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lunes, 02 de agosto del 2021

El día que viajé a LA LUNA

Yo noté que había una sed tremenda en los salvadoreños no solo de cerveza sino también de fiestar, bailar, chupar, volver a enamorarse, hacer proyectos, volver a tener ilusiones, cerrar heridas y hacerse amigos, comer al calor de los encuentros

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A Roberto Cañas a ese  hombre  bueno y valiente que fue a la guerra y más valiente aun, firmó la paz.

Viajé a El Salvador por varias semanas a principios de 1993, luego de mucho tiempo. Yo solo había estado antes en diciembre de  1970 cuando apenas tenía 9 años. Toda mi familia había salido al exilio desde 1965.

En  1993  yo vivía en la ciudad de Miami. Estando en Florida  fue que  me dio por visitar a mi madre y a mi hermano Juan José que ya estaban instalados en San Salvador y no nos veíamos desde antes de finalizar la guerra que asoló a El Salvador por más de 12 años. Yo no me consideraba un exiliado  pero siempre había tenido la curiosidad de ir a la tierra en que nací. No a vivir por supuesto. Esa vez  llegué con mucho temor porque los ecos  y las huellas del conflicto armado aun estaban muy frescos.

De alguna manera le tenía mucho miedo a un país que prácticamente no conocía  a no ser por las historias que nos contaba mi padre o por las noticias  de El Diario de Hoy o La Prensa Grafica que nos llegaban tardíamente luego de atravesar el Atlántico. Las noticias o titulares que más me impactaron siempre eran esas cuyos titulares anunciaban: “Hombre es asesinado con más de 40 machetazos”, cuando en realidad con dos o tres hubiese sido suficiente. Similar a ese cruel corrido mexicano algo filosófico que dice:La noche que la mataron Rosita estaba de suerte: de tres tiros que le dieron, nomás uno era de muerte”. U otras noticias más  que salían hasta en primera plana como: “Mató a toda su familia, pero se le escapó su abuelita”. Así por el estilo otras peores en que percibía que me iba a un país sumamente violento y peligroso.

El Salvador emergía de las tinieblas luego de haber culminado quizás una de las  últimas batallas de la Guerra Fría, el sangriento  había dejado un saldo de más de 75 mil muertos. La guerra civil había dividido a las familias salvadoreñas entre  derecha e izquierda, soldados y guerrilleros. Los términos medios o neutrales eran casi inexistentes. Pero los salvadoreños luego del silencio de los fusiles, querían reencontrase lejos de las trincheras y las horas más adecuadas para esos encuentros era la noche entre restaurantes, cafeterías, bares, discotecas, pupuserías, cafés y todo rincón que propiciara una grata conversación con música de fondo, algo de tequila, ron y cerveza.

Si algo contribuyó a la paz por esos tiempos fue la noche. De eso pude percatarme en ese viaje. Recuerdo que mi primo Luis Felipe González “El Chele” un joven muy deseoso de vivir en paz me dio un tour por muchos sitios de San Salvador en que la gente se veía feliz por el fin de la guerra.  Mi familia era de las tantas familias divididas por la “Revolución”, el estalinismo enfermizo y por el anticomunismo también enfermizo. 

“El Chele” me llevó a conocer varios sitios nocturnos de la “Zona Rosa” y otros lugares en que la gente se veía alegre y tranquila.  Recuerdo que un día me llevó a almorzar cocteles de mariscos en La Libertad y otro lugar muy popular en San Salvador llamado “La Flecha”, casi marginal donde quedaba la terminal de buses “La Flecha de Oro” y donde no cabía un alma los fines de semana en que también iban ricos y pobres. 

Otro día me llevó a un restaurante que quedaba si mal no recuerdo detrás del Hotel Camino Real, un sitio  especializado en sopa y carne de iguana y armadillo, que  El Salvador llaman “Cusuco”, huevos de tortuga y también mariscos; un lugar muy concurrido pero que tenía la particularidad de ser asaltado con frecuencia por bandas fuertemente armadas con gorros navarrone y fusiles de guerra que irrumpían en el lugar a tiro limpio, como si fuese una clásica película del oeste americano  del célebre director italiano Sergio Leone. Todos los comensales en el suelo aterrorizados boca abajo, mientras los delincuentes desvalijaban a todos los ahí presentes.

Otro día alguien que no fue mi primo, me llevó a comer pescado relleno de camarones y cerveza a un lugar de mala muerte pero igual de concurrido frente al lago de Ilopango. Una choza de madera a punto de colapsar como su  dueña, una viejita que aparentaba unos 90 años, custodiada por dos perros Pilbull, unas fieras, encargados de sacar a rastras y  mordidas a los borrachos que se pasaban de tragos.

Yo noté que había una sed tremenda en los salvadoreños no solo de cerveza sino también de fiestar, bailar, chupar, volver a enamorarse, hacer proyectos, volver a tener ilusiones, cerrar heridas y hacerse amigos, comer al calor de los encuentros y así una vez mi primo “El Chele” pasó por mí y me llevó a conocer  “LA LUNA CASA Y ARTE” cuando  apenas me quedan como tres o cuatro días para regresarme a Florida.

“La LUNA” era un bar café extraordinario en ese El Salvador de la postguerra, uno de los sitios emblemáticos de esos tiempos en que al nomás entrar, te encontrabas con Pedro Portillo vendiendo sus collares y su arte psicodélico. Pedro era primer hippie salvadoreño, toda una leyenda viviente y testigo del Movimiento Hippie surgido en las avenidas Haight y Asbur en San Francisco California en los 60s quien conoció y viajó montado en el LSD y en los hongos alucinógenos de mano de la curandera y chamana mazateca María Sabina. Conoció The Doors, Jimi Hendrix, Bob Dylan, amigo de los Graterful Dead y el gran Jerry García. Conoció  también al poeta Allen Ginsberg, Carlos Santana, Janis Joplin y muchos otros.

“La LUNA” era un bar con la virtud de reunir a muchos artistas. Era como una especie de santuario donde se respiraba arte. Allí la gente se embriagaba de poesía, artes plásticas, teatro, música, pero también se bailaba salsa, rock y cumbia. A “LA LUNA” muchos iban en las noches a hablar y planear el futuro de El Salvador. Lo único que no me gustó fue “el mojito cubano”  que lo hacían con ron añejo.

“LA LUNA” era como una ensalada preparada con muchos ingredientes tanto dulces como salados. Tan es así que en una noche podrías tropezarte con políticos de derecha bailando con ex guerrilleras o ex comandantes guerrilleros de tendencia marxista leninista, bailando cumbia con quienes habían sido, hacía poco tiempo, sus más feroces enemigos. Creo decir sin temor a equivocarme que “La LUNA” era en ese entonces, parte de lo que se conoce como “El Mundo de las ilusiones”. Pasado el tiempo un mal día “LA LUNA” desapareció, no existe más y no logro saber porqué, sobre todo en un país cada día más urgido de lunas e ilusiones.

(*) Autor es cineasta cubano-salvadoreño

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Jorge Dalton
Cineasta cubano-salvadoreño. Director de cine y documentalista. Reside en El Salvador y es colaborador de ContraPunto
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