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viernes, 22 de octubre del 2021

El cisne negro

Pocos días de conocerse de la posibilidad real de una pandemia, la bolsa de valores de Nueva York experimentó en cuestión de dos días una caída de 1000 puntos en su indicador bursátil principal, el SP 500, borrando miles de millones de dólares de ganancias del año pasado y lo que va de este. En respuesta la Organización Mundial de la Salud instó a los países a no exagerar la situación, y a emular las acciones de China en contrarrestar la propagación del virus. Sin embargo, a pesar de las llamadas a la calma, los mercados siguieron cayendo y las expectativas de una crisis financiera para 2020-2021 comienzan a cobrar fuerza.

En respuesta a esto, la Reserva Federal de EUA (FED), organismo rector de la política monetaria en ese país, decidió de forma sorpresiva reducir la tasa de interés de referencia en 0.5 puntos y ha pasado de 1.75 a 1.25, la más baja desde la crisis económica mundial de 2008. Esta maniobra tiene el objetivo de inundar los mercados con liquidez de efectivo, para efectos reales pone en marcha la maquinita de impresión de dólares para hacer más atractivo el consumo de los hogares reduciendo el costo de tener el dinero en el banco.  Pero los mercados no parecen reaccionar.

Hay dos indicadores preocupantes en esta situación, el primero es el precio del oro. En situaciones de incertidumbre y crisis, los mercados tradicionales tienden a perder apoyo, el dinero de los inversionistas fluye de la economía real hacia “sitios seguros” o depósitos de valor; en su mayoría estos lugares seguros son tierra, plata y oro. Los Gobiernos y los Bancos Centrales mienten, esa es su naturaleza, pero el oro no miente y generalmente relata la historia en términos bastante sencillos. La historia que relata hoy es que los precios han subido a niveles similares de la crisis de 2008 y probablemente se disparen a medida se desplieguen los factores estructurales de la misma.

El segundo indicador de cuidado es la curva de rendimientos invertida que, en términos generales, nos muestra que las preferencias de los inversionistas por el valor del tiempo. La curva es la diferencia entre las tasas de interés a corto y largo plazo de los bonos del Estado de EUA, la deuda de ese país. Si las tasas a corto plazo son más bajas frente a las de largo plazo significa que los inversionistas confían en el crecimiento de la economía y la curva tiende a subir. Pero si la curva se “invierte” o baja, las tasas a corto las que pagan más, eso quiere decir que los inversores no confían en la situación de la economía.

El COVID19 se desenvuelve en un mundo donde difícilmente un país como Estados Unidos puede escapar a lo que ocurre en las fábricas de China, la producción está íntimamente vinculada en cadenas globales que enlazan a varios países y regiones. Si el Gobierno chino intensifica aún más los controles a su población para evitar el esparcimiento del virus, el paro en la producción comenzará a afectar el suministro de partes y  productos al resto de las cadenas con las que se tiene una vinculación de oferta y demanda. La menor velocidad de rotación de capital impactará eventualmente las tasas de ganancia de las empresas en EUA que dependen de los amplios diferenciales de costo y beneficio que extraen de los países productores para presentar un reporte atractivo a sus accionistas.

Otro aspecto a considerar es la naturaleza altamente competitiva en la que se organiza la producción, esto en relación a la oferta y demanda de suministro a lo largo de la cadena. A diferencia de lo que ocurría hace 20 o 30 años, la forma de organizar la producción de las fábricas y proveedores actualmente depende intensamente de mantener un tipo de inventario “justo a tiempo”, es decir, las empresas no acumulan inventarios, al contrario, lo que hacen es tener una amplia cadena de suministro en la que la velocidad y la oportunidad juegan un papel central. Con las medidas de contención del COVID19 y la irrupción del normal funcionamiento de las cadenas, lo que se tiene es que la velocidad le juega al contrario a la sobrevivencia; sin ser capaces de jugar “justo a tiempo”, los mercados dejan sin abasto mucho más rápido a las fábricas, a las farmacias y a los supermercados.

Finalmente, si se trata de analizar la robustez de la economía de Estados Unidos, y la del resto del mundo en general, lo que se obtiene es una premisa fundamentalmente errada: la economía marcha bien porque el consumo sigue. En realidad no se ha detenido ninguna autoridad seria a cuestionarse seriamente las condiciones de extrema precariedad que sostiene ese consumo y lo profundamente frágil que es ese pacto por el crecimiento entre empleados y empleadores. En realidad, la disparidad en la distribución del ingreso, la rampante deuda privada de los hogares, las empresas y el Estado, dan cuenta de que una crisis en el modo de producir actual es inminente.

El terreno para la crisis está dispuesto y los jugadores en posición. Lo único que hace falta es un detonante, un evento improbable que no esté considerado en la lógica que se desenvuelve la ilusión de la economía actual y que derrumbe el castillo de naipes, algo inusual y sumamente raro. Un evento similar a ver un cisne negro, ¿y ese cisne se llama COVID19?

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