Zarko Pinkas-Ramírez |
Desde la penumbra de mi cuarto escucho al gato, da ladridos de pasión mientras la noche se quiebra en sus alaridos, y yo, inmóvil, atrapado en esta pierna que arde como hierro viejo, lo oigo caminar sobre la ventana, como si cada paso suyo fuera un eco de mi propio dolor, como si supiera que algo dentro de mí se está rompiendo lentamente, sin nombre, sin remedio.
En la ventana puedo ver sus ojos brillar, dos brasas suspendidas en la negrura, un demonio paciente que no parpadea, que observa, que espera, mientras mi cuerpo se convierte en una prisión de huesos tensos y nervios encendidos, y cada latido es una punzada que sube, que baja, que no se detiene, como si la noche me estuviera masticando desde adentro.
Ese gato que observa por mi ventana, con sus bigotes brillantes y sus orejas abiertas como alas de sombra, lanza alaridos profundos que se mezclan con mi respiración cortada, y ya no sé si es él quien grita o si soy yo, deshecho en silencio, preguntándole a la oscuridad qué nombre tiene este dolor que no cede, que no duerme, que me vigila como él, inmóvil, constante.
Y entonces entiendo, en ese instante sucio de madrugada, que el gato no está afuera, que no camina sobre la ventana, sino dentro de mí, arañando los huesos, clavando sus uñas en la carne invisible del miedo, mientras la noche se estira interminable, y yo quedo aquí, mirando hacia ese brillo, esperando que el dolor, como el gato, algún día decida marcharse.


