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lunes, 02 de agosto del 2021

El fin del sueño chino de Europa

La política previa de la UE para China se basaba en la llamada apuesta de convergencia, que sostenía que China se convertiría gradualmente en un ciudadano global más responsable si era aceptado en los mercados e instituciones globales internacionales

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BERLÍN – Un cambio de paradigma está teniendo lugar en las relaciones entre la Unión Europea y China. La crisis del COVID-19 ha desatado un nuevo debate al interior de Europa sobre la necesidad de una mayor “diversificación” de la cadena de suministros y, por ende, de una desvinculación controlada de China. No será una tarea fácil y no sucederá en lo inmediato. Pero, claramente, Europa ha abandonado su ambición previa de una relación económica bilateral mucho más integrada con China.

En el pasado, cuando los europeos exigían reformas comerciales, económicas y de política exterior respecto de China, su esperanza siempre consistía en mejorar el contacto con el país logrando, al mismo tiempo, que la relación fuera más justa y más recíproca. El objetivo básico era extender el comercio bilateral y abrir el mercado chino a las inversiones europeas. Aun cuando la Unión Europea endureció su estrategia para con China, su objetivo seguía siendo profundizar los lazos económicos con el país. La creación de nuevos instrumentos de la UE para monitorear las inversiones y aplicar medidas antimonopolio era presentada como una medida pesarosa pero necesaria para crear las condiciones políticas para una mayor cooperación.

En un informe publicado a comienzos de este mes, Andrew Small del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores sostiene que el compromiso de la UE con China tendrá de ahora en más un nuevo propósito: estructurar la relación sino-europea de manera tal que reduzca la dependencia de Europa del comercio y la inversión chinos. El nuevo consenso es que los europeos deberían estar más aislados de los caprichos de gobiernos extranjeros poco confiables y autoritarios, ya sea en Beijing o en Washington. 

Este nuevo pensamiento es evidente en las declaraciones de los altos funcionarios de la UE. Por ejemplo, Josep Borrell, el alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, recientemente instó a los europeos a achicar y diversificar sus cadenas de suministro, y a considerar un desplazamiento de sus vínculos comerciales de Asia a Europa del este, los Balcanes y África. En una tónica similar, la comisaria de la competencia de la UE, Margrethe Vestager, quiere cambiar las reglas de ayuda estatal para proteger a las empresas europeas de las adquisiciones chinas.

Por su parte, la mayoría de los gobiernos europeos no quiere un cambio en la estrategia. Hasta ahora, han invertido fuertemente en desarrollar una relación de cooperación con China; en un nivel práctico, están desesperados por recibir suministros médicos de fabricación china que los ayuden a superar la pandemia.

Sin embargo, tres factores han alterado el cálculo estratégico de Europa. El primero es un cambio de largo plazo dentro de China. La política previa de la UE para China se basaba en la llamada apuesta de convergencia, que sostenía que China se convertiría gradualmente en un ciudadano global más responsable si era aceptado en los mercados e instituciones globales internacionales. 

En cambio, sucedió lo contrario. Bajo la presidencia de Xi Jinping, China se ha vuelto más autoritaria. En tanto el estado chino ha aumentado su papel en la economía y los mercados chinos se han vuelto menos hospitalarios para las empresas europeas, las políticas insignia de Xi –Hecho en China 2025, Estándares de China 2035 y la Iniciativa Un Cinturón, Una Ruta- no sólo han dejado afuera a las empresas europeas del mercado chino, sino que también exportaron el modelo de China al exterior. China ya no compite simplemente por una participación de la producción de bajo valor agregado. Rápidamente está ascendiendo en la cadena de valor global y penetrando en aquellos sectores que los europeos consideran centrales para su propio futuro económico.

Segundo, Estados Unidos, cada vez más, ha adoptado una postura de línea dura hacia China, particularmente desde que el presidente norteamericano, Donald Trump, llegó a la Casa Blanca. Mucho antes de la pandemia, un “desacople” más amplio de las economías estadounidense y china parecía estar en marcha. Este cambio se produjo de manera bastante abrupta y fue una sorpresa para los europeos, quienes de repente tuvieron que preocuparse por no convertirse en un animal atropellado en el juego de la gallina sino-norteamericano.

Consideremos la manera en que muchos estados europeos se esfuerzan por aplacar tanto a Estados Unidos como a China por el rol del gigante tecnológico chino Huawei en la construcción de las redes 5G europeas. En teoría, el nuevo escepticismo de Europa frente a China debería haber dado lugar a una cooperación transatlántica más estrecha sobre esta cuestión. Pero al asediar a Europa con aranceles, sanciones secundarias y otros ataques no provocados, la administración Trump ha enlodado lo que debería haber sido una opción clara.

Sin embargo, el tercer desenlace (y el más sorprendente) ha sido el comportamiento de China durante la pandemia. Después de la crisis financiera global de 2008, China parecía estar a la altura de una potencia global responsable, participando de esfuerzos de estímulo coordinados y hasta comprando euros e invirtiendo en economías escasas de liquidez. Esta vez no.

Consideremos un episodio revelador de la pandemia. A comienzos de este año, en tanto el coronavirus hacía estragos en Wuhan, los estados miembro de la UE enviaron casi 60 toneladas de equipos médicos a China. Gran parte de estos equipos salieron de los acopios estratégicos nacionales y se enviaron discretamente, a instancias de China. En cambio, cuando la pandemia llegó a Europa, el gobierno chino hizo un gran show de ofrecer “ayuda” a Europa –gran parte de la cual, en realidad, vino con un precio.

Peor aún, China ha estado usando la pantalla de la crisis del COVID-19 para implementar acuerdos económicos políticamente polémicos, como el plan ferroviario de Belgrado-Budapest financiado por China que se filtró de contrabando en la legislatura de Hungría como parte de su paquete de emergencia por el COVID-19. De la misma manera, Huawei ha argumentado a viva voz por qué la crisis justifica una instalación aún más acelerada de las redes 5G. Y, en el Reino Unido, un fondo de capital riesgo de propiedad del estado chino recientemente intentó tomar control de uno de los principales fabricantes de chips del país, Imagination Technologies.

Lo más preocupante, sin embargo, ha sido la explotación por parte de China de las necesidades sanitarias para hacer avanzar sus propios intereses políticos mezquinos. Por ejemplo, las autoridades chinas han advertido a Holanda que los envíos de suministros médicos esenciales pueden frenarse en represalia por la decisión del gobierno holandés de cambiar el nombre de su oficina diplomática en Taiwán.

Desde que estalló la crisis, la UE se ha mostrado más dispuesta a rechazar las campañas de desinformación chinas, y ha adoptado medidas para proteger a las empresas europeas en dificultades de ser compradas por inversores chinos. Pero las medidas más serias todavía no se tomaron. Los europeos pronto dejarán de hablar de “diversificación” y pasarán a implementarla.

De una manera u otra, los cambios estructurales que se están produciendo en el orden global quizás hayan generado, de todos modos, un nuevo debate sobre China. Pero ahora que el COVID-19 ha dejado al descubierto las dependencias de Europa y las verdaderas intenciones de China, un cambio estratégico está muy avanzado.

Mark Leonard es director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

 

Copyright: Project Syndicate, 2020. www.project-syndicate.org

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Mark Leonard
Mark Leonard es un científico político británico y escritor. Es el director del Consejo europeo de Relaciones Exteriores. Analista internacional y columnista de ContraPunto
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