81 años desde aquella masacre que marcó para siempre la historia de la humanidad.
Aunque ocurrió en el contexto de una guerra mundial, múltiples voces históricas y humanitarias han señalado que incluso la guerra tiene límites éticos y jurídicos. Las imágenes de Hiroshima y Nagasaki continúan siendo símbolo del horror nuclear y una advertencia sobre los riesgos de repetir semejante destrucción.
El pontificado de León XIV surge precisamente en un tiempo marcado por tensiones internacionales, conflictos armados, disputas energéticas y crisis migratorias. El Papa ha denunciado además la desigualdad económica y los nuevos imperialismos vinculados al control de recursos energéticos y tecnológicos.
En paralelo, la crisis internacional también ha golpeado el bolsillo de millones de ciudadanos. En Estados Unidos, los precios del combustible han registrado fuertes incrementos durante 2026. Estados como California, Hawái y Washington encabezan la lista de los combustibles más caros del país. En California, por ejemplo, el galón de gasolina regular superó los 5.36 dólares, mientras que Hawái y Washington registraron precios cercanos a los 4.70 dólares por galón.
En contraste, varios países europeos presentan precios todavía más elevados debido a impuestos ambientales y costos energéticos. En Países Bajos, la gasolina supera los 2.30 euros por litro, mientras que Finlandia registra uno de los diéseles más caros de Europa, con más de 2.33 euros por litro.
En este contexto global, la prensa mantiene un papel fundamental como fiscalizadora del poder político y económico. El periodismo ético continúa siendo indispensable para denunciar abusos, revelar verdades incómodas y defender el derecho ciudadano a la información. En tiempos de conflictos internacionales, tensiones nucleares, crisis energéticas y concentración de poder, el deber del periodista sigue siendo el mismo: decir la verdad, aunque incomode a gobiernos, élites económicas o líderes mundiales.


