Diez enseñanzas del regreso de la historia

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Ha aparecido ya algo más cercano a una multiplicidad de redes separadas, una «splinternet». En tanto, las redes sociales en las democracias son susceptibles a la difusión de mentiras y desinformación que aumentan la polarización y hacen mucho más difícil gobernar.

Por Richard Haass

NUEVA YORK – Pocos echarán de menos 2022, un año definido por una pandemia que aún no ha terminado, el avance del cambio climático, inflación en alza, crecimiento económico en desaceleración y, sobre todo, el estallido de una costosa guerra en Europa y el temor a que un conflicto violento pueda estallar pronto en Asia. Algunas de estas cosas eran previsibles, pero muchas otras no; y todas proponen enseñanzas que bien haríamos en aprender.

En primer lugar, más de un académico pensaba que la guerra entre países era algo obsoleto, pero es todo lo contrario. Lo que vemos en Europa es una guerra imperial a la vieja usanza, en la que el presidente ruso Vladímir Putin busca extinguir a Ucrania en cuanto entidad soberana e independiente. Su objetivo es evitar que un país democrático y promercado interesado en estrechar vínculos con Occidente pueda prosperar en las fronteras de Rusia y dar un ejemplo que pudiera resultar atractivo a los rusos.

Por supuesto que en vez de la victoria rápida y fácil que esperaba, Putin descubrió que su ejército no es tan poderoso y que sus adversarios cuentan con mucha más determinación de la que previeron él y muchos en Occidente. Han pasado diez meses y la guerra continúa, sin final a la vista.

En segundo lugar, ya no es sostenible la idea de que la interdependencia económica protege contra guerras porque ninguna de las partes querrá interrumpir vínculos comerciales y financieros mutuamente ventajosos: la política está antes. De hecho, es probable que la gran dependencia de la Unión Europea respecto del suministro ruso de energía haya influido en la decisión de Putin de invadir, al inducirlo a concluir que Europa no iba a hacerle frente.

En tercer lugar, también falló la integración (que por décadas inspiró la política de Occidente hacia China). Esta estrategia también se basaba en la creencia de que los lazos económicos (sumados a los intercambios culturales, académicos y otros) iban a impulsar cambios políticos (y no al revés) y llevarían al surgimiento de una China más abierta, promercado y más moderada en su política exterior.

Nada de esto sucedió, aunque es posible y necesario debatir dónde estuvo el defecto: en el concepto de integración o en la manera en que se la llevó adelante. En cualquier caso, lo que está claro es que el sistema político de China se está volviendo más represivo, que su economía va en una dirección más estatista, y que su política exterior es cada vez más asertiva.

En cuarto lugar, las sanciones económicas (que en muchos casos son el instrumento preferido de Occidente y de sus socios para dar respuesta a un gobierno que comete violaciones a los derechos humanos o agresiones en el extranjero) no suelen producir cambios de conducta significativos. Ni siquiera una agresión tan patente y brutal como la de Rusia contra Ucrania bastó para convencer a una mayoría de los gobiernos del mundo de imponerle un aislamiento diplomático o económico; y por más que las sanciones lideradas por Occidente estén erosionando la base económica de Rusia, están lejos de convencer a Putin para que revierta su política.

En quinto lugar, hay que retirar la expresión «comunidad internacional», porque no existe. El poder de veto ruso en el Consejo de Seguridad ha dejado impotente a las Naciones Unidas; y la reciente reunión de líderes mundiales en Egipto para hacer frente al cambio climático fue un fracaso lamentable.

Además, tampoco hay algo así como una respuesta mundial a la COVID‑19, ni muchos preparativos para hacer frente a la próxima pandemia. El multilateralismo sigue siendo esencial, pero su eficacia dependerá del logro de acuerdos más limitados entre gobiernos de ideas afines. El multilateralismo a todo o nada terminará casi siempre en nada.

En sexto lugar, más allá de los problemas evidentes que enfrentan las democracias, es posible que los sistemas autoritarios los tengan aun mayores. En estos, la toma de decisiones suele guiarse por la ideología y por la supervivencia del régimen; y es común que los líderes autoritarios se nieguen a abandonar políticas fallidas o a admitir errores, por temor a dar señales de debilidad y alentar demandas de más cambio. Los regímenes autoritarios tienen que lidiar constantemente con la protesta masiva, sea en forma de amenaza (como en Rusia) o de realidad (como hemos visto estas últimas semanas en China e Irán).

En séptimo lugar, el potencial de Internet como herramienta para el cuestionamiento ciudadano de los gobiernos es mucho mayor en las democracias que en los sistemas cerrados. Regímenes autoritarios como los de China, Rusia y Corea del Norte pueden aislar a la población, vigilar y censurar las publicaciones, o ambas cosas.

Ha aparecido ya algo más cercano a una multiplicidad de redes separadas, una «splinternet». En tanto, las redes sociales en las democracias son susceptibles a la difusión de mentiras y desinformación que aumentan la polarización y hacen mucho más difícil gobernar.

En octavo lugar, todavía existe Occidente (término que se basa más en los valores compartidos que en la geografía) y las alianzas siguen siendo un instrumento crucial para la promoción del orden. Estados Unidos y sus socios transatlánticos en la OTAN han dado una respuesta eficaz a la agresión rusa contra Ucrania. Washington también forjó vínculos más fuertes en la región indopacífica para hacer frente a la amenaza creciente que emana de China, sobre todo mediante un fortalecido grupo Quad (Australia, la India, Japón y Estados Unidos), el AUKUS (Australia, el Reino Unido y Estados Unidos) y un aumento de la cooperación trilateral con Japón y Corea del Sur.

En noveno lugar, el liderazgo estadounidense sigue siendo esencial. Si quiere mantener la influencia, Estados Unidos no puede actuar en el mundo en forma unilateral; pero si adopta una actitud pasiva o queda a un lado, el mundo no se unirá para hacer frente a los desafíos compartidos (de seguridad y otros). A menudo, es necesario que Estados Unidos esté dispuesto a liderar, no desde atrás, sino desde el frente.

Finalmente, hay que ser humildes en relación con los límites de nuestro conocimiento. Resulta aleccionador observar que pocas de las enseñanzas mencionadas se hubieran podido prever hace un año. No sólo aprendimos que la historia regresó, sino también que, para bien o para mal, conserva la capacidad de sorprendernos. Así que, teniendo eso presente, ¡adelante con 2023!

Traducción: Esteban Flamini

Richard Haass es el presidente del Council on Foreign Relations y autor de The Bill of Obligations: The Ten Habits of Good Citizens (que publicará Penguin Press en enero de 2023).

Copyright: Project Syndicate, 2022.
www.project-syndicate.org

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Richard N. Haass
Richard N. Haass
Analista internacional; su último libro del presidente del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations), es The World: A Brief Introduction (El mundo: una breve introducción).
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