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martes, 27 de julio del 2021

El epitafio del mundo

Aquí yace conmigo la humanidad entera, que 20 siglos después, volvió a ser arrasada por el contagio del extraño padecimiento llamado miedo

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Al tragar el último pedazo de pan, Jesús vio un plato vacío, torció la cabeza y se figuró el rostro de Magdalena, ese pensamiento fugaz se diluyó cuando Pedro le dijo: -Maestro ya es hora de irnos, no hay nadie en las calles y hay una epidemia.

Todos abandonaron la mesa rustica donde estaba sellada su muerte, entre los despojos de comida y el vino derramado que goteaba, como si fuera la sangre del aquel hombre que aún tenía pegado en su paladar el sabor a óxido de la certera muerte.

 Miró a su alrededor, nadie estaba, nadie venía detrás; entonces Dijo para sí: -Tienen miedo del contagio, como que si esto se acabara con el horror.

Desde lejos escuchó el ruido de la traición, cuando Judas llegó acompañado por unos soldados. Lo señalo desde un páramo: -Allá está, por la epidemia no se acerquen- y los soldados le gritaron desde el otro lado de los olivares que se entregara.

Anás lo quedó viendo de reojo, le daba vergüenza la sangre de los demás, lo empujó por el patio y le ofreció agua turbia. No quiso nada, solo se sentó al borde de una pilastra donde secaban granos, miró la luna de nuevo, era más lejana, se sintió abandonado. Miró sus pies y estaban carcomidos por el polvo y cerca de ellos estaba una naranja, la agarró con la mano y pensó en el mundo, pero volvió a poner la naranja en el mismo sitio y se paró y dijo con la respiración sacudida por la fuerza de su sabiduría:

– Llévaselo a Pilatos, él es el gobernante romano en Judea, él sabe qué hacer con este insurrecto, además él sí sabe para qué es el poder. Y desde el otro lado de la ventana, muy lejano se escuchó la risa de la mujer.

-No hay nadie en las calles- dijo Anás -Todos están encerrados por la epidemia- volvió a decir con la voz cansada. Jesús no lo vio, pero se detuvo y dijo: – Habrá noches más oscuras que esta, pero la humanidad no lo entenderá-. Anás tampoco entendió y siguieron. Al llegar vieron todo abandonado, las guarniciones romanas habían sido abandonadas en sus puestos y solo un soldado desde lo alto de una torre les gritó:

-Al gobernador- gritó Anás.

Y no lo vieron. Pilatos estaba encerrado y solo la voz temblaba desde adentro:

-La especialidad de él es matar niños- dijo Anás.

Jesús entonces se acordó que 33 años atrás en Belén, el mismo Herodes lo había mandado a buscar para matarlo. Nuevamente el destino lo ponía de frente, como en una ronda de juegos macabros, la vida estaba en las manos de aquel asesino que lo buscaba desde que nació en un pesebre, entre el estiércol de las vacas, y ahora sentía ese olor en el recuerdo de Herodes.

– Vayan de nuevo donde ese cobarde y que haga su trabajo- dijo herodes y se quedó dormido, o muerto, pero estaba arrinconado en un sillón rojo sin aliento ya.

 -Ni modo, pero no hay nadie a estas horas, ni guardias, mañana le vamos a preguntar a la gentuza, entre tu crucifixión o la de Barrabás.

A la mañana siguiente el soldado que estaba en la torre la noche anterior, se les acercó, les abrió la bartolina y solo en ese instante Jesús se dio cuenta que los pies del soldado tropezaban porque estaba quedando ciego, era casi un niño con los ojos blancos, inundados de cataratas, tenía los corneas escarchadas, aun así caminaba arrinconado en la pared, pero con fuerza para sostener las cadenas que arrastró para llevarlos donde Pilatos, que lavándose las manos en tiempos de virus les dijo:

-La muerte no la merece ninguno, pero tengo que cobrar sueldo de asesino, entonces ustedes decidan-.

– Mi reino si es de este mundo, por eso soy ladrón-. dijo complaciente Barrabás, con la sonrisa en forma de puñal.

Jesús respondió: -Cuando se te acabe el color de la piel-

Jesús cruzó el pueblo con la cruz en silencio, ningún soldado iba con él, nadie lo azotó, ni le puso espinas, las torturas de la noche anterior aun le tenía descocidos los labios y rotas las costillas peros sus pies estaban firmes y traspasó las calles empedradas, polvorientas y callejones, pasó por andurriales arrastrando la cruz, se paró en pleno sol del mediodía, miró las puertas cerradas, ventanas selladas, solo los murmullos de la gente que arrastraba el viento y desaprecian antes de llegar a sus oídos. Jesús en ese momento, entonces se puso en cuclillas y se cubrió la cara con la cruz y sin que la historia lo supiera, lloró amargamente, apretando los ojos y saciando el dolor que estremecía el día, cuando las lagrimas surcaban las puñaladas del corazón. En la esquina de esa calle había un burdel, cerrados como todos, pero el lamento de Jesús hizo que se entreabriera una ventana de madera podrida, por donde solo cabía la mitad del ojo y desde allí lo miraba Barrabás, llorando como él, porque también se había recordado de la infancia, con su único amigo en su desgraciada vida; pero no había dicho nada por no estropear el momento miserable de una cárcel, que le había puesto el destino para compartirla con el hijo del mismísimo Dios.

Siguió caminado y subió la cuesta polvorosa del Calvario, allí se detuvo, puso la cruz y se sentó; esperó algún soldado… o algún sicario contrato de último momento para que lo matara.

Como un viejo amigo ya, pero el soldado ciego se arrodilló y sacó de un morral los tres clavos y un martillo y le dijo en la blancura de la mirada espantosa de la tarde:

El día se apagó. El soldado esperó a que se muriera para cumplir a cabalidad con su misión… Jesús desde lo alto lo miraba, el soldado sacó una naranja del bolso y la partió con una cuchilla y la exprimió en la boca, el soldado masticaba y con los labios pegajosos lanzaba las semillas al pie de la cruz ensartada en la tierra. Entonces el soldado ciego levantó la vista clara, y le grito desde abajo: – ¡Ya puedo ver, es un milagro! – y se restregó los ojos para convencerse y era cierto, tenía la mirada sana.

Lo llevaron arrastrado, hasta el Gólgota que estaba en el noroeste de la ciudad de Jerusalén, en una cantera de piedra caliza donde fue sepultado en una rupestre tumba con un epitafio: Aquí yace conmigo la humanidad entera, que 20 siglos después, volvió a ser arrasada por el contagio del extraño padecimiento llamado miedo.

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Allan McDonald
Caricaturista e ilustrador de ContraPunto. Nacido en Honduras y galardonado internacionalmente por su obra
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