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domingo, 16 de mayo del 2021

Dos concepciones sobre las leyes

Urge afinar más la mirada científica sobre lo jurídico y sus implicaciones, es decir, convertirlo en objeto de estudio sistemático y específico de la historia, la sociología, la economía, la antropología y la política. Y también es necesario que las ciencias sociales (y también las naturales) se conviertan en un soporte de lo jurídico, pues ello puede servir de correctivo al idealismo normativo (alimentado muchas veces por concepciones religiosas, morales o filosóficas obsoletas) que hunde sus raíces en la edad media y sus tradiciones religiosas.

Quizá dar una mirada al sentido de lo jurídico en la antigüedad griega sirva para recuperar su nervio, que muchas veces queda oculto o es borrado por los cuerpos argumentativos excesivos que caracterizan al derecho moderno. Hago referencia aquí a un planteamiento interesante que he encontrado en uno de los estudios recogidos en el libro Los cínicos, editado por R. Bracht Branham y M.-O. Goulet-Cazé). El estudio se titula “El acento escita: Anacarsis y los cínicos” (de R. P. Martin), y en el mismo su autor recupera un relato de Plutarco, aparecido en su Solón, en el cual Anacarsis (un pensador escita) se encuentra con Solón. Este es el texto que ofrece Martin:

“Anacarsis llega a Atenas en busca de la amistad de Solón, llama a la puerta y es informado por el ateniense que es mejor buscar la amistad en casa (…). A esto, el escita replica agudamente: ‘Puesto que tú estás en casa, danos amistad y hospitalidad [xenia]’. Solón, cuenta Plutarco, maravillado por la inteligencia de aquel hombre (…), lo agasajó como su huésped pese que a la vez debía atender a sus ocupaciones en asuntos públicos y en la redacción de leyes. Las tareas de su anfitrión brindan a Anacarsis la oportunidad de efectuar otra aguda observación, esta vez acerca de lo infructuoso de tratar de reducir el desorden y la codicia mediante ordenanzas escritas, ‘que no son diferentes de las telarañas, pues atraparán a los débiles y a los delgados, pero serán desgarradas por los ricos y poderosos’(…). La repuesta de Solón es menos cínica: las personas mantienen los acuerdos cuando no es provechoso para ninguna de las partes violar las condiciones. Afirma que armoniza (harmozetai) las leyes para que se adapten a los ciudadanos, a fin de mostrar a todos que obrar correctamente es mejor que actuar de manera ilegal. Aquí el narrador [Plutarco] interviene con una anticipación: ‘pero estas cuestiones resultaron tal como Anacarsis había predicho, antes que conforme a las expectativas de Solón”(p. 193).

He aquí dos concepciones, que vienen del siglo V a de C., que han marcado el debate sobre las leyes y su función a lo largo de los siglos, y que siguen vigentes en los tiempos que corren. Por un lado, la visión de Anacarsis según las cual las leyes son telarañas en las siempre caen atrapados los débiles, dada la capacidad de los ricos y poderosos para romperlas y, ahora diríamos, convertirlas en un andamiaje para reforzar su poder. Por otro lado, la visión del legislador griego quien afirma que las leyes, debidamente armonizadas y adaptadas a los ciudadanos, les muestran que obrar correctamente (conforme a lo que prescriben las leyes) es mejor que no hacerlo. Plutarco toma partido por Anacarsis, ¿pero se puede aceptar sin reparos el juicio del historiador?

Más bien, lo que ha sucedido con el pasar del tiempo es que ambas visiones se fueron entrelazando en una gigantesca telaraña (en unas naciones más que en otras) en la que instructivos, normas, decretos, reglamentos, leyes, doctrinas y jurisprudencia forman un universo particular, con laberintos en los que es fácil que las personas comunes no encuentren la salida y sí personas expertas en recorrer esos laberintos, que suelen trabajar para los ricos y poderosos. Pero también hay caminos con destinos bastante precisos: los que muestran con claridad lo favorable que es para todos respetar las leyes, siendo de poco provecho no hacerlo. Paja y trigo se han mezclado, y eso es lo que hay. Decir que esa mezcla ha facilitado que lo jurídico se convierta en instrumento de la clase dominante (de los ricos y poderosos) es fuerte, pero no tan descabellado.

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Luis Armando González
Columnista Contrapunto

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