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jueves, 21 de octubre del 2021

El cambio literario en la posguerra

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Algunos críticos explican el cambio literario en la posguerra como el simple efecto de un relevo generacional. Su relato sería este: “Acabada la guerra en el 92, de pronto aparecieron muchachos y muchachas que, quitándose de encima la literatura que había dominado durante los años sangrientos, propusieron nuevas formas de hacer prosa y verso”. Y ya está, así se explica el asunto, no hay más que hablar. El cambio literario, en cualquier circunstancia, en cualquier época, se debe a la sencilla razón de que los jovencitos y las jovencitas son los únicos agentes de las transformaciones artísticas.

Pero hay más que hablar. El cambio literario en los años noventa del siglo pasado fue un proceso complejo sobre el cual se ha escrito mucho pero que, paradójicamente, aún no ha sido objeto de una investigación académica seria. No podemos explicar dicho proceso valiéndonos únicamente de la ya envejecida teoría del enfrentamiento entre unos viejos creadores institucionalizados y unos jóvenes que por el mero hecho de serlo ya son los portadores de una estética rupturista.

Si retrocedemos sesenta años, el cambio literario que tuvo lugar en la quinta década del siglo pasado tampoco se explica porque de repente aparecieron, sin más, unos muchachos a los que la posteridad ha bautizado como la generación comprometida. Conformarnos con ese relato es conformarnos con un mito. Los mitos también ofrecen explicaciones, aunque estas no siempre satisfagan a la razón crítica. Volvamos al 92.

El final de la guerra no solo implicó cambios en el universo de las instituciones políticas, también introdujo nuevas reglas de juego en el ámbito cultural. Por un lado, cesó la movilización que había presionado a los creadores durante los años 70 y 80: ya no había que trabajar para el partido o que apoyar estéticamente a la causa; ni al partido le interesó, a partir de entonces, vincular a “los poetas” a un proyecto cultural. El aflojamiento de la presión ideológica sobre los artistas fue “la nueva circunstancia” en la cual estos trabajaron a partir de esas fechas. A esta “nueva circunstancia”, tan decisiva para el trabajo creativo, debemos sumar el hecho de que algunos novelistas, poetas y pintores que se habían involucrado en el conflicto empezaron a razonar con otros marcos interpretativos su relación con “la causa”.

Estas nuevas lecturas del “compromiso” por parte de los creadores tenían mucho de autocrítica, del sentimiento de haberse dejado arrastrar e instrumentalizar por una izquierda mediocre y oscura. Tal conciencia, posibilitada por la lógica interna de nuestra dura historia, también debía mucho a la crisis global del campo socialista en las dos últimas décadas del siglo XX. Aquí tenemos ya tres premisas (desmovilización de los creadores, cuestionamiento de los vínculos tradicionales entre arte y política, crisis ideológica global de la izquierda) que condicionarán positivamente el desarrollo de las letras en la última década del siglo pasado, al menos en la medida en que los literatos recobrarán un margen de autonomía que durante el conflicto fue muy problemático.

Creadores autocríticos como Horacio Castellanos Moya y Rafael Menjívar Ochoa empezaron a hablar de la necesidad de un nuevo lenguaje literario y una nueva mirada libres de cualquier servidumbre partidista. Y no solo ellos, también los representantes exiliados de la generación comprometida (Roberto Armijo, Manlio Argueta, Kijadurías) hablaron de la necesidad de abrirse a un nuevo lenguaje literario. Tiempos nuevos, literatura nueva, arte nuevo.

Castellanos Moya y Menjívar Ochoa, al difundir sus opiniones en favor de un lenguaje literario más autónomo y riguroso, tenían en mente como principal destinataria a la juventud. Menjívar Ochoa como un portavoz de esa nueva conciencia crítica influyó mucho entre los muchachos que llegaron al taller literario de la “Casa del Escritor”. Aquí tenemos otro fragmento del rompecabezas que no se suele citar: escritores cultos, dueños de su oficio y con inteligencia crítica, regresaron del exilio para asumir un liderazgo ideológico que ya no pretendía tutelar políticamente a los jóvenes poetas sino que orientarlos para que se hicieran cargo de sus poderes y libertades en un mundo en el que la literatura ya no estaría sometida a las urgencias ni a los chantajes del poder.

Mientras sigamos viendo como figuras estáticas a los más talentosos escritores jóvenes que aparecieron en el horizonte político y cultural del conflicto, no terminaremos de comprender los cambios acaecidos en las letras de la posguerra. Dichas personas, a lo largo de quince años se habían enfrentado a unas vivencias duras y turbias al cabo de las cuales terminaron alejándose de sus actitudes e ideas juveniles. A esa madurez los condujo una experiencia política conflictiva y también la aparición de aquella vasta duda posmoderna que como un fantasma recorrió el mundo en las dos últimas décadas del siglo XX. Los intelectuales y literatos exiliados, allá donde vivieron sus destierros, estuvieron en contacto con esa atmósfera desacralizadora. Al volver, entre sus balances autocríticos destacaba una manera irónica de abordar la figura de Roque Dalton.

El balance autocrítico que hicieron algunos participantes en las batallas culturales de la guerra fue, por lo tanto, una de las bases en la cuales se asentó la aventura creadora de los jóvenes a partir del 92. Miguel Huezo Mixco, Horacio Castellanos Moya, Jacinta Escudos y el ya fallecido Rafa Menjívar Ochoa (jóvenes creadores en la década de los 80) no solo vieron con buenos ojos el cambio literario de los 90, contribuyeron a él con sus obras y trabajaron desde las ideas para que este se consolidara.

Posiblemente hubo literatos mayores reacios al cambio, pero lo decisivo, lo que imprimió una nueva dirección a los hechos culturales, fue el acuerdo entre escritores talentosos de distintas generaciones respecto a la necesidad de buscar un lenguaje literario más consiente de sí mismo y menos ligado a visiones partidistas. ¿Si lo que predominó fue el acuerdo entre creadores viejos, maduros y jóvenes, por qué se sigue atribuyendo el cambio literario en los 90 a un presunto conflicto entre ancianos rocosos partidarios del compromiso y unos jóvenes con propuestas renovadoras?

Desde el punto de vista retórico, las explicaciones simplistas y maniqueas son más atractivas que las complejas. Una historia con villanos y héroes –en la que jóvenes héroes derrotan a villanos viejos, abriendo así una nueva época– nos ahorra el trabajo de pensar la complejidad de los cambios estéticos.

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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